"Soy yo", respondió Tyrone.
"¿Bebiste?", preguntó Sabrina.
"Bebí un poco con un amigo".
El sonido amortiguado del agua cayendo en el baño llenó la habitación. Sabrina hizo una mueca, pues su descanso había sido perturbado.
Poco después, el colchón se hundió cuando él se deslizó en la cama.
Una mano se posó en su cintura, dejando una sensación punzante en su piel.
"Uhm... Esta noche no...". Con los ojos cerrados, ella apartó su mano con somnolencia.
En el fondo, temía hacerle daño a su hijo nonato.
Él se quedó congelado un instante, antes de poner la mano en su espalda. "Duerme".
La somnolencia se apoderó de Sabrina y la llevó con ternura a un sueño tranquilo.
Cuando llegó la mañana y abrió los ojos, descubrió un espacio vacío a su lado en la cama. Solo quedaban las sábanas ligeramente arrugadas como prueba de que él había regresado a casa la noche anterior.
Una pizca de fastidio se coló en su interior. ¿Por qué se había dejado vencer por el sueño tan pronto?
Pero no importaba. Aún podía compartir la noticia con él más tarde.
Una vez terminada su rutina de higiene matutina, Sabrina se dirigió al armario y seleccionó un traje blanco para Tyrone. Teniendo en cuenta la alegre noticia de su embarazo, optó por una corbata de rayas rojas, que colocó sobre la cama.
Tyrone ya había vuelto de su carrera matutina y estaba tumbado en el sofá, vestido con su pijama. Al verla bajar las escaleras, dejó los papeles que tenía en la mano y comentó: "Es hora de desayunar".
Después del desayuno, Sabrina se armó de valor, con la voz llena de esperanza y felicidad. "Tyrone, tengo que darte una noticia".
Seguro que el anuncio de un bebé traería alegría, ¿verdad?
"Yo también tengo algo que compartirte", confesó él.
"De acuerdo, tú primero". La cálida y dulce sonrisa de la mujer llevaba un sutil toque de timidez.
"Sabrina, divorciémonos". Levantándose, Tyrone tomó el documento del sofá y se lo tendió. "Este es nuestro acuerdo de divorcio. Tómate tu tiempo para leerlo. Si tienes alguna duda o requisito, házmelo saber".
A Sabrina se le aceleró el corazón mientras lo miraba con expresión atónita.
Por un momento, su mente se quedó en blanco, dudando de sus propios oídos.
El tiempo pareció alargarse antes de que consiguiera balbucear: "¿Divorciarnos?".
¿Él le estaba sugiriendo el divorcio?
¿Qué lo impulsaba a considerarlo de forma tan abrupta?
La situación la tomó completamente por sorpresa.
"Los dos fuimos engañados esa noche. Nos obligaron a casarnos y no hicimos público el matrimonio. Como no hay amor entre nosotros, será mejor que lo dejemos", explicó Tyrone con indiferencia, como si estuviera hablando de tareas mundanas.
Sabrina palideció.
Sintió que se le encogía el corazón, lo que le dificultaba la respiración.
No podía ser.
Llevaba nueve años amándolo.
Se unió a la familia Blakely y se enamoró de él a los dieciséis años.
Llevaban tres años casados. Su amor por él solo se había hecho más fuerte.
Ella quería este matrimonio; no se lo impusieron.
Sin embargo, para él, la unión distaba mucho de ser perfecta.
Luchando por tragarse el nudo que tenía en la garganta, estabilizó la respiración. Mirándolo a los ojos, intentó mantener firme su voz. "¿No han sido buenos los últimos tres años? ¿Estás seguro de que quieres divorciarte de mí?". Le dolía el corazón al pronunciar esas palabras.
"Ya tomé mi decisión".
"Pero tus abuelos...".
"Yo me encargaré de ellos".
"¿Y si yo estoy...?". Quería decirle que estaba embarazada.
Impaciente, él la interrumpió: "Galilea volvió".
Las palabras fueron como una brutal puñalada en el corazón de Sabrina.
Aceptó el acuerdo de divorcio aturdida y dijo: "De acuerdo. Lo leeré".
¿Obligados a casarse? ¿Sin amor? Esas eran solo excusas.
Su frase final reveló la verdadera razón de su decisión.
Galilea Clifford había vuelto.





