Sofía: El Costo de la Libertad

El calor de la noche se pegaba a mi piel, mezclado con el sudor y el perfume barato de Ricardo, mi prometido. Acabábamos de compartir un momento de pasión, o al menos eso se suponía que era. Para él, parecía más una conquista; para mí, el inicio de una pesadilla.

Un dolor agudo, como una navaja afilada, me atravesó el vientre bajo. Me quedé sin aire, doblando mi cuerpo sobre la cama.

"Ricardo," apenas pude susurrar, con la voz ahogada por el dolor.

Él se estaba vistiendo, dándome la espalda. Se giró con fastidio, con el ceño fruncido.

"¿Ahora qué, Sofía? No empieces con tus dramas, estoy cansado."

"Me duele... mucho," insistí, tratando de incorporarme. Cada movimiento era una nueva ola de agonía. El dolor era tan intenso que sentía náuseas.

Se acercó a la cama y me miró desde arriba, sin una pizca de preocupación en sus ojos.

"Siempre te duele algo. Tómate una pastilla y ya. Mañana tengo una junta importante."

Mientras yo me retorcía en la cama, él agarró su celular. Escuché el sonido de sus dedos tecleando rápidamente sobre la pantalla. Pensé que quizás estaba buscando qué podría ser, o llamando a un médico. Qué ingenua.

Una notificación apareció en mi propio celular, que estaba en la mesita de noche. Con un esfuerzo tremendo, estiré el brazo y lo tomé. Era una publicación de uno de los grupos de amigos de Ricardo. Mi corazón se detuvo.

La publicación era de él. Decía: "La noche con la prometida salió bien, pero ahora la gallina se puso a cacarear que le duele algo. Típico. De todos modos, con la lana que le di para el arras, no se atreverá a dejarme. Ya está amarrada."

Leí el texto una, dos, tres veces. No podía creerlo. "Gallina". "Lana". "Amarrada". Cada palabra era un golpe, más doloroso que la punzada en mi vientre. La humillación me quemaba la cara. El hombre con el que iba a casarme, el hombre que acababa de estar dentro de mí, me veía como una transacción, como un animal que se podía comprar y controlar.

Levanté la vista. Él seguía tecleando, seguramente respondiendo a los comentarios de sus amigos idiotas que se estarían riendo de mí.

"¿Qué escribiste?" mi voz sonó extraña, vacía.

Él levantó la vista de su teléfono, con una sonrisa de suficiencia.

"Nada importante, cosas de hombres. ¿Ya se te pasó el dolorcito?"

Le mostré la pantalla de mi celular. Su sonrisa se borró al instante.

"¿Qué es esto, Ricardo?"

Se encogió de hombros, intentando parecer despreocupado, pero vi el pánico en sus ojos.

"Ay, mi amor, es una broma. Sabes cómo somos los hombres. No te lo tomes tan en serio."

"¿Una broma?" repetí, sintiendo cómo la ira desplazaba al dolor. "Me estás llamando gallina frente a todos tus amigos. Estás alardeando de que me compraste con dinero."

"Bueno, técnicamente...", empezó a decir, pero se calló al ver mi expresión. "Mira, Sofía, no es para tanto. Es solo para presumir un poco. Además, ¿qué vas a hacer? ¿Romper el compromiso? ¿Y el dinero del arras? Sé que tu familia no puede devolverlo tan fácil."

Esa fue la gota que derramó el vaso. La imagen de él, momentos antes, quejándose del precio de la habitación del hotel que habíamos tomado para nuestra "noche especial", volvió a mi mente. "Podríamos haber ido a uno más barato, Sofía, no hay necesidad de gastar tanto", había dicho. Y luego, mientras yo empezaba a sentir el dolor, su primera reacción fue ver su reloj. "Espero que no sea nada, porque el Uber a estas horas sale carísimo."

Su egoísmo, su tacañería, su crueldad... todo se unió en un torbellino de furia dentro de mí. El dolor físico era insoportable, pero el dolor de su traición era aún peor.

Con un grito que no sabía que tenía, me levanté de la cama. El mundo giró a mi alrededor, pero no me importó. Agarré mi bolso, saqué mi celular y abrí la aplicación del banco. Mis manos temblaban, pero mi mente estaba clara.

"¿Qué haces? ¡Estás loca, acuéstate!" gritó él, tratando de acercarse.

"¡No me toques!" le espeté.

Le transferí cada centavo del dinero que me había dado para el arras. Cincuenta mil pesos. Le mostré la pantalla de confirmación.

"Ahí está tu maldita lana," siseé, con veneno en cada palabra. "Puedes meterte tu dinero y tu compromiso por donde te quepa. Se acabó, Ricardo. Se acabó todo."

Me doblé de nuevo por el dolor, esta vez cayendo de rodillas al suelo. Él se quedó paralizado, mirando su teléfono, seguramente viendo la notificación del depósito. Su cara no mostraba preocupación por mí, sino shock por mi acción.

Saqué mi propio teléfono y marqué el 911.

"Necesito una ambulancia," dije con la voz entrecortada. "Estoy en el Hotel Grand Majestic, habitación 712. Creo que tengo una hemorragia interna."

Colgué. Ricardo seguía ahí, parado como un idiota.

"Sofía... no puedes estar hablando en serio," balbuceó.

Lo miré desde el suelo, con todo el desprecio del que fui capaz.

"Lárgate de mi vista. No quiero volver a verte en mi vida."

Me desmayé.

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