Secuestrada por un error

Juliana no podía detener el torrente de lágrimas mientras sostenía a su pequeña bebé en brazos, tratando de alimentarla en medio del caos emocional en el que se encontraba. Su corazón latía con fuerza, y aunque el agente de la DEA, un hombre alto y rubio con un ojo verde y otro café, se veía atento y dispuesto a ayudar, todo lo que importaba para ella en ese momento era su hija y su hermanito.

Observó al agente en silencio, sabiendo que su vida estaba ahora en manos de un completo extraño, pero al mismo tiempo, sintiendo que ya no tenía opción.

—Por favor, necesito que me ayudes —dijo Juliana, con la voz entrecortada—. Mi hermanito está en manos de ese hombre… Él puede lastimarlo.

Gael la miró con una mezcla de comprensión y seriedad. Se arrodilló frente a ella para que pudieran hablar cara a cara, con suavidad en su voz, pero con firmeza en sus palabras.

—Tranquila, hermosa. Si cooperas con las autoridades, te prometo que tú, tu hija y tu hermanito estarán a salvo.

Juliana negó con la cabeza, el miedo pintado en sus ojos oscuros.

—Pero él me encontrará… me matará. No sabes de lo que es capaz, Luis…

Gael hizo una pausa antes de corregirla.

—No soy Luis —dijo, con una leve sonrisa—. Mi nombre real es Gael. Y te doy mi palabra, Juliana, que te ayudaré. Ese miserable que te lastimó tiene una deuda pendiente conmigo.

Ella lo miró, tratando de encontrar alguna chispa de esperanza en sus palabras. El miedo la consumía, pero la desesperación por proteger a su hija era más fuerte.

—Firmaré lo que quieras —dijo, su voz rota, pero decidida—. Solo prométeme que salvarás a mi hija. No me importa morir… solo quiero que mi bebita esté a salvo. Ella es todo lo que me importa.

Gael asintió lentamente, su expresión seria.

—Lo haré —prometió—. Pero tendremos que cambiarle el nombre. A partir de ahora, tú y tu hija entrarán en el programa de protección de testigos, Juliana. Ya no te llamarás de ese modo.

Juliana lo miró a los ojos, todavía con lágrimas en los suyos, pero algo en la calma de Gael la hizo sentir que podía confiar en él. Tal vez no todo estaba perdido.

—Confío en ti, Gael —dijo, finalmente, entregándose al destino incierto que la esperaba.

En ese instante, supo que su vida jamás sería la misma, pero lo más importante era proteger a su pequeña. No importaba el nombre que llevara, ni lo que tuviera que hacer, siempre que Luz estuviera a salvo.

Juliana observó el lugar. Era una casa pequeña, sencilla, pero para ella era perfecta. Después de todo lo que había pasado, cualquier lugar que significara seguridad y paz era un paraíso. Durante todo el día, había hecho grabaciones sobre la organización que la había secuestrado, detallando lo que sabía del narcotraficante y del negocio de trata de mujeres en el que se había visto atrapada.

Al caer la noche, colocó a su bebé en una pequeña cuna mientras la niña dormía plácidamente. Luego, fue a ducharse, tratando de lavar no solo el cansancio del día, sino también las cicatrices emocionales que llevaba por dentro. Al salir, con una simple camisa que había encontrado, notó cómo Gael la miraba con sorpresa.

Gael, el joven agente, no podía evitar admirar su belleza, pero lo que realmente le tocaba el alma era su vulnerabilidad. Juliana era una mujer hermosa, con su cabello oscuro y sus ojos azules como el cielo, pero también era una niña rota, maltratada, que había sido lastimada de maneras que él apenas podía imaginar. El impulso de protegerla era casi instintivo.

—Perdón, Gael, no encontré nada más que ponerme —dijo ella, con una mezcla de vergüenza y cansancio en su voz.

Gael sonrió suavemente, tratando de no mostrar el asombro que aún sentía.

—No te preocupes, hermosa. Úsala. Te dejaré descansar —dijo, preparándose para salir de la habitación y darle su espacio.

Pero antes de que pudiera irse, Juliana lo tomó del brazo con delicadeza, y sin previo aviso, lo abrazó. Gael no respondió de inmediato, ni siquiera tocó su espalda, pero le permitió que lo abrazara, entendiendo que lo necesitaba. Sentía su fragilidad, y la manera en que se aferraba a él solo confirmaba lo mucho que había sufrido.

—Me has salvado la vida a mí y a mi pequeña… Te debemos la vida —dijo Juliana, con la voz temblorosa.

Gael la miró con seriedad, pero también con ternura.

—No me debes nada, Juliana. Hablaré con mis superiores y tú estarás a salvo. Con tu declaración, ese miserable pasará el resto de su vida en prisión —le aseguró, aunque su voz se suavizó cuando hizo la pregunta que llevaba tiempo rondando su mente—. Necesito saber… la bebé, ¿es de él?

