Resurgiendo de Las Cenizas: La Heredera a Quien Intentaron Correr

El rostro de Sandra se oscureció al instante.

En ese entonces, para romper todo vínculo con Maia, la familia Morgan la había obligado a firmar un documento de emancipación, con un representante del Grupo Cooper como testigo, únicamente con la intención de limpiar su nombre de futuras acusaciones. Ese acto había sido motivado por la desesperación, no por la dignidad.

Una avalancha de reporteros se abalanzó sobre Sandra y, empujando sus micrófonos hacia ella, comenzó a interrogarla: "Señora Morgan, ¿eso es cierto? Usted dijo una vez que no abandonaría a Maia, que seguiría siendo su hija, incluso después de haberse reencontrado con su hija biológica".

"Eso... no es cierto. Por supuesto que no", respondió ella, tratando de mantener la compostura, forzando una sonrisa que apenas se sostenía.

"Entonces, señora Morgan, ¿tienes el valor de llamar a alguien del Grupo Cooper para confirmar si el documento de emancipación existe o no?", objetó Maia, con una sonrisa maliciosa.

"¡Maia, no lleves esto demasiado lejos! ¡No podemos molestar a la gente del Grupo Cooper cuando queramos!", gritó Jarrod desde un costado, incapaz de contener su ira.

"Así que estás admitiendo que no llamarás a nadie", lo confrontó la aludida, girándose para encararlo con una ceja levantada.

Él se quedó sin palabras.

Sandra se dio cuenta de que la imagen que su familia y ella se habían esforzado tanto por mantener se desmoronaba, así que se apresuró a apelar a la compasión. De repente, comenzó a temblar y toser de forma repentina y dramática.

Rosanna, captando rápidamente su plan, caminó rápidamente hacia ella y comenzó a consolarla, frotándole la espalda con movimientos suaves.

"Mamá, ¿qué pasa? ¿Estás bien?", preguntó.

Acto seguido, clavó su mirada en Maia y dijo en un tono de agravio exagerado: "Mamá está preocupada por ti desde que te encerraron; de hecho, llora todas las noches hasta quedarse dormida. El doctor ya nos advirtió de que su salud está empeorando, así que si todavía te importa, aunque sea un poquito, o le agradeces por criarte, no le pongas las cosas más difíciles. Solo vuelve con nosotros".

Maia se sintió asqueada por el pretencioso acto de Rosanna. Además, aunque antes la idea de volver con ellos le brindaba consuelo, ahora no significaba nada. Lo último que quería era volver a relacionarse con esa gente.

"La Maia que conocían murió hace cuatro años. Y fueron los Morgan quienes la enterraron", declaró Maia, sin un atisbo de duda en su rostro. Tras decir eso, atravesó la multitud y se fue sin mirar atrás.

Mientras desaparecía en el horizonte, Sandra se dejó caer al suelo, armando un espectáculo de sollozos, como si su corazón estuviera verdaderamente roto. Inhaló profunda y dramáticamente antes de desmayarse.

Inmediatamente, el pánico estalló en el lugar, mientras jadeos y gritos llenaban el aire. Sin perder tiempo, Jarrod cargó a su madre, mientras Rosanna los seguía.

En el segundo en que las puertas del auto se cerraron y las cámaras quedaron atrás, Sandra abrió los ojos de golpe y se enderezó sin esfuerzo. Si no hubiera fingido ese colapso, todo podría haberse desmoronado irreparablemente.

Y en su mente, solo una persona era responsable de ese lío: Maia.

Habían ido a la prisión, haciendo un gran esfuerzo para darle nuevamente la bienvenida a casa con gracia, ¿y cómo les había pagado?

Manchado el nombre de la familia Morgan frente a una multitud, y demostrando que no sentía ni una pizca de agradecimiento por ellos.

"¡Es una malagradecida! ¡Le dimos todo y nos traiciona así!", maldijo el furioso Jarrod, apretando el volante con fuerza.

Sandra reemplazó su cálida expresión con una mirada gélida. Luego, con una risa amarga, comentó: "Ella no tiene dinero, pero sí un historial criminal que le complicará la vida. Además, no tiene nada a su nombre. Sin nosotros, está acabada. No hay duda de que Maia volverá, y cuando lo haga, ¡me encargaré de darle su merecido!".

