En el momento en que crucé la puerta de mi casa, todavía con la bata del hospital, encontré a mis padres esperando, sus rostros una mezcla de alivio y preocupación.
—Mamá, papá —dije, mi voz sorprendentemente firme—. Quiero romper el compromiso con Damián.
Me miraron como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿De qué estás hablando, Elena? —preguntó mi madre, su voz aguda por la incredulidad—. Ustedes dos son prácticamente inseparables. Siempre hemos asumido…
Tenían toda la razón para asumir. Mi infancia había sido una constelación con Damián en el centro. Cada secreto compartido, cada mirada robada, cada sueño susurrado. Yo era la chica que catalogaba meticulosamente sus estadísticas de fútbol americano, que conocía su pedido de café favorito, que guardaba una pequeña y gastada foto nuestra del kínder dentro de su diario. Yo era la chica que atesoraba la taza de cerámica desportillada que me hizo en la clase de arte cuando teníamos diez años, aunque estuviera horriblemente torcida. Estaba total, desesperada e irreversiblemente enamorada de Damián Garza.
Y ahora, lo estaba dejando ir todo.
Esa noche, fui a mi habitación, saqué la taza de cerámica y, con manos temblorosas, la dejé caer en el bote de la basura. Se hizo añicos con un sonido pequeño y desolado. Las lágrimas corrían por mi cara, pero ahora eran diferentes. No lágrimas de dolor por su traición, sino lágrimas de luto por la chica que solía ser, la chica que creía en los cuentos de hadas.
—Ya me cansé de intentar encajar en algo que nunca fue para mí —susurré, las palabras un elogio silencioso.
A la mañana siguiente, el aire en el salón de exámenes estaba cargado de tensión. Esta era la ronda final para la beca de admisión anticipada del Tec de Monterrey. Mientras me acomodaba en mi asiento, mis ojos recorrieron la sala. Y entonces la vi. Gigi Cantú, luciendo impecablemente prístina, ya hojeando su cuadernillo de examen. Mi corazón dio un vuelco doloroso.
A mitad de la prueba, lo noté. Gigi, con los ojos moviéndose nerviosamente, sacaba un pequeño acordeón de su manga. Levantó la vista, sus ojos se encontraron con los míos por una fracción de segundo, abiertos de pánico. Le sostuve la mirada, una fría certeza instalándose en mis entrañas. Rápidamente lo guardó, con la cara sonrojada.
Cuando sonó la campana, señalando el final, Gigi me estaba esperando fuera del salón. Su habitual arrogancia había desaparecido. Apretó sus papeles de examen contra su pecho.
—Elena, por favor —suplicó, su voz apenas un susurro—. No dirás nada, ¿verdad? Mis padres… me matarán si no consigo esta beca. —Lágrimas brotaron de sus ojos, pero no vi ningún remordimiento genuino allí. Solo miedo.
Solo la miré, mi rostro desprovisto de emoción. Pasé junto a ella sin decir una palabra. Se mordió el labio, luego soltó un sollozo teatral, atrayendo la atención de varios estudiantes que todavía andaban por ahí.
—¡Lo siento mucho, Elena! —gritó, su voz elevándose—. ¡No quise acosarte! ¡Por favor, no le digas a nadie que intenté hacer trampa!
La sangre se me heló. ¿Acosarme? Todos los ojos se volvieron hacia mí, acusadores e incrédulos. Estallaron susurros, agudos y crueles. "Mírala, la cerda gorda. Siempre causando problemas". "Escuché que está obsesionada con Damián. Probablemente celosa de que Gigi finalmente esté con él". "Siempre ha sido una rara".
Mi cara se puso carmesí.
—¡Eso no fue lo que pasó! —tartamudeé, pero mis palabras fueron tragadas por la creciente marea de su desprecio. La habitación pareció encogerse, cerrándose sobre mí. Sentí su juicio, su asco. El conocido escozor de ser la extraña, el objetivo.
Justo en ese momento, la multitud se abrió. Damián entró, sus ojos recorriendo la escena. Se veía guapísimo sin esfuerzo, incluso ahora. Fue directamente hacia Gigi, que ahora sollozaba abiertamente, enterrando la cara entre las manos. Él le puso suavemente su chamarra del equipo sobre los hombros temblorosos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Damián, su voz tranquila, pero con un filo de autoridad subyacente.
Gigi lo miró, con los ojos grandes e inocentes, llenos de lágrimas.
—Elena… me vio… iba a decirles a todos que hice trampa… y luego empezó a decir todas estas cosas horribles de mí…
Damián se volvió hacia mí, sus ojos fríos, distantes.
—Elena, ¿es esto cierto? —preguntó, sin rastro de la vieja familiaridad en su voz—. ¿De verdad andas por ahí acosando a Gigi?
La pregunta, la flagrante incredulidad en su tono, fue una herida nueva.
—¡No, Damián! —grité, mi voz quebrándose—. ¡Está mintiendo! ¡Hizo trampa, la vi! ¡Y luego empezó a llorar y a acusarme!
Los labios de Damián se afinaron.
—Elena, conoces a Gigi. Es delicada. Y tú… solo estás molesta por lo de anoche, ¿no? No es justo desquitarte con ella. —Hizo una pausa, luego asestó el golpe final—. Y para que conste, Elena, no hay nada entre nosotros. Nunca lo ha habido. No estamos juntos.
Un jadeo recorrió a la multitud. Más susurros, ahora más fuertes. "¿Ven? Lo sabía. Está loca". "Pobre Gigi. Elena es una demente".
Mi explicación, las palabras que había ensayado en mi cabeza, murieron en mi lengua. No me creería. Ya había elegido. Sus ojos, generalmente tan cálidos y familiares, ahora estaban llenos de un asco escalofriante mientras se posaban en mí.
—Solo discúlpate, Elena —ordenó, su voz plana—. Discúlpate con Gigi, y dejemos esto atrás.
Apreté los puños, mis uñas clavándose en mis palmas. No lloraría. No aquí. No por ellos.
—¿Disculparme? —pregunté, mi voz temblorosa pero firme—. No hice nada malo. Pueden revisar las cámaras de seguridad. Mostrarán todo.
Los sollozos de Gigi se intensificaron al mencionar las cámaras.
—¡No, por favor! ¡No hagas eso! —gimió, aferrándose al brazo de Damián.
Damián miró del rostro lloroso de Gigi a mi postura desafiante.
—No hay necesidad de eso —dijo, su voz fría—. Gigi está claramente angustiada. Y francamente, Elena, estás haciendo una escena. Te lo dije, no hay nada entre nosotros. Nunca podría… nunca podría estar con alguien como tú. —Hizo una pausa, su mirada recorriendo mi cuerpo aún en recuperación—. Solo… sé mejor persona, Elena. Por tu propio bien.
Luego se dio la vuelta, acercando a Gigi, y la guio a través de la multitud. Mis lágrimas, que tanto había luchado por contener, finalmente se liberaron. Corrieron por mi cara, calientes y humillantes.





