Con cuidado, giré la perilla y tomé una buena bocanada de aire antes de esbozar mi sonrisa seductora de siempre. Entré lentamente y cerré la puerta detrás de mí. Luego alcé la mirada para ver al sujeto que se suponía que debía animar y me quedé pasmada.
¡Santo Dios!
El hombre que apareció ante mí era realmente sensual, estaba vestido con un traje negro y tenía el pelo igual de oscuro y desordenado. Tenía ese aspecto de chico malo, pero al mismo tiempo sus ojos grises transmitían cierta calma. Me estaba mirando fijamente, pero sin ninguna emoción. Tenía la mandíbula tan perfilada que estoy segura de que me habría cortado con ella si hubiera decidido pasar mis manos por su rostro. Con la mirada, recorrí su anatomía y me di cuenta de los tatuajes que escondía tras las mangas de su traje.
"¿Ya terminaste de revisarme?", preguntó él con tono aburrido. Perpleja, parpadeé un par de veces y luego me concentré en su rostro. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
"En realidad, no", respondí con sinceridad mientras me acercaba. La suave música de fondo amenizaba el ambiente.
"Solo terminemos con esto", dijo como si fuera una tortura para él. Así, me quedé parada frente a él, sintiéndome intimidada por su aura y su belleza. Sin duda era irresistible.
"Cualquier otro estaría de lo más dichoso ante la sola idea de que una mujer semidesnuda le haga un baile privado", comenté, instándolo a levantar la mirada para que me viera a los ojos. Pero no me miró, sino que más bien me escrutó.
"Si esperas que esté dichoso porque una puta me va a bailar, entonces mejor olvídate de eso", dijo con cierta malicia, como si quisiera hacerme sentir mal, podía palpar sus intenciones. En un segundo, el odio empezó a fluir por mis venas, así que me encogí de hombros y seguí con mi baile, procurando ser sensual, pero no fue nada fácil porque el hombre no parecía reaccionar a mis movimientos.
"No todos tenemos dinero como tú", le susurré al oído mientras seguía bailando. "Odio este trabajo tanto como te odio a ti", dije mientras me meneaba sobre su regazo. Eso pareció sorprenderlo, lo vi en sus ojos.
"¿Entonces por qué sigues haciendo esto?", preguntó mientras señalaba mi cuerpo encima del suyo. Entonces me paré y le abrí las piernas mientras me acomodaba entre ellas y bailaba.
"Me pagaron por hacer esto", respondí mientras dejaba caer mis nalgas entre sus muslos, como si no estuviera medio desnuda ya.
"Por supuesto, harías cualquier cosa por dinero", replicó él con un mohín. Al escuchar eso, no pude seguir bailando y lo miré.
"Por supuesto que haría cualquier cosa si no tuviera alternativa", le aclaré. Pero él solo se burló y me empujó para apartarme. ¡El muy imbécil!
"Quizás deberías empezar a vender el cuerpo entonces", espetó. "Porque obviamente no eres lo suficientemente buena en esto", añadió mientras se señalaba los pantalones. Ya había tenido suficiente del idiota ese, tengo que admitir que me lastimó un poco el ego con sus comentarios.
"O tal vez el del problema seas tú", repliqué mientras me quitaba la coleta de la muñeca y me hacía una cola de caballo. Realmente me estaba conteniendo para no lanzarle una bofetada a esa carita sensual. "Tal vez deberías ir a un club de strippers hombres, apuesto a que allí si encontrarías el placer que buscas", me burlé antes de darme la vuelta para irme. No obstante, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, él me agarró del brazo y me volví para mirarlo con la mandíbula apretada.
"¿Estás insinuando que soy gay?", masculló igualmente tenso. Yo solo puse los ojos en blancos y preferí no decir nada. Luego volví a intentar irme, pero él me empujó y me pegó contra la puerta; lo tenía tan cerca que podía sentir su aliento en mi cara. Realmente tuve que contenerme para no estremecerme y no de disgusto, sino de placer. No me pregunten por qué me estaba haciendo sentir así, pero tengo que admitir que el imbécil arrogante parecía tener cierto efecto en mí.