...

Más tarde ese día, Maia estaba sola frente al registro civil de Wront. En su bolso llevaba los documentos necesarios para formalizar su matrimonio.

Aún faltaba tiempo para su cita, así que se apoyó casualmente contra un árbol, con la mirada baja y la mente en blanco.

Cuatro años atrás, cuando entró en prisión, había sufrido un tormento tan implacable que nunca lo olvidaría. Una noche, cuando casi la mataron a golpes, alguien intervino para salvarla.

No fue un guardia, sino la reclusa que tenía más influencia que nadie en la cárcel. De hecho, su celda parecía una habitación privada y hasta los oficiales evitaban cruzarse en su camino. La mayoría de las reclusas también le temía, así que mantenía su distancia.

Ella, por alguna razón, mostró interés en Maia. Le ofreció protección, pero con una condición: tenía que aceptar un acuerdo de matrimonio y luego cumplir con una tarea.

En ese entonces, atrapada en una pesadilla sin salida, la chica no tenía margen para negarse. Sabía que la supervivencia significaba sacrificio. Sin vacilar, aceptó el trato y juró lealtad a la mujer que la había salvado.

Ahora que estaba libre, cumplir con esa promesa era su máxima prioridad. Eso significaba seguir adelante con el acuerdo de matrimonio que había aceptado en prisión.

No muy lejos, un Rolls-Royce Phantom estaba estacionado en las sombras.

"Señor, ¿esa es la chica que su tía eligió para que se case?", preguntó Brad Curtis, el asistente especial de Chris Cooper.

Por la ventanilla del auto se veía una mujer, de complexión delgada, mirando al suelo. Vestía una blusa blanca y un pantalón a la cadera, que la dejaban moverse con facilidad. Cuando se estiró, dejó al descubierto su pequeña cintura por unos momentos.

Había una audacia en su silencio. Una pizca de desafío que no pedía aprobación. A pesar de su belleza, tenía un historial criminal que no podía ser ignorado.

Brad no entendía por qué Zoey Cooper había impulsado este emparejamiento. ¿Qué podía ver en una mujer que había cumplido condena? Y aún más desconcertante era el hecho de que su jefe hubiera aceptado.

Chris, reclinado en el asiento, descansaba su brazo con confianza en el reposabrazos; su manga enrollada mostraba un antebrazo bien tonificado. Sus ojos, ligeramente entrecerrados, se posaron en la cintura expuesta de la mujer, y un destello de diversión cruzó por su rostro. Sin decir palabra, abrió la puerta del auto y salió.

"¿Es usted la señorita Maia Watson?".

Ella se giró cuando escuchó que alguien decía su nombre. Se quedó quieta por un segundo, pues la visión frente a ella la tomó por sorpresa.

Un hombre, con una camisa negra ajustada, estaba frente a sus ojos; era lo suficientemente alto para bloquearle la luz del sol en la cara. Además, su apariencia era irreal: guapo de una manera que la hizo detenerse. Cada una de sus facciones era impecable y parecía prácticamente esculpida.

¿Podría ser ese verdaderamente el hijo bastardo de la familia Cooper que Zoey había mencionado? ¿El que tenía mala reputación y una cadena de rumores malintencionados siguiéndolo? La idea hizo que la incomodidad le recorriera el pecho.

"¿Es usted... el señor Chris Cooper?", preguntó, dubitativamente.

Él respondió con un pequeño asentimiento.

Tras eso, la chica volvió a mirarlo, estudiando cada detalle. Su ropa era sencilla, pero algo refinado se aferraba a él. Además, la tenue sonrisa que flotaba en sus labios, a pesar de que no había felicidad en sus ojos, dejaba justo suficiente misterio para despertar su curiosidad.

"Señorita Watson, ya lleva bastante tiempo mirándome", comentó Chris, con una risa suave.

Maia salió de su ensimismamiento y rápidamente giró la cabeza, pues se daba cuenta de lo obvia que había sido.

"Lo siento... ¿Entramos?", preguntó, tratando de recuperarse.

