Pasaron seis meses. Seis meses de hospitales, cirugías y una fisioterapia brutal que no sirvió para nada. Seis meses de acostumbrarme a la silla de ruedas, a la mirada de lástima de la gente, a ser una sombra de la mujer que fui.
Miguel era el esposo perfecto. Me cuidaba, me bañaba, me leía por las noches. Despidió a las enfermeras que contraté, insistiendo en que él era todo lo que necesitaba. "Es mi deber, mi penitencia", decía con una solemnidad que me partía el alma.
Sofía también estaba siempre ahí, trayendo comida, arreglando la casa, siendo el pilar de apoyo que yo ya no podía ser. Juntos, formaban una muralla de cuidado a mi alrededor. Una muralla que, sin que yo lo supiera, era mi prisión.
Una noche, un dolor agudo en la espalda me despertó. Eran casi las tres de la mañana. La casa estaba en silencio, un silencio pesado y espeso. Me moví en la cama, tratando de encontrar una posición que aliviara el dolor, cuando lo escuché.
Un murmullo.
Venía del estudio de Miguel, que estaba justo al lado de nuestro dormitorio. La puerta estaba casi cerrada, pero no del todo.
Al principio, pensé que estaba en una llamada de trabajo. Pero la voz que respondió no era la de un socio o un cliente. Era suave, femenina, inconfundible.
Era Sofía.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. La curiosidad, una serpiente fría, se deslizó por mi columna vertebral. Con un esfuerzo inmenso, me deslicé de la cama a mi silla de ruedas. El mecanismo hizo un leve clic, pero ellos no parecieron oírlo.
Rodé en silencio hasta la puerta, pegando mi oreja a la madera fría.
"...no podemos seguir así, Miguel. La gente empieza a sospechar", decía Sofía. Su tono no era el de una amiga preocupada. Era el de una amante impaciente.
"Ten paciencia, mi amor", respondió Miguel. Su voz, la misma voz que me susurraba palabras de consuelo, ahora estaba llena de una intimidad que me revolvió el estómago. "Ya casi lo tenemos todo. El seguro del accidente pagó una fortuna. Con la muerte de su padre, ya no hay nadie que revise mis cuentas con lupa. Ximena me ha dado control total sobre la empresa y sus finanzas. Es solo cuestión de tiempo".
El aire se escapó de mis pulmones. ¿El seguro? ¿El control de la empresa? ¿De qué demonios estaban hablando?
"¿Y ella?", preguntó Sofía. "¿Cuánto tiempo más tendremos que seguir con esta farsa? Verla todos los días, en esa silla de ruedas... a veces me da asco".
Una risa seca y amarga escapó de los labios de Miguel. "Ella fue la que se puso en el camino, Sofi. ¿Recuerdas? Su padre te odiaba. Nunca hubiera permitido que estuviéramos juntos. Y con ella al mando de la empresa, yo siempre sería el segundón. El accidente... fue una solución. Dos pájaros de un tiro".
La habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor. Un zumbido llenó mis oídos, ahogando sus voces.
El accidente... fue una solución.
No. No podía ser.
Me obligué a escuchar, a tragarme el vómito que subía por mi garganta. Necesitaba oírlo todo.
"A veces todavía me pregunto cómo lo hiciste", dijo Sofía, su voz ahora una mezcla de admiración y miedo. "Asegurarte de que la viga cayera justo ahí. Justo sobre él".
Miguel se rio de nuevo, un sonido bajo y satisfecho. "Tengo buenos amigos en los lugares adecuados. Un pequeño soborno, un perno aflojado en el momento exacto... El viejo no tuvo ninguna oportunidad. Y ella... bueno, dejarla lisiada fue un bono inesperado. La hace más... manejable. Completamente dependiente de mí".
El viejo no tuvo ninguna oportunidad.
La imagen de la mano de mi padre, extendida hacia mí, brilló en mi mente. El sonido del metal retorciéndose. Su último grito ahogado por el estruendo.
No fue un accidente.
Fue un asesinato.
Miguel, mi esposo, el hombre por el que había sacrificado mi carrera, mi fortuna... había asesinado a mi padre.
Y me había dejado lisiada a mí. A propósito.
Todo por ella. Por Sofía. Mi mejor amiga.
Un grito silencioso se formó en mi garganta, pero no salió ningún sonido. Mi cuerpo se convulsionó. Un dolor, mucho más profundo y terrible que cualquier dolor físico, me atravesó como un rayo. Mi visión se volvió borrosa, puntos negros bailando ante mis ojos.
Lo último que sentí antes de que la oscuridad me consumiera fue el impacto de mi cuerpo al caer de la silla de ruedas al suelo.
Escuché el sonido de la puerta del estudio abriéndose de golpe.
"¡Ximena!", gritó Miguel.
Sentí sus brazos levantándome, su rostro cerca del mío. Su aliento olía a pánico.
"¡Dios mío, cariño! ¿Qué pasó? ¡Sofía, llama a una ambulancia, rápido!".
Su voz estaba llena de una preocupación tan perfecta, tan convincente, que por un segundo de locura, casi le creo. Pero ya no. Yo sabía la verdad. Estaba atrapada en un infierno diseñado por el hombre que me juró amor eterno, y el ángel guardián a mi lado era el demonio que sostenía la llave de mi celda.