"Apártate", le exigí con los ojos cerrados, pues temía que, si los abría, dejaría ver mi lujuria. Seguidamente, él me agarró por la mandíbula y me obligó a mirarlo.
"Abre los ojos", exigió. Yo los abrí lentamente y contemplé ese mar gris que dominaba su mirada. "No soy gay, cariño", dijo lentamente con la voz cada vez más ronca.
"Me... me tengo que ir", repliqué temblorosamente mientras intentaba apartarlo. Pero el hombre me agarró la mano y me soltó una sonrisa... Y no, no una juguetona, sino una sonrisa peligrosa. Acto seguido, hundió la cara en mi cuello y respiró hondo. Me estremecí ante el roce de su aliento y se me puso la piel de gallina.
"¿Por qué llevas el antifaz?", preguntó. Yo me quedé callada mientras él me tocaba el pelo y me quitaba la coleta.
"¿Por qué me estás tocando? Soy una puta, ¿no es así?", le pregunté desafiante mientras me miraba directo a los ojos, pero no respondió. '¿No me acaba de llamar puta?', me pregunté. Entonces él volvió a enterrar su cara contra mi cuello y dejó escapar el aliento que estaba conteniendo. Eso se sintió bien, jodidamente bien. Luego, cuando sus labios hicieron contacto con mi piel, tuve que morderme la lengua para no dejar escapar un gemido. Pude sentir cómo sus manos soltaron mis muñecas y las dejé caer sobre sus hombros. Yo seguía con los ojos cerrados mientras pensaba en lo que estaba sucediendo, ¿qué demonios pretendía?
Sentí una ola de placer recorrer mi cuerpo cuando él abrió la boca y chupó mi piel; por fin, el gemido que estaba aguantando salió desbocado de mis labios y, apenas me escuchó, él jadeó y se apartó. Creí que se iba a ir, pero entonces sentí sus labios sobre los míos y sus manos agarrándome por la cintura mientras me alzaba. Mis piernas se envolvieron instintivamente alrededor de su torso y, con una mano, me agarró por el cuello mientras que, con la otra, aguantaba mi cuerpo. Abrumada de placer, le rodeé el cuello y me apreté contra su rostro, deseando más de él. Suavemente él me pellizcó la piel y me hizo gemir de nuevo, entonces aprovechó la oportunidad y me metió la lengua en la boca. Podía sentir el calor entre mis piernas, él también gimió cuando mordí sus labios y eso me hizo sonreír mientras me apoyaba contra su frente. Empecé a sentir un bulto entre mis piernas y, cuando me di cuenta de lo que era, sonreí y me aparté rápidamente.
"No soy gay", dijo de nuevo. 'Oh, ¿entonces solo me lo estaba demostrando?', me pregunté mientras señalaba su pantalón.
"Está bien, no lo eres", respondí. "Parece que hice mi trabajo aquí", añadí cuando vi su erección. Con eso, agarré mi coleta rápidamente y me fui a toda prisa de la habitación. Cerré la puerta y me apoyé contra la pared.
¿Qué diablos acababa de pasar?
Me toqué los labios con las manos y sentí lo hinchados que estaban. Maldita sea, ese beso había sido increíble. Este hombre era exasperante, extraño y molesto, pero aun así tenía algo que me atrapaba. Casi corriendo, regresé a mi camerino, tratando de no pensar en ese beso... Y allí me topé con Jerry, Rose y Dean, quienes estaban sentados en el sofá. Este último se puso de pie rápidamente cuando entré.
"¿Y bien?", preguntó mirándome con ojos expectantes. Yo solo le sonreí y me encogí de hombros. "¿Reaccionó?", preguntó, haciéndome revirar los ojos. "Sigue poniendo los ojos en blanco, tal vez un día de estos te veas el cerebro", murmuró, haciéndome jadear. Juguetonamente golpeé su brazo y él se rio entre dientes.
