Esther se apartó instintivamente, por lo que la mano de Julian se quedó congelada en el aire. Confundido, él frunció el ceño y luego su expresión se endureció.
"¿Qué te pasa? "¿Todavía estás haciendo un berrinche? Ya te dije que el castigo terminó".
Dio un paso más cerca y adoptó un tono amenazante. "No me hagas hacer algo peor. No querrías hacerle daño al bebé, ¿verdad?".
La mención de su hijo fue un duro golpe, tanto que a Esther se le entrecortó la respiración. El dolor, agudo y real, atravesó el entumecimiento.
"El bebé...", susurró ella con voz áspera. "Julian, nuestro hijo está...".
Pero se interrumpió al oír el timbre del celular de él. El hombre miró la pantalla: era Katia.
Cuando contestó, su voz se suavizó al instante, y todos los rastros de su ira hacia Esther desaparecieron.
"¿Katia? ¿Qué pasa?".
Esther podía escuchar la voz suave y sollozante de la otra a través del celular. "Julian... Tengo miedo. Hay una tormenta y se fue la luz. ¿Puedes venir?".
"Ya voy para allá", respondió él sin dudarlo. Colgó y agarró sus llaves, ya dirigiéndose hacia la puerta.
Sin embargo, se detuvo en el umbral y se volvió hacia Esther. "¿Qué estabas diciendo?".
Ella miró su espalda, al hombre que corría a consolar a su amante mientras su esposa se quedaba rota en su hogar, y las palabras murieron en su garganta.
"Nada, tranquilo".
Cuando Julian se fue, un fuerte trueno sacudió las ventanas, haciendo que Esther se sobresaltara. Odiaba las tormentas; desde que era niña, le aterraban.
La ama de llaves, Maria, entró corriendo a la habitación, preocupada. "Señora McGee, ¿está bien? El señor se fue con tanta prisa".
Esther se abrazó a sí misma, pálida, recordando la época en la que él habría movido cielo y tierra para consolarla durante una tormenta, pero ahora, ese mismo consuelo, esa protección, se le daba a otra mujer.
Otro trueno sonó en el penthouse. Muerta del susto, Esther se echó al suelo y se acurrucó en una bola apretada. Se quedó ahí toda la noche, sin dormir, sintiendo un vacío enorme.
A la mañana siguiente, Maria la vio dormida en el sofá y la despertó. "Señora Mcgee, el patrón regresó. Le pidió que bajara a desayunar".
La chica bajó la gran escalera como un fantasma. Y ahí, en su comedor, Katia French estaba sentada.
"Buenos días, Esther", dijo la mujer con una sonrisa radiante y falsa.
Julian, quien estaba poniendo un plato de pancakes frente a Katia, le lanzó a su esposa una mirada de desaprobación. "No seas grosera, Esther. Katia tuvo la amabilidad de venir a aclarar las cosas después de que la molestaste".
La señorita French lo agarró de gancho y dijo: "Tranquilo, estoy bien. Sé que no lo hizo con mala intención".
Él le acarició la mejilla con ojos llenos de adoración. "Eres demasiado amable con ella".
Esther se sentó, observándolos. Era una escena de amor y devoción, una parodia retorcida de lo que ella y Julian una vez tuvieron. Pensando en esto, picoteó su comida, pero le sabía amarga.
En ese momento, el celular del hombre vibró. Era una llamada de trabajo.
Besó a Katia en la frente antes de entrar a su estudio. "Vuelvo enseguida".
Sin poder soportarlo más, Esther se puso de pie para irse.
"Espera", dijo Katia detrás de ella. Su voz había perdido su tono dulce y ahora sonaba fría y astuta. "Julian firmó algo para mí anoche".
Dicho eso, levantó un documento. Esther miró la firma al final del papel. Al ver que era la de su esposo, su corazón se detuvo por un momento.
Era un acuerdo de divorcio, el que su abogado había redactado. En efecto, esa mujer logró que él lo firmara.
"Estaba distraído", murmuró Katia. "Solo lo deslicé entre un montón de papeles de inversión que él tenía que firmar antes de dormir. Ni siquiera lo miró".
Julian le había prometido, jurado que no se separarían; sin embargo, firmó el fin de su matrimonio con la misma facilidad con que firmaba un contrato de negocios, engañado por la mujer que ahora ocupaba el lugar de su esposa.
Katia sonrió con una mirada venenosa y triunfante. "Hará todo lo que yo pida, todo. Mi puntuación ya alcanzó el noventa por ciento, así que se te acaba el tiempo".
Esther solo la miró sin ninguna expresión en el rostro.
"Felicidades", respondió con voz plana.
La sonrisa de la otra vaciló. Había esperado lágrimas, rabia, un colapso, pero esa calma fría y muerta la inquietó. Necesitaba una reacción, tenía que ser la víctima para consolidar su victoria.
Justo cuando Julian volvió a entrar, la expresión de Katia cambió. Sus ojos brillaron con una idea repentina y maliciosa. Entonces agarró la mano de Esther y exclamó con voz llena de falso temor: "¡Esther, por favor, no te enojes conmigo!".
Luego, con una fuerza que sorprendió a la aludida, Katia la empujó hacia la enorme escalera.





