¿Uno que ni siquiera apartaba a las mujeres que se le colgaban como adornos?
Sofía sintió un nudo en el estómago.
Naven giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos, grises como el acero, se clavaron en los suyos sin emoción alguna. Ni sorpresa. Ni agrado. Ni molestia.
Solo la miró.
Y luego volvió la vista al hipódromo.
La mujer a su lado pareció notar algo. Siguió la mirada de Naven y entonces miró a Sofía. Sonrió con desdén.
Sofía apretó la mandíbula y respiró hondo. Caminó hacia ellos.
-Señor Fort -saludó con tono firme, sin desviar la mirada.
Él no respondió de inmediato. Solo se giró lentamente y la observó con detenimiento. Como si la estuviera evaluando.
Como si estuviera juzgando cada parte de ella.
-Sofía la salvadora -dijo por fin, con una voz profunda y controlada-. Pensé que te lo tomarías más tiempo.
-Ya tomé una decisión -respondió ella, con el corazón golpeándole el pecho.
La mujer del vestido rojo rió suavemente.
-¿Otra admiradora, Naven? ¿No vas a presentarla?
Él no la miró.
-Puedes irte, Isabelle.
La sonrisa de la mujer se desvaneció. Sofía vio la furia contenida en su rostro, pero Isabelle no dijo nada más. Simplemente se alejó, dejando un rastro de perfume caro.
Naven se giró hacia Sofía, caminando lentamente hasta quedar a menos de un metro de distancia. Ella se obligó a mantener la mirada firme, aunque sentía como si el aire se espesara a su alrededor.
-Supongo que ya sabes lo que ofrezco -dijo él sin emoción.
-Sí -respondió ella-. Y estoy aquí para aceptar.
Una ceja se arqueó apenas en el rostro de Naven.
-¿Sabes realmente lo que implica casarte conmigo, Sofía? No soy un hombre amable. Ni uno que se preocupe por complacer a nadie.
-No estoy buscando amor -dijo ella con voz suave pero firme-. Solo quiero proteger a Catalina. Tampoco en mis planes estaba cometer un error como el que ya he cometido al acercarme a usted.
- Definitivamente hay errores que tienen un costo muy alto - La voz de Naven era enigmática y peligrosa envuelta por una nube de misterios.
Naven ladeó ligeramente la cabeza, como si encontrara curioso que no vacilara.
-Una mujer noble -murmuró-. Rara avis.
Dio media vuelta, regresando a la baranda para observar la pista.
-Entonces será así. Mañana firmaremos los documentos. Un contrato nupcial sin lugar a interpretaciones. Todo será como yo diga. ¿Está claro?
-Sí -respondió ella sin titubear.
Pero mientras él miraba la pista sin volver a verla, Sofía supo que acababa de atarse al hombre más enigmático y peligroso que jamás había conocido. Este hombre quizá era más poderoso que de su cuñado Dante Moretti.
Y que lo que se avecinaba... sería mucho más que un simple contrato.
El aire en la terraza del hipódromo se volvió más denso con la llegada de una nueva figura. Era imposible no notarlo: un hombre de estatura media, de rostro bronceado por el sol de Marbella, rodeado de guardaespaldas discretos, pero visibles. Llevaba un traje blanco, llamativo, arrogante, como su sonrisa. Detrás de él, una mujer rubia de curvas escandalosas y vestido ajustado se balanceaba sobre tacones finísimos, colgada de su brazo como si su vida dependiera de eso.
-Naven Fort -saludó el recién llegado con tono festivo y cargado de confianza-. ¡Por fin te encuentro en Madrid! Siempre tan escurridizo - Era evidente que si aquel hombre pudiera besar el suelo por donde Naven pisa, definitivamente lo haría.
Naven no se movió. Ni una sonrisa, ni una palabra. Solo asintió con un leve gesto que apenas se notó. Su mirada continuaba fija en la pista, donde los caballos daban la última vuelta. El hombre no pareció incomodarse. Se acercó más, con pasos relajados, y su mirada se desvió hacia Sofía.
-¿Y esta belleza? -dijo con tono demasiado animado-. No sabía que ahora también llevabas compañía, Naven. ¿Es nueva en tu colección?
Sofía parpadeó. Un calor repentino le subió al rostro. Sintió cómo las mejillas se le teñían de rojo, no de orgullo, sino de incomodidad. La palabra compañía le golpeó como un balde de agua helada.
-¿Dama de compañía, verdad? -insistió el hombre, esbozando una sonrisa llena de dientes-. ¿Cuál es tu nombre, preciosa?
Los ojos verdes de Sofía bajaron al suelo, nublados de timidez. Se sintió desnuda en medio de una sala llena de personas que jugaban con millones, con poder, con palabras afiladas. Quiso responder, pero su garganta se cerró.
Ella no era parte de ese mundo. No pertenecía allí.
