El olor a flores marchitas y a sudor seco impregnaba el gimnasio, un silencio pesado que mis padres nunca hubieran permitido, ellos, que llenaban cada rincón con el estruendo de la lucha y la risa. Sus retratos, coronados con listones negros, me observaban desde la pared de la oficina, dos leyendas de la lucha libre, "El Cóndor" y "La Emperatriz", reducidos a un recuerdo enmarcado. Murieron juntos en el ring, en lo que la prensa llamó un "trágico accidente". Yo lo llamaba un asesinato sin culpable.
Mi nombre es Ricardo Ramírez, aunque en el cuadrilátero todos me conocen como "El Halcón". Soy el hijo menor, el que heredó la agilidad de mi padre y la terquedad de mi madre, pero ahora, lo único que había heredado era un gimnasio vacío y un dolor que me apretaba el pecho.
La puerta de la oficina se abrió, interrumpiendo el silencio. Era Don Arturo, el presidente de la Federación Nacional de Lucha Libre, un hombre cuya cara parecía tallada en piedra, con ojos que habían visto nacer y caer a cientos de luchadores.
"Ricardo," dijo, su voz grave resonando en la pequeña habitación. "Lamento tu pérdida. Tus padres eran pilares de este deporte."
Asentí, sin encontrar palabras.
"La Federación ha tomado una decisión," continuó, sentándose frente a mí. "El Salón de la Fama de la Lucha Libre, el legado de tu familia, te pertenece. Eres el heredero legítimo."
Un aliento que no sabía que contenía se escapó de mis labios. Era el sueño de mi padre, el trabajo de su vida.
"Pero hay una condición," añadió Don Arturo, y su tono me heló la sangre. "El legado de los Ramírez no puede morir contigo. La Federación exige que te cases, que asegures la continuidad de la línea. Tienes tres meses para presentar a tu esposa."
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. ¿Casarme? ¿Ahora?
"Es la única manera, Ricardo. Para proteger el Salón de la Fama de otros... buitres."
La noticia corrió como pólvora. En menos de un día, todo el mundo de la lucha libre lo sabía: El Halcón necesitaba una esposa para reclamar su trono. Y entonces, ella apareció.
La puerta del gimnasio se abrió de golpe, y entró Ximena "La Venenosa" Vargas, mi prima. Siempre se movía como si el mundo le debiera algo, con una mueca de desprecio permanente en sus labios pintados de rojo. Era una luchadora de segunda, más famosa por sus escándalos que por sus victorias.
"Primo," dijo, arrastrando la palabra con sarcasmo mientras se paseaba por el ring, pasando un dedo por las cuerdas. "¿Así que necesitas casarte? Qué patético."
Yo había estado enamorado de ella desde que éramos niños, un amor ciego y estúpido que me hacía perdonarle todas sus crueldades. Mi corazón, a pesar de todo, dio un vuelco.
"Ximena, ¿qué haces aquí?"
Se detuvo frente a mí, mirándome de arriba abajo.
"Te ofrezco una solución. Cásate conmigo."
La miré, confundido. ¿Era una broma?
"Seré la señora Ramírez, la dueña de todo esto," continuó, señalando el gimnasio, los trofeos, el legado. "Tú tendrás tu herencia, y yo tendré lo que merezco."
Una pequeña esperanza se encendió en mi interior, una esperanza idiota y desesperada.
"Pero que te quede claro, Ricardo," añadió, y su voz se volvió fría como el acero. "Tú y yo dormiremos en camas separadas. Mi corazón le pertenece a otro."
"¿Qué?"
"Amo al Fantasma Negro," confesó sin una pizca de vergüenza. "Y seguiré viéndome con él después de la boda. De hecho, cuando tengamos hijos, serán suyos. Tú solo los criarás y les darás tu apellido."
Me quedé paralizado. Cada palabra era un golpe directo, más brutal que cualquier llave en el ring. El Fantasma Negro. Mi mayor rival, un luchador tramposo y sin escrúpulos. Sentí náuseas.
"Tú... tú no puedes estar hablando en serio."
"¡Claro que sí! Es el arreglo perfecto. Tú salvas tu legado, y yo obtengo el estatus y el dinero, y sigo con el hombre que realmente quiero. ¿Acaso crees que alguien como yo podría amar a un niño ingenuo como tú?"
Se rio, una risa cruel que rebotó en las paredes del gimnasio vacío. Esa noche, escondido en la oscuridad de las gradas, los vi juntos. Ximena se aferraba al Fantasma Negro, besándolo con una pasión que nunca me había mostrado ni en mis sueños más febriles.
"Ese idiota de Ricardo está completamente loco por mí," le decía ella. "Hará cualquier cosa que le pida. Una vez que nos casemos, le sacaremos hasta el último centavo y este gimnasio será nuestro."
"Bien hecho, mi reina," respondía el Fantasma, su voz llena de codicia. "Juntos, seremos los reyes de la lucha libre."
El amor ciego que sentí por años se hizo añicos, se convirtió en polvo. La tristeza se transformó en una rabia fría y cortante. El desengaño fue total. Ya no era el niño ingenuo. Habían despertado al Halcón.





