Edward Bronson llegó hasta el edificio dónde se encontraba el pequeño departamento de Camille, bajaron del automóvil y ella dijo:
—¿Quieres entrar?—preguntó Camille— creo que tengo una gaseosa en el refrigerador.
— Bueno, una gaseosa está bien por ésta noche— respondió Edward sonriente.
Ella también sonrió y caminó delante de él para indicarle el camino, era la primera vez que alguien extraño entraba al lugar donde vivía.
Su morada era sencilla, un gran y cómodo sofá, una mesa con dos sillas que servía de comedor, una habitación donde ella dormía, una pequeña cocina con su estufa, y estantes para hacer cómoda la estadía al cocinar.
Ella al abrir su puerta dijo:
— Bienvenido a mi casa Edward— ponte cómodo mientras busco tu gaseosa
— Gracias Camille— dijo él— con una sonrisa.
Ella al entrar a la cocina pensaba "se ve tan guapo sonríe"
— Espero y te guste— dijo ella volviendo con un vaso con gaseosa.
Edward tomó el vaso de la mano de Camille y lo sorbió mientras preguntaba:
— ¿Vives sola acá?
— Si, y te confieso que es la primera vez que recibo una visita— dijo ella.
—¿En serio? ¡Qué privilegio!— dijo él sonriendo— por cierto ya es muy tarde y voy a dejarte para que descanses; ¿podrías darme tu número?
— Ay si— anotó el número en un pedazo de papel y se lo entregó.
Mientras el sacó una tarjeta de presentación y se la entregó a ella, quien la miró con interés y dijo:
— ¿Eres fiscal del estado?
— Así es, estoy a tus ordenes para lo que necesites— dijo Edward— hasta mañana.
Ella lo acompañó hasta la salida y él dijo:
— ¡Gracias por el privilegio de pisar tu casa y saborear tu gaseosa.
Los dos sonrieron y se despidieron como buenos amigos. Camille se quedó mirando la tarjeta que tenía en su mano y pensó.
"Qué ironías tiene la vida, venir a ser rescatada por un fiscal del estado", lo mejor era no volver a verlo, así no se complicaría su vida tan "apacible".
Lo mejor era desaparecer de ese lugar, buscar otro departamento,ese hombre sabía lo que a ella le había sucedido, era un fiscal, complicaría la vida de su jefe; lo mejor era avisarle a Jared Corbit.
Después lo pensó mejor y se dijo:
" —Yo no tengo porque huir, yo no tengo problemas con nadie, solo trabajo con Jared Corbit y eso no es ningún delito. Lo mejor era que éste hombre no la viera más
Camille Eubank estaba bastante afectada con lo que le había ocurrido, se sentía molesta con éstos dos hombres y sin salida ante la situación que vivía.
Su jefe estaba involucrado con la mafia, hacía apenas un año atrás lo había descubierto y no era algo cómodo para ella. Él la había llamado para hacerle confidencias, tenía un año trabajando para él y se suponía que era una empresa de administración y contabilidad, pero habían manejos extraños.
Ella empezó a notar ciertas irregularidades y fue hasta la oficina de Jared Corbit, primero le había dicho que iba a averiguar lo que sucedía, pero todo siguió igual; un día se sentó seriamente con él a exponerle la situación y él terminó contándole sobre su doble vida.
—" Confío en ti, Camille — había dicho— en este tiempo me has demostrado que eres una mujer confiable y honesta".
— "Ay señor, no debió decirme nada— dijo ella con preocupación—ahora estaré en problemas."
— "Mientras no abras tu boca— dijo Jared — tengo muchos enemigos, Camille y quieren mi cabeza, pero ésta empresa me esconde de cualquier situación.
Así había comenzado su peligrosa vida en el mundo de la mafia, era la confidente de un mafioso, llevaba todos los manejos de sus movimientos bancarios, vaya vida la suya.
Ahora venía todo a complicarse con la persecución de estos tipos que obviamente estaban buscando información y la querían a ella, para llegar hasta el señor Corbit.
