Mi nombre es Roy Castillo, soy pastelero y hoy es el día en que mi matrimonio se derrumbó.
Máximo apareció en mi pastelería, "Dulce Marea", justo cuando el aroma a medialunas recién horneadas llenaba el aire. No vino como cliente, su postura era la de un conquistador.
"Vengo a hablarte de Lina", dijo, su voz llena de una arrogancia que no intentaba ocultar.
Lo miré, confundido. Lina era mi esposa.
"Ella y yo estamos juntos", continuó, sonriendo con suficiencia. "Está embarazada. El hijo es mío".
Sentí que el aire se espesaba, que me costaba respirar.
"Así que, pastelero, hazle un favor y firma el divorcio. No la molestes más".
Antes de que pudiera procesar sus palabras, tomó la taza de mate que yo estaba bebiendo y la arrojó sobre mi delantal blanco. El líquido caliente no me quemó la piel, pero la mancha oscura se sintió como una humillación profunda.
"Lina dice que eres como un perrito asustado", se burló. "Siempre necesitando que te cuiden. Bueno, ahora ella me cuidará a mí".
En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. Era Lina.
Su rostro, normalmente sereno y cariñoso, estaba contraído por la furia. Sin decir una palabra, se acercó a Máximo y le dio una bofetada tan fuerte que el sonido resonó en todo el local.
"¡Lárgate de aquí!", siseó, con una frialdad que nunca le había escuchado. "Estás despedido. No quiero volver a verte en mi vida".
Máximo, con la mejilla roja, la miró con incredulidad antes de salir tropezando de la tienda.
Entonces, Lina se giró hacia mí. Su furia se desvaneció, reemplazada por una pánico desesperado. Se arrodilló frente a mí, sacando un pañuelo para limpiar la mancha de mi delantal.
"Roy, mi amor, no le creas", suplicó, con los ojos llenos de lágrimas. "Es un mentiroso, un loco. Te amo solo a ti, ¿me oyes? Solo a ti".
Pero el shock, la humillación, la imagen de ella con otro hombre... todo se arremolinó en mi pecho. Empecé a jadear. El aire no entraba. Mis pulmones se cerraban.
"¡No, no, no!", gritó Lina, aterrorizada. "¡Roy, respira! ¡Mírame!".
Me agarró del brazo y prácticamente me arrastró fuera de la pastelería, metiéndome en su coche. Mientras conducía a toda velocidad hacia la clínica más cercana, no dejaba de repetir, como un mantra: "Te lo prometí, Roy. Te prometí que nunca más te haría sufrir. Nunca".
El sonido de sus sollozos se mezclaba con mis propios jadeos ahogados, un eco terrible de un día en el mar, hace mucho, mucho tiempo.





