La voz del doctor sonó lejana, como un eco en un pasillo vacío, aunque estábamos en su pequeño y pulcro consultorio.
"Lo siento mucho, señora Rojas, señor Vargas. Los resultados de los estudios de Camila no son buenos."
Sentí la mano de mi esposo, Ricardo, apretar la mía con fuerza. Su palma estaba sudorosa y fría. Miré a nuestra hija, Camila, sentada en la silla de exploración, moviendo sus piernitas con inocencia, ajena a la gravedad de la conversación. Tenía solo ocho años.
"¿Qué tan malo es, doctor?", preguntó Ricardo, con la voz quebrada.
El Dr. Morales se ajustó los lentes, su rostro era una máscara de compasión profesional.
"Camila tiene una condición cardíaca congénita severa. Necesita una cirugía a corazón abierto lo antes posible. Es una operación compleja y costosa."
Ricardo se derrumbó en su silla.
"Costosa… ¿cuánto?"
"Estamos hablando de alrededor de dos millones de pesos, para cubrir la cirugía, hospitalización y cuidados postoperatorios en una clínica privada. No podemos esperar a los servicios públicos, su caso es urgente."
Dos millones de pesos. La cifra flotó en el aire, pesada e irreal.
En el camino a casa, Ricardo no paraba de llorar en silencio. Yo conducía, con la mirada fija al frente, mi mente trabajando a toda velocidad.
"No te preocupes, Ricardo", le dije con una calma que ni yo misma entendía. "Tenemos los ahorros. Siempre hemos sido cuidadosos con el dinero. Tenemos suficiente."
Él asintió, un destello de esperanza en sus ojos llorosos.
"Sí, tienes razón. Los ahorros de toda la vida. Gracias a Dios que los tenemos."
Llegamos a la casa que compartíamos con su madre, Doña Sofía. Apenas entramos, un olor extraño, una mezcla de hierbas y ozono, nos golpeó. En el centro de la sala, donde antes estaba nuestra mesita de centro, ahora se erigía una estructura de metal y cristales que zumbaba suavemente. Parecía un artefacto de una película de ciencia ficción barata.
"¡Mamá! ¿Qué es esta cosa?", gritó Ricardo, su alivio momentáneo reemplazado por la confusión.
Doña Sofía salió de la cocina, radiante, con una jarra de un líquido verdoso en la mano.
"¡Es la Torre de Energía Milagrosa! ¡Y este es el jugo vital de clorofila cuántica! ¡Ximena me los trajo hoy mismo! ¡Nos va a limpiar de todas las malas vibras y enfermedades!", exclamó, sus ojos brillando con un fervor casi religioso.
Mi corazón se hundió. Conocía a Ximena, la vendedora de productos de "bienestar" que había embaucado a mi suegra durante meses.
Ricardo palideció.
"Mamá, necesitamos hablar. Es sobre Camila."
Le explicamos la situación, la urgencia, la cirugía, el costo. Doña Sofía nos escuchó con una sonrisa serena.
"No se preocupen, hijos. Con la Torre de Energía y los suplementos, Camila sanará. No necesitará ninguna cirugía de esos médicos que solo quieren sacarles el dinero."
"¡Mamá, esto es serio!", insistió Ricardo, desesperado. "Necesitamos el dinero de la cuenta de ahorros. ¡Ahora!"
"Ah, el dinero", dijo ella, como si recordara un detalle sin importancia. "Bueno, sobre eso…"
Corrí a mi computadora portátil y abrí la página del banco. Mis dedos temblaban mientras tecleaba la contraseña. La pantalla se cargó.
Saldo de la cuenta de ahorros familiar: $1,254.30 pesos.
Se me heló la sangre. Miré el historial de transacciones. Una transferencia masiva, hecha dos días antes, por casi dos millones y medio de pesos. El beneficiario: "Bienestar Eterno S.A. de C.V.". La empresa de Ximena.
"¿Qué hiciste, Sofía?", susurré, sin poder creerlo.
Ricardo miró la pantalla por encima de mi hombro y soltó un grito ahogado. Se giró hacia su madre, su rostro púrpura de ira.
"¡Te gastaste todo! ¡Todo nuestro dinero! ¡Los ahorros de nuestra vida! ¿En esta basura?"
"¡No es basura!", chilló Doña Sofía, ofendida. "¡Es una inversión en nuestra salud! ¡Ximena dijo que la Torre nos protegería de todo mal! ¡Es el futuro!"
Ricardo estaba a punto de explotar, pero yo puse una mano en su brazo. Mi voz salió firme, tranquila, casi inhumana.
"Ricardo, cálmate."
Me miró como si estuviera loca.
"¿Que me calme? ¿Elena, no entiendes? ¡No hay dinero para la cirugía de Camila!"
Lo miré a los ojos. Había algo en mi mirada que lo detuvo.
"Entiendo perfectamente. Pero gritar no solucionará nada. Tu madre creyó que hacía lo correcto. No la culpes."
Doña Sofía asintió vigorosamente.
"¡Exacto! ¡Elena sí me entiende! ¡Todo lo hago por el bien de esta familia!"
Me levanté y abracé a mi suegra. Ella se sorprendió, pero me devolvió el abrazo.
"No te preocupes, suegra. Encontraremos una solución", le dije suavemente. Luego me volví hacia mi esposo. "Y tú, Ricardo, no te angusties. Yo me encargaré. El dinero aparecerá. Confía en mí."
Ricardo me miró, completamente desconcertado por mi reacción. Pero mi calma pareció contagiarlo. Sus hombros se relajaron un poco.
"¿De verdad crees que podemos conseguirlo?", preguntó, como un niño perdido.
"Claro que sí", afirmé, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos. "Por Camila, haría cualquier cosa. Ahora, ¿por qué no pruebas un poco de ese jugo vital? Tal vez nos dé la energía que necesitamos."
Esa noche, mientras Ricardo y su madre dormían, supuestamente tranquilos por mi inexplicable confianza, yo me senté frente a la zumbante Torre de Energía Milagrosa. No sentía pánico. No sentía desesperación. Sentía una fría y clara resolución. El juego había comenzado. Y yo no pensaba perder.





