Subasta de Dignidad y Amor

Me obligaron a ponerme de pie en el centro del escenario. Las luces del granero eran crudas y calientes, exponiendo cada temblor de mi cuerpo. Los hombres en la audiencia me miraban como un trozo de carne, sus ojos recorriendo mi figura, evaluando, calculando. Murmuraban entre ellos, sus voces eran un zumbido bajo y amenazante. Me sentía como un animal en una jaula, rodeada de depredadores.

Mateo se paró a mi lado, tomando el papel de subastador.

"Como pueden ver, caballeros, una pieza de calidad. Pero su belleza exterior no es nada comparada con su espíritu. Un espíritu que necesita ser domado."

Su mano se posó en mi hombro, apretando con fuerza. Era un gesto de posesión, una declaración de que yo le pertenecía, de que podía hacer conmigo lo que quisiera.

"Algunos podrían pensar que esto es cruel", continuó, su voz adoptando un tono falsamente razonable. "Pero mi esposa necesita una lección. Esta noche, en la gala, humilló a mi querida Sofía. Intentó avergonzarme a mí. Ella olvidó su lugar. Así que estoy aquí para recordárselo. Esto no es venganza, es... educación."

La hipocresía de sus palabras me revolvió el estómago. ¿Hablaba de humillación? ¿Él, que había desviado nuestro dinero para su amante? ¿Él, que ahora me exhibía como ganado? La rabia hervía dentro de mí, pero estaba mezclada con una impotencia tan profunda que me ahogaba.

Me empujaron hacia una silla que habían colocado en el centro del escenario. Me senté, tiesa, sintiendo el roce áspero de la madera contra la seda de mi vestido. Estaba en una posición de espectadora forzada de mi propia destrucción. Mateo y Sofía se sentaron en la primera fila, como si estuvieran en el teatro, listos para disfrutar de la función.

Traté de pensar, de encontrar una salida. Pero mi mente estaba en blanco. Recordé lo que Mateo había dicho: "No tienes nada". Era verdad. Había destrozado mi teléfono. Mi bolso estaba vacío en el suelo. Estaba en medio de la nada, rodeada de sus secuaces. No tenía ninguna forma de pedir ayuda. Me había despojado de toda mi armadura, de todas mis defensas.

Un recuerdo fugaz cruzó mi mente. Yo, hace años, trabajando hasta altas horas de la noche en mis primeros diseños, mientras Mateo me prometía que juntos conquistaríamos el mundo. Yo, renunciando a una oportunidad de estudiar en París porque él me había dicho que me necesitaba a su lado para construir su empresa. Yo, invirtiendo la herencia de mis padres en su constructora, creyendo en su visión, creyendo en nosotros. Cada sacrificio, cada acto de fe, ahora se sentía como una estupidez, una broma cruel. Todo lo que había construido, se lo había entregado a él en bandeja de plata.

Un hombre gordo y sudoroso en la segunda fila gritó:

"¡Doy cien mil pesos por el derecho a cortarle ese vestido con mis propias manos!"

Otro, más joven y con ojos de serpiente, añadió:

"¡Doscientos mil por una hora a solas con ella! ¡Le enseñaré a respetar a su marido!"

Las ofertas se volvieron más y más viles, cada una era un nuevo golpe a mi dignidad. Eran palabras violentas, promesas de abuso que resonaban en el aire viciado del granero. Sentí náuseas. El terror era un nudo helado en mi estómago. Miré a Mateo, esperando ver un atisbo de duda, de remordimiento. No había nada. Solo una satisfacción fría y cruel.

Cerré los ojos, intentando encontrar un resquicio de calma en la tormenta. Necesitaba pensar. Si me dejaba llevar por el pánico, estaría perdida. Respiré hondo, tratando de ignorar los comentarios obscenos y las risas ásperas. Tenía que haber algo, una pequeña oportunidad, una fisura en su plan perfecto.

Mi mente trabajaba a toda velocidad, repasando cada detalle de mi vida, de mis finanzas, de mis secretos. Secretos que ni siquiera Mateo conocía.

Mateo pareció notar el cambio en la atmósfera, la excitación de la multitud volviéndose demasiado salvaje incluso para él. Se levantó y aplaudió con fuerza, pidiendo silencio.

"¡Calma, caballeros, calma! Todo a su debido tiempo. Habrá oportunidades para todos. Pero primero, sigamos las formalidades."

Su voz, aunque autoritaria, tenía un ligero temblor. Por un instante, pareció que la situación que él mismo había creado amenazaba con descontrolarse. Pero rápidamente recuperó la compostura, su máscara de poder volviendo a su lugar. El breve momento de caos se calmó, pero la tensión en el aire era aún más densa que antes. La bestia había sido contenida, pero solo por un momento. Y yo era el cebo.

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