Juliana asintió con tristeza, su rostro reflejando el dolor de lo que había vivido.

—Sí, solo él… abusó de mí.

Gael respiró hondo, su corazón lleno de rabia por lo que le habían hecho. Pero su voz permaneció tranquila cuando respondió.

—Nunca más nadie te lastimará… —le prometió, centrando su mirada en ella y limpiando con delicadeza las lágrimas que caían de sus ojos.

Juliana, en un impulso repentino, se inclinó hacia él y dejó un beso en sus labios. Gael no respondió al beso, pero tampoco se alejó. En lugar de eso, la miró con comprensión.

—Juliana, estás confundida… —dijo suavemente, acariciando su mejilla con ternura—. No tienes que hacer nada para agradecerme.

Ella lo miró a los ojos, sus labios temblando.

—No lo hago por eso. Solo quería saber lo que se siente besar a alguien por gusto. Siento que moriré…

Gael negó con la cabeza, decidido.

—No morirás. Conocerás el amor, el verdadero, con un buen hombre —le aseguró, aunque en su interior, no podía evitar sentir que quería ser ese hombre que la protegiera y le mostrara lo que era el amor. Pero sabía que ella necesitaba tiempo, espacio, y además él no podía olvidar que tenía otras prioridades.

Gael se acercó a Juliana lentamente, sus ojos encontrando los de ella mientras sus labios se unían en un beso suave y cargado de emociones. Era como si ese contacto, por más breve que fuera, rompiera las barreras que ambos habían levantado.

—¿Puedo seguir? —susurró, su voz ronca por la tensión del momento, mientras acariciaba con ternura su rostro, bajando su mano lentamente hasta su hombro, rozando su piel de manera delicada, como si temiera hacerle daño.

—Sí, sigue… —respondió ella, en un susurro que era más una súplica que una afirmación.

Con cuidado, Gael comenzó a desabotonar la camisa de Juliana, sus dedos moviéndose lentamente, como si cada botón desatara la carga emocional que ambos llevaban dentro. Cuando finalmente la camisa cayó al suelo, dejando expuesto su cuerpo desnudo, Gael no pudo evitar quedarse sin aliento por un momento. Juliana era, sin duda, una mujer hermosa, su piel luminosa y sus curvas perfectas parecían esculpidas por los dioses.

Gael se tomó un segundo para mirarla, no con lujuria, sino con admiración y respeto. Para él, ella era mucho más que su belleza exterior; era una mujer fuerte que había sobrevivido lo inimaginable. Con cuidado, comenzó a desabotonar su propia camisa, revelando su torso definido, lleno de cicatrices de batallas pasadas. Luego, con suavidad, la tomó en sus brazos y la alzó como si fuera lo más preciado, depositándola con delicadeza sobre la cama.

El cuarto estaba en silencio, solo el sonido de sus respiraciones entrelazadas llenaba el espacio. Pero en ese instante, no había prisa, solo la conexión de dos almas heridas encontrando consuelo en la presencia del otro.

Gael apartó la mirada por un momento, sintiendo el peso de la situación. Sus labios temblaron al hablar, lleno de dudas y conciencia.

—No está bien lo que estoy haciendo… —murmuró, intentando alejarse de ella, aunque todo en su interior le decía lo contrario.

Juliana lo miró con una mezcla de ternura y determinación, su mirada fija en la de él, como si todo el dolor y sufrimiento que había pasado la hubieran preparado para este momento.

—Quiero hacer el amor por primera vez —dijo ella en voz baja, pero firme—, y quiero que sea contigo. —Gael sintió un nudo en la garganta mientras la escuchaba—. Me he dado cuenta de cómo me miras… No me importa lo que pase mañana, hoy quiero estar contigo.

Sus palabras lo golpearon con una fuerza que no esperaba. No era solo deseo lo que veía en sus ojos, era una profunda necesidad de conexión, de algo real y sincero, después de tanto dolor. Gael la observó, sus sentimientos a flor de piel, luchando contra su propia conciencia.

—Juliana… —comenzó a decir, pero se quedó en silencio, viendo la resolución en su rostro.

Ella lo había decidido, y en el fondo, él sabía que también lo deseaba. Pero no era solo por deseo físico, era por la necesidad de sanar, de mostrarle que el amor podía ser algo más, algo que no dañaba, sino que sanaba.

Gael se inclinó hacia ella una vez más, tomando su rostro entre sus manos con infinita ternura.

—Si estás segura… —dijo con la voz rota por la emoción—, lo haré… Pero solo porque también quiero estar contigo. No será solo esta noche.

Juliana asintió, su corazón latiendo con fuerza.

—Estoy segura… —respondió en un susurro, entregándose completamente a ese momento.

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