"¿Por qué tienes los labios hinchados?", preguntó Rose y un grito ahogado escapó pronto de la boca de Dean.
"¡Joder! ¿Te besó?", inquirió incrédulo, a lo que yo asentí. "¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?", preguntó Dean rápidamente, conmocionado.
"Me besó solo para demostrarme que no es gay", les confesé mientras tomaba asiento.
"¿Qué?", preguntó Dean, confundido.
"Lo llamé gay", confesé con una sonrisa avergonzada. Los ojos de Dean se abrieron y pronto se echó a reír.
"Oh, Dios, hubiese pagado por ver eso", añadió mientras se apretaba el abdomen. "¿No fue grosero contigo?", siguió preguntando mientras se secaba las lágrimas de tanto reír.
"Es un verdadero imbécil", respondí con sinceridad. Él asintió y se encogió de hombros. "Me llamó puta y dijo que no era lo suficientemente buena", continué.
"¿Y tuvo una erección?", preguntó Rose a mi lado. Yo le asentí con orgullo mientras agarraba mi mochila.
"Sabía que no me equivocaba contigo", dijo Dean con orgullo. Yo me reí entre dientes y le pedí a él y a Jerry que salieran para cambiarme.
"Necesito vestirme", les dije. Dean asintió y ambos salieron sin chistar.
"¿Me das tu número? Solo en caso de que vuelva a necesitar tus servicios", preguntó Dean antes de marcharse. Al ver bien su rostro, me di cuenta de que él y su hermano en realidad no se parecían en nada.
"Lo siento, no puedo hacer eso. Ese fue el primer y último baile privado que daré", le dije mientras cruzaba los brazos sobre mi pecho. "Ahora puedes irte", añadí. Dean quizás podría llegar a ser un gran amigo, pero no podía arriesgarme a develarle mi identidad.
"Oh, vamos", se quejó. "¡Eres divertida, me gustaría conocerte fuera de este lugar! Solo como amigos", insistió mientras me miraba con sinceridad. "Rose ya me dio su número", añadió mientras la señalaba.
"Bueno, yo vivo con ella. Así que si necesitas algo, solo llámala". Ya las cosas eran lo suficientemente duras para mí como para tener a un par de acosadores a mis espaldas.
"Te juro que es solo por amistad, ya estoy comprometido", declaró con orgullo. Sin poder ocultar mi sorpresa, espabilé los ojos y lo miré.
"¿Qué estás haciendo aquí entonces?", pregunté con incredulidad.
"Me casaré dentro de dos semanas, mis amigos me trajeron aquí para disfrutar de mis últimos días de soltería", confesó mientras rodaba los ojos. Yo le asentí, pero aun así me negué a darle mi número. ¿Qué diría su prometida si llegara a ver que tenía a una stripper agendada en su teléfono?
"Ya sal", dije casi que rogándole. "Estoy cansada y solo quiero cambiarme y regresar a casa". Dean dejó escapar un suspiro y finalmente salió y cerró la puerta.
"La verdad es un chico divertido", comentó Rose mientras me cambiaba las mallas.
"Sí, lo es", asentí. "Aunque parece bastante inmaduro para ser alguien que está a punto de casarse", añadí y Rose se echó a reír y asintió.
"Hablando de matrimonio, ¿irás a la boda de tu hermana?", inquirió ella. Luego el silencio se cernió sobre la habitación mientras reflexionaba al respecto.
"Amo a mi hermana, pero sinceramente no quiero ver a mis padres", respondí mientras acomodaba las cosas en mi morral. Acto seguido, agarré las llaves del auto y Rose se levantó del sofá para salir del club. Siempre nos íbamos por la puerta trasera para evitar que alguien pudiera reconocerme.
"Herirás los sentimientos de Alena si no vas", comentó Rose mientras caminábamos.
"Lo sé, por eso no dejo de pensar en eso", murmuré, al tiempo que llegábamos al vehículo.





