La receta del amor: la chica pueblerina es una médica talentosa

Álex se interrumpió al recordar algo. Le vino a la mente una conversación de hacía años con su madre, en la que ella mencionó de pasada que Verena nunca había presentado ningún examen de admisión a la universidad.

El hombre soltó un suspiro largo y pesado. "Te iría mucho mejor si fueras más como Kaia".

Verena ni siquiera se molestó en responder. El comentario era tan absurdo que le dio risa. Podían recordar cada pequeña peculiaridad de Kaia, pero cuando se trataba de algo tan importante como su educación, a nadie le había importado preguntar. Simplemente daban por hecho que ella no estaba a la altura de su hermana.

***

La casa de la familia Willis le parecía un territorio ajeno a Verena. Era extraño pensar que se suponía que ese lugar también era suyo, y sin embargo, era la primera vez que entraba.

Laura la guio por el pasillo hacia un dormitorio, con voz preocupada mientras le ofrecía una sonrisa tranquilizadora. "Si algo de aquí no te gusta, dímelo, ¿de acuerdo?".

Verena mantuvo un tono neutro. "Gracias, mamá".

"Cariño, no hace falta que seas tan educada. Soy tu madre".

Como Laura se quedó parada en la puerta en lugar de irse, su hija le preguntó: "¿Necesitabas algo más?".

Laura y Álex llevaban años esforzándose por abrirse paso en la alta sociedad y aprovecharon la primera oportunidad que se les presentó. A pesar de eso, seguían siendo unos recién llegados y muchos de los que estaban en esos círculos los veían como forasteros. La familia Bennett, en cambio, era una dinastía: adinerada, con excelentes contactos y con un prestigio muy arraigado.

Así que cuando la familia Bennett sugirió una alianza matrimonial, Laura no pensaba negarse. Ya podía imaginarse los beneficios y todas las puertas que se abrirían.

Pero el accidente de Isaac lo había dejado con una discapacidad permanente, y Laura no podía soportar la idea de entregar a su adorada hija menor a un hombre en esas condiciones. Fue entonces cuando decidió traer de regreso a su hija mayor.

Durante un momento, al ver la mirada serena e inquebrantable de Verena, Laura sintió un punzada de culpa. No había estado ahí para criarla y no tenían un vínculo verdadero. La culpa era real, pero el distanciamiento era más fuerte.

Aun así, se convenció de que era una oportunidad para Verena. Una joven de un pueblo pequeño y remoto, que había tenido problemas en la escuela y ahora trabajaba como médica en un lugar tan tranquilo como Trisas, solo podía salir ganando al casarse con un Bennett. Discapacitado o no, Isaac representaba riqueza, comodidad y seguridad.

"Por ahora necesitas descansar un poco, Verena. Hay alguien a quien quiero que conozcas esta noche, y yo misma te voy a llevar".

Laura no dijo de quién se trataba, pero Verena no tuvo necesidad de preguntar: sabía que sería Isaac, pues ya había leído sobre su accidente en internet. Sintió ganas de reír y negar con la cabeza al mismo tiempo. Esperar algo diferente de sus padres había sido una tontería. Los hijos que crecían ignorados aprendían a vivir con la amargura y la resignación.

"De acuerdo". Verena asintió con un simple gesto, aunque su conformidad no iba dirigida a Laura. Había venido a Shoildon con un único propósito: Isaac. Se preguntó por un momento en qué estado se encontraría él.

Laura esbozó una leve sonrisa al ver que su hija no ponía resistencia. "Bien. Descansa un poco. Te dejaré sola".

Cuando ya iba a retirarse, se dio la vuelta hacia Verena y le dijo: "Cuando lo veas esta noche, si te preguntan sobre tus estudios, diles que te graduaste de la Facultad de Medicina de Acorith con una maestría. No te preocupes por que descubran la verdad, yo me encargaré de todo".

En cuanto la puerta se cerró, Verena se recostó en la cama. Al levantar la mano derecha, notó el leve temblor en sus dedos.

Hacía seis días que no había logrado salvar a Sabina en el quirófano. El bisturí se le había resbalado y, desde entonces, su mano derecha no había dejado de temblar. Para una cirujana, ese tipo de temblor significaba la ruina total.

Los pensamientos la abrumaron hasta que el cansancio la venció, arrastrándola a una pesadilla inquietante.