Esa noche durmió inquieta, a la mañana siguiente estaba cansada, no había sido una buena noche. Llamó a su jefe para referir lo acontecido, obviando el haber sido rescatada nada menos que por un fiscal del estado.
— Tomáte unos días Camille,— había sugerido su jefe—estaré fuera de la ciudad, así que todos pensarán que andas de viaje conmigo.
Ella apretó los dientes en señal de desaprobación, porque tenía que vivir éste tipo de situación, no podía quedarse de su sueldo, ayudaba a sus padres y vivía cómoda en un departamento a su medida.
Aunque vivía al filo del peligro, ya estaba paranoica pensando que todo el mundo buscaba a Jared Corbit, su jefe.
Necesitaba buscar una solución, ese día se dedicaría a descansar y organizar un poco su departamento.
Sonó su celular y al ver la llamada era Edward Bronson, el fiscal, al inicio pensó no contestar y bloquear el número, pero se dijo que eso haría más peligrosa la situación.
— Hola, —saludó ella— ¿cómo estás?
— Muy bien, anoche olvidé decirte que ya formalice la denuncia en contra de los que te perseguían— explicó Edward— ¿Estás en el trabajo?
— ¡No, me dieron unos días libres!— dijo ella con mucha cautela— gracias por eso de formalizar la denuncia.
— ¡Oye,pero que considerados!— exclamó Edward — me alegra mucho porque necesitas relax después de vivir esa situación tan intensa.
— Si, voy a aprovechar para hacer un poco de limpieza en ésta pocilga, donde vivo—dijo
Camille a modo de chiste.
—¡Oh, y yo que pensaba invitarte a salir por allí —dijo él con voz apesadumbrada.
— Bueno, pero podría ser más tarde— se escuchó diciendo.
— ¡Perfecto!—exclamó Edward — ¿Te parece a las tres de la tarde?
—Si a esa hora está bien—dijo Camille.
"¿Qué era lo que le había pasado?" Pensó, "ya había decidido no volver a verlo" "y allí estaba aceptando salir con el tipo" "definitivamente estaba zafada de la cabeza " "lo último que necesitaba era tener un amigo fiscal".
Todos estos pensamientos empezaron a circular por la mente de camille Eubank, decidió seguir su corazón y que pasara lo que tuviera que pasar, ella no estaba al borde de la ley, el hecho de conocer los secretos oscuros de su jefe no la hacían una delincuente.
Empezó a ocuparse de su departamento, como no era grande, a mediodía estuvo lista, tomó un baño y se dedicó a prepararse su almuerzo, no tenía mucho en su despensa, necesitaba hacer compras, sería otro día porque ya estaba comprometida para salir esa tarde.
Empezó a arreglarse para salir, escogió un traje de organza rosa, muy femenino que había comprado en una venta de segunda mano, nunca había tenido oportunidad de usarlo, ésta parecía una muy buena, necesitaba sentirse femenina, zapatos beige, definitivamente se veía muy bien.
A las dos y cuarenta y cinco ya estaba lista para salir, se había mirado no se cuantas veces al espejo, se sintió algo cursi con ésta actitud, tenía ya veintitrés años, no era ninguna adolescente, pero tampoco había salido con alguien del sexo opuesto en mucho tiempo.
Sonrió al recordar su última salida, había salido con un ex compañero de la escuela que no veía en años, quien estaba de visita en la ciudad y necesitaba una amiga para llorar, pues le habían roto el corazón. Había pasado consolando al pobre chico, quien no paró de contar acerca de su tragedia.
En eso estaba, reviviendo su famosa cita de hacía cuatro años, cuándo escuchó unos suaves toques en la puerta de su departamento, se levantó como si tuviera un resorte, se vió nuevamente al espejo y se asomó por el ojo mágico; ¿Quién más podría ser? Nunca nadie la había visitado en dos años que vivía allí.
Abrió con su mejor sonrisa.
—¡Hola, ya estoy lista!— dijo sin preámbulos.
—¡Excelente, me encantan las chicas puntuales!—dijo Edward sonriendo.
Le estampó un beso en la mejilla y salió con el a una cita, su mente se rehusaba a pensar en las consecuencias que acarrearía aquél acercamiento.





