El presente
En el asiento del pasajero Davina observaba distraída el pasaje, todo había cambiado en su ausencia, las calles, los edificios, hasta las personas parecían diferentes. Ella misma se notaba diferente. Aquellos 10 años en la cárcel la habían cambiado y ya no era la misma chiquilla de 16 años a la que habían condenado hacia tanto tiempo. Poco a poco el entorno se fue tornando más conocido las calles por las que había pasado tantas veces, las cafeterías que solía frecuentar, no sabía cómo, pero iba camino a su casa, a pesar de que nunca le había comentado la dirección al chófer del jeep; curiosa le regaló una mirada al hombre a su lado. No habían conversado en todo el camino, pero aun así el silencio no había sido algo molesto, de esos que sientes la necesidad de rellenar con palabras absurdas. Habían viajado en silencio uno al lado del otro, dos completos desconocidos, pero extrañamente Davina se sentía cómoda alrededor del elegante hombre en traje caro.
- Hemos llegado – sentención Owen sacando a la chica de sus pensamientos, sorprendida observó por la ventana para darse cuenta de que efectivamente se encontraba frente a la casa de su madre.
- Bien, gracias por el aventón. – dijo ella mientras se disponía a salir del auto, pero la voz de Owen la detuvo.
- ¿Quieres que te esperemos aquí? Puedo llevarte después al hotel y buscarte esos chicos.
- Gracias por la oferta, pero creo que necesito un tiempo en casa, no estoy seguro de ser lo que tú empresa está buscando, pero prometo ponerme pronto en contacto. – para reafirmar sus palabras batió la tarjeta de presentación en su mano.
- Está bien – aceptó Owen – avísame si necesitas cualquier cosa.
Y sin decir nada más Davina bajó del todoterreno y se precipitó hacia las escaleras de la que antes había sido su casa, su hogar. Muchas veces había soñado en la cárcel con este momento, se había imaginado cientos de veces subiendo los escalones de granito mientras sus dedos acariciaban el frío metal de la baranda. Se imaginó el último tramo antes de por fin saltar frente a la puerta de la casa mientras gritaba sorpresa a su madre sentada en la sala viendo la televisión. En diversos escenarios las reacciones fueron diferentes, lo que no esperaba Davina, era ver su plan fracasar debido a unas inoportunas rejas. El que había sido su hogar ya no se sintió así cuando Davina tuvo que tocar el timbre como cualquier otro invitado.
La voz de su madre se sintió desde el interior de la casa con un claro Ya va y un par de minutos después la puerta principal se abrió y vio a su madre atravesarla. A pesar de sus 48 años Mía Laurent era una mujer hermosa, con el cabello un poco más blanco con algunas canas decorándolo y algunas arrugas en su rostro, pero su innegable belleza seguía ahí. Cuando Mía vio a su hija se quedó congelada un segundo y Davina por primera vez consideró el rechazo de su madre, pero la idea de inmediato desapareció cuando Mía abrió la reja y estrechó a su hija contra sus brazos mientras las lágrimas corrían sin cesar por su rostro. De pronto la apartó e inspecciono por todas partes.
‐ ¿Estás bien? ¿Te duele en alguna parte? ¿Te escapaste de la prisión? - Davina podía ver los engranajes del celebro de su madre trabajando a toda marcha - no deberías haber venido hasta aquí, será donde primero te busquen tienes que esconderte.
- Mamá, - intento intervenir.
- Necesitas dinero, tendré que sacar los ahorros del banco.
- Mamá- insistió Davina
- Venderé el coche, esta nuevo, seguro me dan una buena pasta por él.
- Mamá - Davina alzó la voz para sacarla de sus maquinaciones - no hace falta que vendas el coche, no me escapé, me dejaron ir, y cumplí mi condena, soy una mujer libre.
- Libre – repitió su madre en voz baja como si no pudiera entenderlo, hasta que comprendió las palabras de su hija y volvió a darle un gran abrazo encerrándola contra su pecho – oh dios, no puedo creerlo, al fin todo terminó. Llorando acaricio el cabello de su pequeña y luego bruscamente la volvió a separar para mirarla a los ojos. – ¿Por qué no me dijiste nada la semana pasada cuando fui a verte? ¿Por qué no me llamaste? Podríamos haber ido a recogerte.
- No quería molestar, a parte quería darte la sorpresa.
- Querías matarme de un infarto al corazón, ya no estoy para estos sustos Davina... - la voz de Mia fue interrumpida por una pequeñita figura que se detuvo en la entrada principal de la casa.
- Mamá – dijo la niña de no más 5 años.
- Oh, - Mia se secó las lágrimas y se acercó a la pequeña - ven cariño quiero presentarte a alguien. – Mia levanto a la pequeña en brazos y camino hacia Davina- Denise, ella es tu hermana Davina, recuerdas te hable de ella antes, te dije que estaba en un lugar lejos, pero pronto regresaría- la niña asintió y observo a su hermana con curiosidad. Davina se acercó y le acaricio el cabello.
- Hola Denise, soy Davina, un placer poder finalmente conocerte, la última vez que te vi, aun estabas en el vientre de tu mamá. – Davina había tenido cinco largos años para adaptarse a la idea de que era hermana mayor, pero una cosa era imaginarlo, y otra diferente ver a su madre sosteniendo en brazos una versión miniatura suya. La pequeña tenía el cabello negro y lacio como el suyo, pero su piel era unos tonos más claros, unos ojos color café grandes y expresivos y unas mejillas rosas y regordetas y Davina supo desde el primer momento que la vio que aquella pequeña le gustaría y se robaría un pedacito de su corazón justo también como... Davina bajo la vista y vio que su mano instintivamente había viajado a plano vientre, su madre también se percató del gesto y queriendo aligerar el ambiente hablo.
- Cariño, mejor entremos, vamos a comer algo, debes estar ansiosa por probar mi sazón.
Davina entro en la casa, la misma donde había vivido toda su infancia, solo que aquí también habían ocurrido cambios, la pared del pasillo de entrada donde antes estaba lleno de fotografías suyas ahora era decorada por fotos de una beba hermosa y todas sus primeras veces, solo un par de fotografías suyas seguían sobre una mesita en la sala. Los antiguos muebles estilo colonial, habían sido sustituidos por un moderno sofá en forma de L y un sillón de masajes. Davina siguió a su madre hasta el comedor y se asombró al ver que la estructura había cambiado, la pared que dividía la cocina del comedor había desaparecido y una amplia barra americana ocupaba el sitio, la pequeña Denise tomo asiento en una de las banquetas mientras mia rodeaba la barra y se ponía a trabajar en la cocina, siguiendo a su hermana menor Davina también tomo asiento, su madre de pronto dejó el cuchillo a medio cortar del queso cuando cayó en cuenta de algo.
- Es la primera vez que ves la remodelación.
- Unjú – asintió distraída Davina mientras robaba un pedazo de queso que su madre había cortado, Mia le pego en la mano y la hizo soltarlo
- Las manos, Davina, están sucias. – ambas se miraron y cayeron en un silencio incomodo, aquello era algo normal en ellas, Davina intentaba robar comida y su madre la reñía, pero eran las acciones entre una madre y su hija adolescente de 16 años, Davina ya no era aquella niña, acababa de cumplir los 26 y en ese momento madre e hija se acaban de percatar que no sabían cómo actuar alrededor de la otra.