- Creo que esta equivocado señor -respondió finalmente con voz baja, sin mirarlo directamente.
-¿Equivocado?-repitió el empresario, fingiendo sorpresa-. Vaya, vaya... interesante. Pero igual de encantadora.
La mujer que lo acompañaba lanzó una carcajada nasal.
-No le hagas caso, cariño -le susurró a Sofía-. A él le encantan las cosas nuevas.
Sofía se apartó medio paso, insegura. Su postura retraída contrastaba con la seguridad y provocación de la otra mujer. Quería defenderse, decir que no era lo que creían, que no estaba allí por placer ni por dinero, pero no sabía cómo explicar la verdad sin abrir heridas más profundas.
Y Naven... seguía sin decir una palabra.
Estaba allí, justo a su lado. No dijo nada para defenderla. No corrigió al otro empresario. No apartó esa mirada malintencionada de su socio.
Sofía lo miró de reojo. Sus facciones eran una escultura de mármol: frías, perfectas, inalterables.
¿Le importaba tan poco lo que pudieran hacer o pensar de ella? ¿O acaso disfrutaba viendo cómo la juzgaban?
-Pensaba ir a Ginebra la próxima semana, Naven -continuó el empresario, sirviéndose una copa del bar cercano como si estuviera en su casa-. Tal vez puedas darme el contacto de esta señorita si tú... ya no la necesitas.
Sofía se congeló.
El aire pareció detenerse por un segundo. Era una broma, lo sabía. Pero una broma pesada. Cruel. Humillante.
-Ella no está en alquiler, no es la mujer que estás pensando. -dijo con voz baja, sin alterar el tono, pero con una firmeza que cortaba el aire como una cuchilla.
El empresario parpadeó, incómodo. No era habitual que Naven hablara. Mucho menos que corrigiera a alguien en público. Se aclaró la garganta, fingiendo indiferencia.
-Oh, vamos... solo es una broma lo que estás diciendo, es una dama de compañía lo sé.
-Mis bromas nunca suenan así -contestó Naven con una frialdad demoledora.
El silencio cayó sobre el grupo. La rubia del empresario fingió interesarse por el diseño de sus uñas. Sofía seguía sintiendo cómo sus mejillas ardían. A pesar de la breve defensa de Naven, el daño ya estaba hecho.
El hombre rió con torpeza y levantó su copa.
-Bueno, bueno... no quiero arruinar la noche. ¡Por los caballos y las sorpresas! -y sin esperar aprobación, bebió de un solo trago antes de alejarse con su séquito, arrastrando su sonrisa y su vergüenza.
Sofía no dijo nada. Miraba hacia el horizonte, más allá de las pistas, como si pudiera encontrar aire en alguna parte.
-¿Así es siempre este mundo? -murmuró Sofia ajena a todo esto que estaba viviendo, nunca estando con su padre había estado en este ambiente de Damas de compañía y demás.
Naven no respondió de inmediato. Solo se acercó de nuevo a la baranda, a su lado. La vista desde allí era magnífica, pero Sofía no la disfrutaba.
-Aquí, todo el mundo cree tener derecho a todo -dijo él finalmente.
-Incluida yo.
Él la miró entonces. No con ternura, ni con disculpas. Solo la observó como si analizara una ficha que le interesa por razones que no admite.
-Nadie estará contigo sin mi permiso -respondió con calma-. Nadie.
-Eso no lo hace mejor -contestó ella, sin saber de dónde sacaba el valor para hablarle así.
Naven pareció encontrar eso curioso. Una sombra de sonrisa asomó en la comisura de sus labios, pero desapareció de inmediato.
-Será mejor que vayas a descansar a descansar, te buscaré yo o si prefieres esperarme en la Suite en donde te mostraste muy valiente, lo puedes hacer.
Sofía asintió sin decir más. Ya había visto suficiente por hoy.
Cuando bajó las escaleras y salió del recinto, el atardecer había desaparecido del todo. La noche caía sobre la ciudad con una lentitud pesada. Mientras el auto la llevaba de regreso al hotel, no dejaba de pensar en la mirada de Naven, en su silencio... y en lo que acababa de aceptar.
Había firmado su libertad sin tinta. El vehículo de la pequeña mujer avanzó hasta llegar al hotel.
*
La puerta se cerró con un leve chasquido tras la figura de Sofía Morgan. Su perfume aún flotaba en el aire, delicado y dulce, tan ajeno a todo lo que representaba Naven Fort. El silencio de la suite se apoderó del ambiente como una manta de plomo.
Mientras que el empresario permaneció unos segundos quieto, observando el lugar por donde ella se había marchado. Sus ojos grises, fríos como el acero, no revelaban emoción alguna. Pero detrás de esa quietud, algo se había movido: un leve cambio, una pequeña grieta que ni él mismo quiso aceptar.





