Sin más demora, entré en el elevador, mientras comenzaba a sonar la melodía de mi teléfono celular. Empecé a buscarlo con cuidado de que no se me cayeran las cartas al suelo pero eso no ocurrió así.
Cuando las vio, el hombre se agachó y las cogió. Al encontrar el teléfono, tomé la llamada echándome el cabello hacia el lado derecho, para ponérmelo en la oreja, y dije, mientras agarraba las cartas de la mano del hombre:
—Dime, Jackie.
—Esta noche te toca a ti hacer la cena. Que no se te olvide que Carolina quiere…
—Lo sé, pizza de Pizza Hut, pero eso lo pueden pedir mientras que yo sigo en el trabajo y cuando llegue, se las pago.
—¿Hoy tienes que quedarte hasta tarde?
—Sí… Ah, Jackie. ¿Puedes llevar a Adrien al parque luego por la tarde? Es que hasta que no he visto lo que le toca a mi jefe hoy, no me he dado cuenta que va a ser un día largo… —le rogué.
—Claro, no me importa. Hoy acabo justo para la hora de comer, cuando tengo que ir a recogerlo al colegio.
—No, hoy se va a casa de Darío a comer. Tienes que recogerlo a las cinco —pulsé el botón que me llevaría al piso treinta y volví a mirar las puertas de acero, mientras se cerraban.
—Tú por eso no te preocupes. Carolina y yo nos encargamos —dijo mi amiga con una pequeña risa.
—Como todos los días… —quizás se notó que lo dije algo apurada.
—Tú no tienes la culpa de que Oscar sea un cabrón y te haya dejado sola con Adri. Bueno… aunque no sea su padre biológico, debería haberse comportado como un hombre y no abandonarte como lo ha hecho…
—Jackie… ahora no, por favor. No es el momento adecuado… Además de que estoy en mi trabajo —dije con un dejo de tristeza— además de que me prometiste que no volveríamos a hablar de ello.
—Está bien, está bien. Ya no sacaré más el tema, pero como sigas esperando a que vuelva, es porque eres muy tonta —me dijo con tono serio.
—Lo soy, pero eso ya lo sabes, ¿no? No es algo nuevo —me eché el cabello hacia atrás de la oreja izquierda— recoge a Adrien, por favor. Yo iré cuando termine, ¡y déjenme pizza!
—Sí, sí. Que te sea leve el día —me deseó mi amiga con voz más alegre.
Colgué el teléfono sintiéndome triste. Sabía que mis amigas sólo querían verme feliz de nuevo, pero me negaba a olvidar a Oscar. Él me había ayudado mucho cuando…
Suspiré.
Mi piel se erizaba al recordar lo que me ocurrió cinco años atrás, cuando quedé embarazada de mi hijo.
En ese momento, me percaté de la presencia del hombre que me había encontrado en la recepción de la compañía para la que trabajaba. Negué con la cabeza mirando hacia otro lado y me puse a mirar los whatsapp que le llegaban de mis amigas, a las que hacía mucho tiempo que no veía.
Desde que me mudé a Oklahoma con Oscar debido al embarazo, no había vuelto a mi pueblo. No podía ver a mis padres después de aquello, pero desde que él se había marchado, tenía pensado volver para ver a mi familia y así, que ellos conocieran al pequeño Adrien.
Me sentía algo incómoda al tener a ese hombre que ocultaba su vista bajo unas gafas de sol, con las manos juntas por delante de su cuerpo y mostrando una media sonrisa que hacía ver que tenía seguridad en sí mismo.
Me puse bien las mangas de la chaqueta gris que llevaba puesta encima de mi camiseta negra y me subí las mangas, dejando ver un tatuaje en forma de mariposa en mi muñeca derecha.
El hombre del traje miró hacia las puertas nuevamente y comentó:
—Bonito tatuaje.
—Gracias —dije mirándolo de reojo.
—¿Cuándo se lo hizo?
—Cuando tenía diecinueve años. Estaba en primer año de la universidad y me quedaban unos pocos meses, creo que dos, cuando me lo hice… Ahora está descolorido pero cuando tenga algo de tiempo, iré a que me lo repasen, para que sea mejor —respondí, mientras me observaba el dibujo en la piel.
—Seguro que cuando se lo hizo, pensaba en alguien especial —el hombre movió un poco los hombros.
—No. En esa época no pensaba en nadie… —casi murmuré.
Él me miró de reojo, ya que seguramente había notado un deje de tristeza en esa última frase y se sorprendió al ver la mirada de tristeza que mostraba en ese momento.
Sin esperarlo ni pensarlo, el ascensor se paró en el piso quince.
Comencé a darle al botón de la planta treinta para que continuara su trayecto hasta su destino, pero no ocurrió eso.
Seguía parado.
"No puede ser", pensé, presa de pánico.
Al hombre parecía no afectarle el hecho de que intentase hacer que el ascensor se hubiera parado. Sin más, empecé a golpear las puertas de acero con la palma de la mano, la que no tenía las cartas, mientras decía:
—¡Estamos aquí! ¡Qué alguien nos ayude, por favor!
—Solo son las nueve menos veinte. No creo que haya mucha gente todavía —habló tranquilamente.
—¡Ya lo sé! ¡Pero yo no puedo quedarme encerrada en un ascensor… y menos con un hombre! —le grité, nerviosa.
Ese comentario hizo que el hombre girase el rostro hacia mí, pero yo no paraba de golpear las puertas de acero y gritar. Él estaba sorprendido, se podía notar en sus ojos al mirarlo fijamente por los cristales de los lentes.
Conforme los minutos pasaban, mi nerviosismo aumentaba cada vez más. Me dejé caer con una mano en el pecho debido a que estaba empezando a sentir palpitaciones, golpeteos del corazón y también aceleración de la frecuencia cardíaca.
“La última vez que estuve encerrada en el ascensor con un hombre… fue cuando…” pensaba, poniéndome más nerviosa.
Los temblores hicieron acto de presencia, mientras que mi cuerpo comenzaba a sudar y la sensación de que me costaba más respirar con normalidad me atenazaba.





