Marte, 28 de febrero de 1989
Al parecer quedé dormido; mejor dicho, es lo más seguro, pensé. Era obvio al no conseguir una respuesta coherente a lo que veía mis ojos. Lejos de creer que podía ser real el hecho de estar fuera de mi casa, fuera de mi cama... Lo cierto es que debía seguir adelante y buscar la manera de resguardarme ante el caos que predominaba en el lugar.
Al fijar la vista sobre mi entorno, reconocí uno de los locales destruido; deduje, por la ubicación que era el mismo donde solía ir a comprar parte de los accesorios que utilizaba para trabajar en mi cuarto oscuro. ¿Cómo podía ser posible está situación? Hasta unos días atrás reinaba la prosperidad, el dinamismo entre las personas que transitaban los alrededores; inclusive podías percibir el estrés que imperaba en cada una de ellas. En cambio, ahora podría asegurar que los pocos seres que se veían transitar, las únicas esperanzas que aguardaban en sus corazones, era poder llegar sanos y salvos a sus hogares. La tención era tan áspera y densa que se asemejaba a una ráfaga de brisa que podría olerse, sentirse y hasta tocarse dondequiera. Consternado, decidí acercarme al local, quizás consiga a algún cristiano capaz de tomarse su tiempo en explicarme todo este desastre.
Cautelosamente caminé entre los militares y policías que provisto de armamentos militar custodiaban una manzana completa limitando los sectores allegados con trincheras y arsenales. Dispuestos a disparar cuando lo creyeran necesario, caminaban de un lado a otros exponiéndose a sí mismo como verdugos camuflados dentro de aquellos uniformes que les permitían en la selva pasar desapercibidos ante el enemigo, pero en esta selva de sementó causaba el efecto contrario y la personas, incluyéndome, nos sentíamos intimidados ante su presencia.
Un niño gritaba, galillo suelto, los encabezados de los periódicos que vendía; mejor dicho, trataba de vender: que ocurrencia intentar comercializar en un lugar poblado de mera desolación, sin embargo, el demostraba en cada grito, que además de sacrificar una parte de sus cuerdas vocales, mantenía un gran optimismo:
—¡Saqueos y barricadas en toda la ciudad! ¡El pueblo se alzan contra medidas dictadas por el gobierno! ¡Arde el país! ¡Ocho muertos y decenas de heridos graves!...
—¡Hey, niño!, ¿cuánto cuesta? —Lo detuve para preguntarle.
—¡Dos bolívares! —respondió.
—¡Esa cifra es absurda...! ¿¡Me estas mamando gallo!? —le dije arrugando instintivamente mi entrecejo— ¡Eso no alcanza ni para un chicle...! ¿¡Me ves cara de payaso!?
—¡Mas bien de bobo! ¡Oye, no me hagas perder el tiempo chamito! ¿¡Desde cuándo un niño se preocupa por los problemas de un país...!? Lo mejor es que te vayas a tu casa, ante que empiece el toque de queda.
—¿¡Toque de queda!? ¿¡Niño...!? ¿...Tus padres no te han enseñado a respetar a los mayores? —percibí el cambio en mi tono de voz. ¿¡Qué carajo estaba sucediendo!?
—¿¡Crees que si tuviera padres estaría intentando vender estos periódicos!?
Después de unos minutos de silencio, salí de mis lagunas mentales y quedé totalmente impresionado por lo último que escuché. ¿¡Niños abandonados!? ¿las personas son capaz de hacer tal barbarie? Me sentí sumamente avergonzado.
—¡Lo lamento mucho!
—¿Qué lamentas? —Un par de líneas de expresión se definieron en su frente, mientras inclinaba la cara hacia el lado derecho y me miraba como si mi comentario le fuera del todo absurdo.
—¿¡Lo de tus padres!?
—¡Ah...! ¡No te preocupes...! ¡No es cierto! —dejo escapar de su boca una estrambótica carcajada. ¡Es solo chanza; no me pares bolas!
—No me parece nada gracioso.
