Su Confesión, Mi Mundo Destrozado

Deslicé mi dedo por la pantalla, esperando más de las palabras familiares y reconfortantes. Pero entonces, apareció una nueva sección, un bloque de texto crudo y sin leer en la parte inferior. Mi sonrisa vaciló. La fecha era reciente. Muy reciente. Esto no era una entrada antigua. Esto era… actual.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Mis dedos, ahora entumecidos, se desplazaron más rápido.

Era la voz de Leo, pero no su tono confiado habitual. Era cruda, vulnerable, lidiando con algo nuevo. Describía a Carla. Su risa. La forma en que se movía en el escenario. La forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de baile. Se estaba enamorando, perdidamente, y estaba aterrorizado.

Las entradas continuaban, un descenso cronológico hacia la traición. Su confusión convirtiéndose en certeza. Su culpa transformándose en un anhelo desesperado por ella. Y las respuestas de Carla, ocultas en la sección de comentarios, igualmente conflictivas, igualmente apasionadas.

Recordé las salidas repentinas que habían comenzado a tener, los "ensayos de baile" que duraban hasta altas horas de la noche, la forma en que sus miradas se encontraban a través de una habitación, manteniendo un lenguaje secreto que no había entendido. Recordé las veces que me había sentido como una ocurrencia tardía, una sombra en su órbita vibrante. Lo había descartado, culpando a mis propias inseguridades, pero la evidencia ahora era flagrante, gritándome desde la pantalla.

Había sido tan ingenua, tan ciega. La chica callada de las casas hogar, siempre esperando lo peor, y sin embargo, de alguna manera, perdiéndose las señales más obvias de que su mundo se derrumbaba a su alrededor.

La última entrada estaba fechada ayer. Leo escribió: "Ya no puedo fingir más. Se lo voy a decir a Elisa mañana, en su cumpleaños. Es cruel, pero es más cruel seguir mintiendo. Carla merece saber que la elijo a ella. Elisa merece la verdad".

La pantalla parpadeó. Mi celular vibró, violentamente sobre el escritorio. Leo. Su nombre destelló, un blanco crudo contra la pantalla oscura.

Me acurruqué, un escalofrío recorriendo mi cuerpo. Un sudor frío perlaba mi piel. La verdad, cruda y fea, estaba al descubierto. Lo había sabido, ¿no? En el fondo, en ese lugar tranquilo e inseguro, siempre había sabido que esto iba a pasar. Por eso había contactado a mi mentor, por eso siempre había mantenido una pequeña parte de mí misma en guardia, lista para retirarse.

El teléfono sonó de nuevo, insistente. Estaba llamando para decírmelo. Para romperme el corazón, con calma, deliberadamente, en mi cumpleaños. No podía enfrentarlo. No podía soportar escuchar esas palabras de sus labios, ver la lástima en sus ojos.

Mi mano voló hacia la laptop, presionando 'enviar' en el contrato de la UNAM. Estaba hecho. Irrevocable.

*Por favor*, recé, una súplica silenciosa a un dios sin nombre, *que no me encuentre. Déjame ir en silencio. Déjalos ser felices*.

El teléfono continuó su protesta estridente, un sonido molesto y chirriante. Lo agarré, sin contestar, y lo arrojé sobre la cama. Luego, hundí mi cara en las almohadas, ahogando el mundo, ahogando el dolor. El timbre se desvaneció lentamente, reemplazado por el rugido ensordecedor de mi propio corazón destrozado.

La verdad dolía más que cualquier mentira. Quemaba, abrasando mi alma. Esto era todo. El fin de mi familia encontrada, el fin de mi historia de amor. Las lágrimas llegaron, calientes y furiosas, empapando mi almohada, un adiós silencioso a una vida que ahora estaba perdida para mí.

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