En otra habitación, Kaia estaba recostada en el sofá viendo cómo su celular se llenaba de mensajes en un chat de grupo. Todos querían saber si su hermana era hermosa.

La pregunta puso de mal humor a Kaia. Decir que Verena era bonita era quedarse corto. Incluso con ropa simple, tenía el tipo de belleza que cautivaba. Su piel era suave, tersa y perfecta, demasiado refinada para alguien que había pasado años en un pueblo remoto y atrasado. A su lado, Kaia se sentía corriente: dulce e inofensiva, pero carente de atractivo genuino.

Como las preguntas no cesaban, finalmente respondió por escrito: "Está bien, no es fea".

Sabía que era una mentira descarada, pero las palabras le habían salido por puro instinto.

Para ese momento, todo el mundo en Shoildon ya sabía del próximo matrimonio entre la familia Bennett y la familia Willis.

Los jóvenes adinerados de la ciudad tenían curiosidad por la mujer con la que se iba a casar Isaac, quien en su momento había sido un hombre con un potencial inigualable.

Al ver la respuesta poco entusiasta de Kaia, el grupo se quedó callado. "No es fea...". Era el tipo de frase que daba a entender que la mujer era, en el mejor de los casos, del montón. 'Pobre Isaac', pensaron todos.

Entre los que leían el mensaje estaba Roberto Bennett, el hermano menor de Isaac.

Soltó una maldición entre dientes antes de volverse hacia su madre, Danica Bennett.

"Mamá, entiendo que las piernas de mi hermano no estén bien... ¿pero por eso tienes que arreglarle un matrimonio con alguien que no vale nada? Kaia dice que su hermana es bastante fea".

El comentario hirió profundamente a Danica. Como cualquier madre, quería que su hijo tuviera una pareja a su altura.

Sin embargo, la situación de Isaac iba mucho más allá de sus piernas lesionadas; ciertos aspectos de su salud masculina habían quedado dañados de forma permanente. Como matriarca de los Bennett, no podía permitir que los rumores sobre la familia se salieran de control, y la opción más segura era elegir a una novia que no supusiera ninguna amenaza: Verena Willis, la hija mayor de los Willis.

"Esta es mi decisión y tú no tienes voz ni voto en esto", dijo, ocultando sus emociones bajo un tono frío.

Roberto apretó la mandíbula, furioso.

Sin inmutarse, Danica se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras, sin mostrar el menor interés en calmar el enojo de su hijo.

Acababa de recibir un mensaje de Laura, pidiéndole que organizara un encuentro entre Verena e Isaac esa misma noche.

Al entrar en la habitación tenuemente iluminada de Isaac, se dirigió a la ventana sin detenerse y abrió las cortinas de un tirón.

La cruda luz del día inundó el piso, disipando la oscuridad.

Isaac estaba recostado en la cama, con los ojos sombríos pero fijos, y las facciones tan bien definidas como siempre.

Sabiendo que estaba despierto, Danica habló sin rodeos: "Esta noche conocerás a una chica. Y te vas a casar con ella".

"Si ese es el plan, ¿por qué perder el tiempo en una reunión? Solo registren el matrimonio y ya", respondió Isaac con voz monótona.

Una mezcla de compasión e indignación contenida se agitó en el corazón de Danica. Nadie fuera del círculo familiar sabía que el accidente no solo le había costado la salud a Isaac, sino también la vida al marido de Danica. Con su hijo en ese estado, ella no se atrevía a anunciar la muerte de su esposo, por temor a que desestabilizara la empresa.

"No discutas conmigo sobre esto. Es solo por cortesía conocerla primero".

Cuando salió de la habitación, las sombras parecieron cerrarse otra vez alrededor de Isaac. El dolor y el autodesprecio le ensombrecieron la mirada; en su mente, la muerte de su padre era una carga que siempre llevaría consigo.

Al caer la noche, a Verena la despertaron unos golpes en la puerta antes de que esta se abriera. Era Kaia.

Quien dijo con un tono que oscilaba entre la alegría fingida y la condescendencia mal disimulada: "Verena, estás a punto de casarte con un miembro de la familia Bennett. Felicitaciones. Son la familia más poderosa de Shoildon".

Los años que pasó estudiando fuera habían agudizado la intuición de Verena, y la hipocresía de Kaia le resultó evidente.

Le bastó una mirada para saber que su hermana la detestaba.

En silencio, Verena siguió doblando su edredón, esperando con paciencia a escuchar el resto de lo que Kaia tenía que decir.

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