Somos Desconocidos de Sangre Relacionada

El sol de La Mancha caía a plomo sobre los viñedos, prometiendo una cosecha excepcional para la bodega "Sol de la Mancha". Para mí, Sofía, cada racimo de uva era un recuerdo de la vida que me robaron. Secuestrada de niña en este mismo lugar, logré escapar y volver, solo para encontrar que mi lugar había sido ocupado.

Mis padres, Javier e Isabel, adoptaron a Valeria para llenar mi vacío. Ahora, ella era la princesa de la bodega y yo, la hija biológica, no era más que una empleada.

Hoy, la tensión era palpable. Un nuevo lote de uvas de un proveedor externo había llegado. Mi padre, Javier, el enólogo jefe, lo inspeccionó con el ceño fruncido.

"Este lote está contaminado," anunció con su voz autoritaria. "Un pesticida ilegal. Altamente tóxico, se absorbe por la piel. Necesitamos trajes de protección completos. Todos."

Vi cómo mi hermano mayor, Mateo, el gerente de la bodega, asentía con gravedad.

"Valeria, tú quédate en la oficina. No te acerques a la zona de prensado," le dijo, con un tono protector que nunca usaba conmigo.

Valeria, que debía supervisar precisamente esa tarea, sonrió con alivio. "Claro, hermanito. Ten mucho cuidado."

Nadie me dijo nada a mí.

Poco después, mi madre, Isabel, se acercó con una cámara en la mano, su rostro perfectamente maquillado sin una pizca de preocupación.

"Sofía, cariño, tenemos una sesión de fotos para la revista 'Vinos de Prestigio'. Necesitamos que hagas el pisado tradicional de las uvas. Descalza, por supuesto. Será una imagen maravillosa para la bodega."

La miré, incrédula. "¿Descalza? Pero padre acaba de decir..."

"No discutas," me cortó Mateo, ya enfundado en un traje protector blanco que parecía de astronauta. "Es por el bien de la bodega. Y tú siempre has sido fuerte, ¿no? Un poco de uva no te hará daño."

El día anterior, mientras reparaba una barrica, una astilla me había hecho un pequeño corte en la planta del pie. Una herida insignificante, hasta ahora.

Me obligaron a entrar en el lagar. El olor químico, agudo y penetrante, se mezclaba con el dulce aroma de las uvas. Era un olor a peligro.

Mis pies se hundieron en la pulpa fría. Cada paso era una tortura. Sentía el líquido filtrándose en mi piel, buscando el pequeño corte en mi pie.

"¡Sonríe, Sofía! ¡Piensa en la reputación de la familia!", gritaba mi madre desde el borde, ajustando el objetivo de su cámara.

Mi padre y mi hermano observaban desde lejos, sus rostros ocultos tras las máscaras de sus trajes, como si vieran una película. Valeria estaba a su lado, bebiendo una copa de agua con limón, completamente a salvo.

Fue entonces cuando una de las jornaleras, una mujer mayor llamada Carmen, que estaba trabajando a una distancia segura, se dio cuenta.

"¡Dios mío! ¡Sofía! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Esas uvas están envenenadas!"

Su grito desgarrado rompió la farsa.

El flash de la cámara de mi madre se disparó una última vez, capturando el instante en que la comprensión y el horror se apoderaron de mi rostro.

En ese momento, todo el amor que sentía por ellos, toda la esperanza de recuperar mi lugar, se convirtió en cenizas.

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