Adoptó la misma postura de hace unos minutos, solo que esta vez abrió la boca con la intención de decir algo:
—Figúrate que a mí sí. —Fue tan formal su respuesta, dominando de tal modo los gestos de su cara que, por un momento, creí que hablaba completamente enserio—. ¡Uf...! ¡Muchacho, tú si eres amargado! —dijo, decepcionado al no sacarme por lo menos una sonrisa, ante su actitud, según él, graciosa—. ¡Te acordaras de mí! Suelo ser más gracioso de lo que te imaginas, y cuando sea famoso lamentaras no haberte reído de mis bromas. ¡Nos vemos por el camino, niño! —Se arrejuntó los periódicos entre las axilas y sin mirarme siguió de largo gritando más fuerte, los titulares de los periódicos.
Cerré los ojos. Respiré profundamente. Deseché la actitud de aquel extraño niño, lo único que vino a mi mente fue esa palabra: ¡Niño!
Aceleré el paso hasta un automóvil destruido por las llamas, que uno de sus vidrios se salvó de la incineración total. Limpié con las manos la capa de ceniza que lo cubría y cuál fue mi sorpresa al confirmar, después de todo, que era cierto lo que me había dicho el periodiquero. Sorprendido retrocedí al ver mi reflejo. Tropecé, y no pude evitar caerme sobre una montaña de escombro. Efectivamente, lo que vi fue mi rostro de cuando tenía aproximadamente nueve años. ¿¡Podría ser realmente esto un sueño!?
Algunos negocios contaron con la suerte de no ser azotado por la desgracia, un ejemplo, aquella panadería, justo en la misma cuadra del otro local. Por desgracia, solo era cuestión de esperar algunos años para que declinara por completo: estoy seguro que en su lugar recuerdo un almacén de ropa que suele visitar Eva (mi mujer, no era capaz de negarle un vestido más a su vanidad), logrando agregar algo más a su armario el cual parecía tener vida propia con tanta mercadería femenina.
Ingresé en la panadería, evitando en lo posible que captaran mi presencia. Por lo que observé, por lo menos siete personas estaban postradas del lado de afuera del refrigerador donde se exponía y conservaba los dulces. Lo raro era ver aquellas personas, incluyendo al que parecía dueño del establecimiento, prestar toda su atención a la pequeña pantalla sostenida por un soporte tan antiguo como aquel televisor que también debía tener unos cien años de antigüedad (sin exagerar, era tan parecido al que teníamos en la viaja casa de mis padres, cuando apenas yo era un niño).
El panadero desvió su atención hacia la vitrina; al parecer no podía enfrentar ambas desagradables realidades con optimismo. Era consciente de que estaba a punto de perder una gran cantidad de dulces porque nadie estaba interesado en endulzarse por lo menos el gusto, debido a que el alma abatida por la tristeza, prefería mantener ese sabor amargo que causa los eventos desafortunados, demostrándose a sí mismo, una justificada resignación. De igual modo, su frustración paso desapercibida ante el grupo que solo prestaban atención a la información que ofrecía la presentadora de noticias.
La mujer de ojos claros, cabello castaño encrespado, cuyas ondas no le permitía caer más allá de sus hombros, tendría no más de veinte dos años de edad. A pesar de su piel morena, mostraba cierta palidez que contrastaba con su rostro fresco y tierno. Estaba lista para dar las noticias:
Un saludo a toda nuestra teleaudiencia a esta hora de la mañana. Mi nombre es Noa Rojas Avalos. Durante la siguiente media hora les estaré informando sobre la ola de disturbio que desde el día de ayer empezaron en Guarenas y se extendió hasta la capital, además de otras zonas del país, generando un caos masivo.
» La guardia y la policía nacional ha logrado controlar las manifestaciones en algunos estados del país. Sim embargo, el panorama es totalmente diferente en la ciudad capital que aun persevera los disturbios y saqueos.
“El gran viraje” o “Paquetazo”, como lo hacen llamar el grupo de políticos detractores del gobierno, es un conjunto de artículos que se dieron a conocer por el presidente hace unos días. A pesar que las recientes medidas no causaron ningún efecto inmediato, fue solo cuestión de tiempo para generar en la población venezolana, una especie de desasosiego que culminó generando un estallido social desde las horas de la mañana del día de ayer.
