Elena Torres había pasado siete años construyendo una vida con Ricardo Guzmán, a quien todos llamaban Rico. Siete años de risas, de cenas, de planes susurrados en la oscuridad, y siete años en los que ella, una de las planificadoras de bodas más solicitadas de Ciudad de México, soñaba con organizar la suya. Pero cada vez que Elena mencionaba el matrimonio, Rico tenía una excusa.
"Todavía es muy pronto, mi amor."
"Estoy hasta el cuello de trabajo, Nena, no es el momento."
Las excusas cambiaban, pero el resultado era siempre el mismo, un aplazamiento que dejaba un sabor amargo en la boca de Elena, una sensación de que su tiempo, su amor, no eran valorados de la misma manera.
Ese día, Elena supervisaba un evento de prueba de boda en un jardín espectacular en el corazón de la ciudad. Todo estaba perfecto, las flores, la mantelería, la música suave que flotaba en el aire. Era su elemento, un mundo que ella creaba para la felicidad de otros. Estaba revisando los arreglos florales cuando vio a la pareja del evento llegar.
El hombre era Rico.
Su Rico, el hombre que le decía que era "demasiado pronto", estaba allí, del brazo de otra mujer, preparándose para una prueba de boda.
El aire se le escapó de los pulmones. Por un momento, el mundo se detuvo, el ruido del evento se desvaneció en un zumbido sordo. La mujer a su lado era Sofía Reyes, la exnovia de la universidad de Rico, una cara que Elena solo había visto en fotos viejas. Sofía se reía de algo que Rico le decía, una risa despreocupada que le revolvió el estómago a Elena.
Elena se quedó quieta, sosteniendo una rosa blanca, sintiendo cómo sus dedos se apretaban alrededor del tallo.
Rico la vio. Su sonrisa se congeló y una expresión de pánico cruzó su rostro. Se apresuró hacia ella, dejando a Sofía atrás.
"Nena, mi amor, ¿qué haces aquí?", preguntó, su voz un poco demasiado alta.
Elena lo miró, incapaz de formular una palabra.
"No es lo que parece", dijo él rápidamente, tomando sus manos. "El prometido de Sofía está en el extranjero, atrapado por un asunto de trabajo. Ella estaba muy nerviosa por la prueba y me pidió que la ayudara, solo como un amigo. Ya sabes, para que no estuviera sola."
La explicación sonaba hueca, ensayada. Elena sintió una punzada de celos, una quemazón fría que se extendió por su pecho, pero la apartó. No quería creer lo peor, no después de siete años. Asintió lentamente, tratando de forzar una sonrisa que no llegó.
"Está bien, Rico. Es mi trabajo, después de todo."
Más tarde, mientras discutían los detalles del menú, Rico se acercó a ella de nuevo, esta vez con una petición que la dejó helada.
"Nena, sé que esto es mucho pedir", comenzó, su tono extrañamente suave. "Sofía vio tus bocetos... los de nuestra boda soñada. Le encantaron."
Elena lo miró fijamente, sin entender. Se refería al diseño que ella había guardado en un cuaderno especial durante cinco años, el plan para una boda en una antigua iglesia de Oaxaca, con buganvillas y luces de hadas, un sueño que había construido detalle a detalle.
"Ella... ella quiere usarlo", continuó Rico, evitando su mirada. "¿Podrías... podrías dejárselo a ella? Digo, es solo un diseño, tú eres increíble, puedes crear otro para nosotros cuando sea el momento. Para nosotros hay tiempo, ¿no?"
La pregunta retórica la golpeó con la fuerza de un insulto. "Para nosotros hay tiempo". Siete años y todavía no había tiempo para ellos, pero sí había tiempo para regalarle su sueño a otra mujer.
Elena sintió un dolor agudo en el pecho, uno que no tenía nada que ver con la traición. Era un dolor familiar, un recordatorio constante de la enfermedad que llevaba en silencio, la misma que le decía que el tiempo era precisamente lo que no tenía.
Miró a Rico, a su rostro suplicante y egoísta, y luego a Sofía, que observaba desde la distancia con una sonrisa triunfante.
Con un nudo en la garganta, Elena asintió.
"Claro, Rico. Que lo use."
Se dio la vuelta y se alejó, fingiendo revisar el trabajo de los meseros, pero en realidad solo intentaba mantener la compostura. Cada paso era un esfuerzo. Su sonrisa profesional era una máscara que apenas ocultaba el caos que sentía por dentro. El dolor en su pecho se intensificó, un recordatorio físico de su corazón roto y de su cuerpo enfermo.
Vio a Rico correr hacia Sofía, su rostro lleno de alivio y alegría. Él le susurró algo al oído y Sofía le dio un beso en la mejilla, un gesto demasiado íntimo para ser solo "amigos".
Una rabia sin nombre surgió en el interior de Elena, una furia caliente y amarga que le quemaba la garganta. El dolor en su pecho se convirtió en una punzada aguda y constante. En ese momento, en medio del jardín de ensueño que ella misma había creado, Elena se sintió completamente sola.