Juntos, ingresaron al registro civil. Cuando salieron, Chris sostenía un acta de matrimonio en su mano.

"Señor Cooper, cumpliré con mi parte del trato. Y apenas cumpla con la tarea de Zoey, solicitaré el divorcio", dijo Maia.

Ella sabía que los sentimientos no formaban parte de ese acuerdo y no planeaba engañarse. A fin de cuentas, casi ningún hombre aceptaría compartir su vida con una mujer que tenía antecedentes penales.

Chris inclinó la cabeza y la contempló. Su cabello oscuro danzaba en la brisa, y aunque su rostro era impactante, había algo claro y honesto en sus ojos.

"¿Mi tía está bien ahí dentro?", preguntó él, en vez de responder directamente.

"Está sana y no ha pasado nada malo", contestó Maia rápidamente, desconcertada por el cambio de tema.

Tras una breve pausa, presionó los labios. En honor a la verdad, Zoey no solo sobrevivía en prisión, sino que prosperaba allí. Era prácticamente su zona de confort.

"Me alegra escuchar eso", dijo él, sin indagar más. Luego, sacó de su bolsillo una elegante tarjeta de crédito y se la extendió, mientras agregaba: "No tienes que ser tan formal conmigo. Toma. Un pequeño regalo de bienvenida".

"No es necesario. Tengo mi propio dinero", rechazó ella, sacudiendo la cabeza y alzando las manos en protesta.

Claro, ahora estaban legalmente casados, pero esa era la primera vez que se veían. Y por lo que Zoey le había contado, Chris podía llevar el apellido Cooper, pero era tratado como un extraño. Su posición en la familia y en el Grupo Cooper eran prácticamente inexistentes.

Además, había escuchado que no tenía un trabajo serio y se pasaba los días vagando sin rumbo. Por eso, supuso que no debía tener mucho dinero guardado. La idea de aceptar cualquier cosa de él la incomodaba.

Chris no titubeó. La agarró de la mano y colocó firmemente la tarjeta en su palma, sin darle oportunidad de liberarse. Sus ojos, fríos y enigmáticos, estaban fijos en ella, pero era inescrutables.

"Acabamos de completar el registro de matrimonio, así que técnicamente tú ya eres mi esposa. Y eso te da todo el derecho a usar mi dinero. ¿O acaso lo estás rechazando porque no estás lista para admitir que soy tu esposo?".

La última palabra hizo que ella se sonrojara, aunque por lo demás logró mantener la compostura.

"Eso no fue lo que quise decir...", comenzó Maia, tratando de explicarse, pero su voz se apagó antes de encontrar las palabras correctas. Sin decir más, aceptó la tarjeta y le dio las gracias educada y silenciosamente.

"Entonces, ¿a dónde vas? Te llevo", ofreció Chris, con una sonrisa de aprobación, al verla ceder.

En el acto, la chica sintió una opresión en el pecho. Su plan era regresar a la casa de la familia Morgan, no porque ese lugar le importara, sino porque quería recuperar una pulsera, el último regalo que le había sado su abuela, Vicki Morgan.

Cuando Richard y Sandra la trataban como una ocurrencia tardía, Vicki había sido la única a su lado. De hecho, le enseñó a Maia todo lo que sabía, desde modales en la mesa hasta mantenerse firme en una multitud.

Aunque no había lazos de sangre de por medio, el amor de la anciana hacia ella había sido tan real como el de cualquier abuela.

Maia no tenía dudas de que, si siguiera viva, la habría defendido con todo lo que tenía. Y esa idea le causaba un profundo dolor, aunque no lo mostrara. Aun así, logró sacudírselo.

"Señor Cooper, hay algo que necesito atender. Estaré bien sola", contestó, ofreciéndole una amable sonrisa a Chris.

"No hay problema. Solo llámame si necesitas algo".

Él le dio su número y luego se quedó atrás, viendo cómo se alejaba. Cuando ella finalmente desapareció en la esquina, miró el certificado de matrimonio que aún sostenía en la mano y sus labios se curvaron en una sonrisa.

'¿Divorcio? Eso no va a suceder. Nadie sabe cuánto tiempo llevo esperando este momento', pensó.

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