» Un aumento al pasaje del trasporte público, del costo de la gasolina, de una gran parte de los productos de la cesta básica, además, la privatización de empresas públicas, generó reacciones negativas entre los ciudadanos, sintiéndose en la obligación moral de bajar masivamente de los cerros de la capital, con la intención de defender sus derechos por medio de protestas en contra de cada una de las medidas arbitraria, según sus propias palabras, adoptó el gobierno. El tumulto de personas se volvió incontrolable y a pesar de los esfuerzos de los cuerpos policiales, esto no pudieron contra la turba que se ensañó contra todo tipo de establecimiento, saqueándolo en su totalidad.
» El presidente de la república, Carlos Andrés Pérez, se dirigirá a la nación en algunos minutos a través de una cadena de radio y televisión. Dará sus declaraciones con respecto a la situación crítica que se vive actualmente en una buena parte del país, ocasionando un clima de tensión en todo el territorio nacional.
» Ante la inestabilidad política y social que padecemos, los medios de comunicación internacionales, en sus diferentes formatos informativos le han dado la importancia que amerita la situación. En todo el mundo, Venezuela se ha convertido en tema de interés para los demás países, cuyos mandatarios muestran, por medio de comunicados, su profunda preocupación por el destino del país.
» Actualmente se está hablando de cifras de muertos y heridos, además, de un sinfín de irregularidades por parte de los organismos públicos encargados de velar por la seguridad de su población. Con respecto a esta situación, Víctor Hugo Sánchez, desde el lugar de los hechos, nos tiene más información...
—¡Las cosas no se resuelven con vandalismo! —con lágrimas en los ojos que dejó escapar sin sentir vergüenza por aquel dicho o refrán que argumenta que los hombres no debían llorar, vociferó el señor que estaba en la esquina de una de las vitrinas. Perdió el interés por seguir viendo el informativo.
—¿Podría prestarme el periódico por favor? —Miré al mismo señor con aquellos ojos de gato tierno. Yo también acababa de ver la misma información en aquel aparato sacado de otra época, pero en sí, no fue el contenido de aquella noticia que me causó una total inquietud. Lo que me obligó a adoptar una postura infantil ante aquel hombre, fue ver que tenía un periódico entre las manos.
Debía mostrarme lo más educado y tierno posible para que me lo prestara, esperando que no me hiciera ninguna pregunta. A esa corta edad que mostraba, seguramente funcionaría. Estaba en lo cierto... ¡Funcionó! Pensé, al ver que dirigía el periódico hacia mí. El anciano desorganizó suavemente mi peinado, de tal manera que tendría que peinarlo un par de veces con mis manos para lograr verme decente nuevamente, pero mi mayor preocupación era abrir ese periódico y poder disipar una parte de mis dudas.
—Diario “El Nacional” —leí, en letras grandes...—¡Caracas, 28 de febrero de 1989! —volví a leer en letras más pequeña negrita, en la parte superior del lado derecho de la primera página del mencionado periódico.
¿¡Que carajo estaba pasando conmigo!? Es tan real este sueño que estoy dudando que lo sea. No recuerdo haber tenido una experiencia tan cercana a este suceso histórico del país cuando tenía la edad que represento en este momento. Es más... lo poco que sé sobre este estallido social se lo debo a mi padre. Y por razones meramente educativas conozco parte de los disturbios. Ahora lo estoy viviendo, sintiendo en carne propia parte de esta crisis. No pude evitar sentirme descompensado.
—¡Este niño se está muriendo! Esta más blanco que mis dientes. —Los demás permanecían de espalda. ¡Carajo! ¡Párenme bolas! —Todos voltearon al unísono y por la extraña actitud que adopté me quedaron mirando fijamente.
—¿Por qué sudas niño? —Era la voz más sutil que había escuchado en mi vida o quizás había llegado el momento de desprenderme de esta realidad, en consecuencia, todo lo percibía de una manera distinta, muy parecida a la vez que desperté por el sonido que generó el secador de cabello de Eva. Todo lo que estaba viviendo se desvaneció de igual forma.
