El dolor me inundaba mientras me encontraba en el pasillo del hospital, rodeada por el caos de la situación. Mi hermano había sido sometido a torturas horribles y estaba en estado crítico. Mis lágrimas caían sin parar, y el peso de la angustia parecía abrumarme por completo.
Fue en ese momento de desesperación que mi novio apareció. Su rostro mostraba una mezcla de enojo y preocupación mientras se acercaba, pero sus palabras no me ofrecieron consuelo, solo más dolor.
-¿Qué hiciste, Isabella? -dijo con un tono mordaz-. ¿Te acostaste con el ruso? Revisé las cámaras y te vi muy cariñosa con él.
Me sentí traicionada por sus acusaciones, mi mente no podía procesar la realidad de lo que estaba pasando. Mis manos temblaban mientras trataba de controlar mis emociones.
-¡Era solamente una misión! -le grité-. ¿De verdad me estás reclamando eso cuando mi hermano está muriendo? ¿No ves que no puedo encontrar a mis padres?
Su mirada era dura, incapaz de entender la magnitud del sufrimiento que estaba atravesando.
-Tú no tenías por qué acercarte a ese lugar. Ahora estás en los ojos de la mafia rusa.
-No me importa -respondí con voz temblorosa-. No me importa nada. Solo quiero que Gabriel esté vivo. Pero parece que no te importa cuando es tu amigo y tu elemento, porque tú eres el líder. Jamás debieron secuestrar ni torturar a Gabriel. Todo es tu culpa.
Su expresión se endureció aún más, y la ironía en su voz era palpable.
-Ahora mi novia me es infiel y la culpa es mía.
-Deja de distorsionar la realidad -le dije, mi voz rota-. No todo se trata sobre ti. Ahora la vida de mi hermano está en peligro. Lárgate si no puedes hacer nada útil.
La tensión entre nosotros era palpable. Sentía que estaba en un lugar de completo vacío, donde la angustia por mi hermano y el conflicto con mi novio se mezclaban, sin ofrecerme un respiro. Mientras me alejaba, la sensación de desesperación era abrumadora, y mi única esperanza era que mi hermano pudiera salir de esta situación.
Me alejé de mi novio, las lágrimas aún en mis ojos, sintiendo el peso de la situación que nos rodeaba. El dolor de saber que mi hermano estaba en estado crítico se mezclaba con la rabia y la desesperación por la falta de apoyo y comprensión de la persona que más amaba.
Mientras caminaba por los fríos pasillos del hospital, el sonido de las máquinas y las voces apagadas se convirtieron en un telón de fondo a mi angustia. Cada paso parecía ser un recordatorio de la gravedad de la situación y de mi propia impotencia.
Finalmente, llegué a la sala de espera donde se encontraban los pocos miembros de mi familia que aún estaban allí. Sus rostros reflejaban el mismo dolor y preocupación que sentía yo. Mi corazón se hundió al ver a mi hermano, Gabriel, a través de la ventana del quirófano. La imagen de él en una camilla, conectado a múltiples equipos médicos, era un golpe devastador.
Una enfermera se acercó a mí con una expresión que intentaba ser reconfortante, pero que solo intensificó mi ansiedad.
-¿Cómo está mi hermano? -pregunté, mi voz apenas un susurro.
-Estamos haciendo todo lo posible -respondió la enfermera-. Ha sufrido una contusión severa y ha estado bajo tortura. Necesitamos tiempo para estabilizarlo y evaluar el daño. Le pedimos paciencia.
La impotencia me envolvió mientras asentía, sin poder evitar el pensamiento de que podría haber hecho más. Sabía que no había sido solo mi misión la que lo había llevado a esta situación, pero me sentía responsable por no haber podido protegerlo.
En ese momento, me di cuenta de que la prioridad ahora era encontrar a mis padres y asegurarme de que Gabriel recibiera el mejor cuidado posible. No podía permitir que las disputas personales o la frustración me distrajeran más de lo esencial.
Me dirigí a la recepción para obtener más información sobre mis padres, rogando que estuvieran bien y que pudieran llegar pronto para apoyar a Gabriel. Cada segundo contaba, y mi esperanza se aferraba a que el equipo médico pudiera salvar a mi hermano.
Mientras esperaba, me senté en una de las sillas de la sala de espera, el corazón encogido de angustia. Las luces del hospital parecían más frías que nunca, y la incertidumbre del futuro se cernía sobre mí. La única cosa que me mantenía en pie era la promesa que me había hecho: hacer todo lo que estuviera en mi mano para asegurarme de que Gabriel saliera de esto.