Sentí sobre mis mejillas unas manos cálidas que me acariciaban dulcemente. Por un momento imaginé que era Eva, pero eran muy pequeña para asegurar que eran las suyas. Supuse, entonces, que eran las de mi pequeña hija así que me vi en la necesidad de abrir mis ojos. Por fin todo vuelve a ser como siempre, pensé. Aún tenía la vista borrosa, pero poco a poco lograba visualizar claramente el rostro de Evelyn, mi hija de siete años. Estaba mirándome con la misma ternura que su madre solía hacerlo hasta hace unos pocos días.
—¡Papá, mis clases de Ballet! —Estaba molesta, pero a pesar de su estado emocional, no dejaba de acariciar mi rostro.
—¡A tu mamá le toca hoy mi reina! —respondí sin haberme recuperado del todo de la pereza que aún invadía una gran parte de mi cuerpo.
—¡Ella no está! Al parecer se le olvidó. —Abigail, no pudo o no quiso evitar demostrarme su frustración.
Esta actitud confirmaba mis sospechas: algo malo le estaba pasando a esa mujer. Definitivamente no eran ideas mías. Puedo aceptar su actitud conmigo… ¿Pero con la niña...? ¡Obviamente que no! Sobre cualquier argumento, era inaceptable que nuestra hija tuviera que padecer, en parte, su drástico cambio.
No me tomé el tiempo para entender el contenido de aquel sueño, mi prioridad era mi hija y Eva. Por ninguna razón pasaría por alto su descuido; Abigail no podía ser parte de sus frustraciones.
Dispuesto a enfrentarla, salí de la cama con la intención de conseguirla donde fuera que estuviera; lógicamente debería estar en el trabajo. Llamé por teléfono, marqué el numero de la extensión telefónica que me comunicaba directamente a su oficina, respondió su asistente, la cual me dijo que aún no había llegado. Miré el reloj fijado en una de las paredes de la sala, marcaba las ocho de la mañana en punto. Si no había llevado la niña a la escuela de dance, hace rato debió estar en la oficina, pensé. No quise alargar la conversación así que preferí colgar sin despedirme: está actitud, de mi parte estaba lejos de los buenos modales que me enseñaron en mi casa, pero estaba furioso.
Ayudé como pude a Abigail a terminar de alistarse para poder llevarla a la academia; estaba inmerso en mis pensamientos, sin embargo, no duramos más de quince minutos en todo este proceso.
Mi hija y yo llegamos al látigo sin decir una sola palabra. Una actitud sospechosa en ambos que no perdíamos oportunidad de hablar de cualquier cosa hasta llegar a la academia. Coloqué el bolso en el asiento delantero del auto: un Mazda blanco último modelo que tenía pocos días de uso. Le abrí la puerta de atrás. La manera de subirse al auto me advirtió que aguardaba en su corazón una gran tristeza. Se sentó y mientras se colocaba el cinturón de seguridad, me quedo mirando fijamente.
—¿Qué tiene mamá…? ¿Está enferma? —Abigail, preguntó.
—Nada, reina ¿Por qué la pregunta?
—Extrañé su beso de buenas noches, papá; nunca lo había olvidado.
—¡Ah! ¿Y el mío no lo extrañaste?
—¡A ti siempre se te olvida papá! —sonreí y cerré la puerta.
Durante el recorrido, me vino a la mente el rostro del anciano que me prestó el periódico en aquel último sueño… ¿Abra muerto?...
—¡No papá!
—¿¡Perdón!? —respondí alarmado creyendo que podía escuchar mis pensamientos.
—No vas por la dirección correcta, te desviaste en la anterior vía.
Solo me retrasé un par de minutos a causa de mi descuido. Ante de despedirme de Abigail, la tomé de ambas mejillas y le di un beso en la frente. La dejé acompañada de sus compañeros de clases y de la profesora de ballet, que se acercaba al grupo. Le prometí que en dos horas estaría de vuelta buscándola.
De regreso al auto me contuve de manejar por unos minutos. Con ambas manos sobre el volante y mirando de frente la calle, estaba dudando de ir a buscarla. Nunca me había costado tanto tomar la decisión de volver a casa o por el contrario cruzar hacia la izquierda en la siguiente cuadra y seguir dirección al este, donde se encontraba ubicado la cede principal del periódico. Era tan tentadora la segunda propuesta que dejé de dudar y me dejé llevar por mi intuición.





