Secretos de un CEO

El día siguiente llegó más rápido de lo que Lucía esperaba. Cuando despertó, el sol ya comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana de su pequeño departamento. Sintió una extraña mezcla de nerviosismo y emoción en su estómago. Había conseguido el trabajo, sí, pero ahora le tocaba demostrar que era capaz de estar a la altura de las expectativas. Sabía que la oportunidad que tenía frente a ella no era algo que pudiera dejar pasar.

Después de una rápida ducha y un desayuno apresurado, Lucía se vistió con el mismo cuidado que el día anterior, eligiendo un conjunto profesional pero cómodo: una blusa blanca impecable y una falda lápiz oscura, con tacones discretos. No quería llamar demasiado la atención, pero tampoco quería parecer demasiado informal para un lugar como ese. Una vez lista, se miró en el espejo y respiró hondo.

-Hoy es el día -se dijo a sí misma.

Al llegar al edificio de la empresa, Lucía fue recibida por la recepcionista que la había atendido el día anterior. Esta vez la saludó con una sonrisa aún más cálida, casi como si fuera una bienvenida de verdad, y la indicó hacia un ascensor que la llevaría directamente al piso de Ricardo.

-El Sr. Díaz está esperando por ti, Lucía -le dijo con tono amable, sin ningún indicio de la presión que había sentido en su primer encuentro.

El ascensor subió rápidamente, y al llegar al último piso, las puertas se abrieron con un suave tintineo. Lucía caminó por el pasillo, notando la calma que dominaba el lugar. Cada detalle de la oficina de Ricardo Díaz parecía haber sido diseñado para proyectar poder y control. Las paredes decoradas con obras de arte minimalista, las alfombras de alta gama que casi amortiguaban el sonido de sus pasos, y las grandes ventanas que ofrecían una vista impresionante de la ciudad.

Antes de llegar a la oficina de Ricardo, Lucía pasó por varias puertas de vidrio, todas con nombres y títulos de alto rango. Sin embargo, al final del pasillo, se encontraba la puerta de la oficina del CEO. La puerta estaba cerrada, pero el letrero dorado en la parte superior brillaba con elegancia: Ricardo Díaz, CEO.

Lucía respiró profundamente antes de tocar. No quería parecer intrusa, pero su misión era clara: demostrar que estaba allí por una razón. Después de unos segundos que se sintieron eternos, tocó la puerta con suavidad.

-Adelante -se oyó una voz profunda desde dentro.

Lucía abrió la puerta lentamente y entró, encontrándose con el ambiente familiar de la oficina. Ricardo estaba sentado detrás de su escritorio, completamente enfocado en la pantalla de su ordenador. Su presencia era tan imponente como siempre, su postura recta, sus ojos fijos en la pantalla como si estuviera calculando cada movimiento en su empresa, y el sonido de sus teclas resonaba en la sala.

-Buenos días, señor Díaz -dijo Lucía, su voz algo temblorosa, aunque intentó disimularlo.

Ricardo levantó la vista lentamente, observándola con una intensidad que hizo que el aire en la habitación se sintiera más denso. Lucía notó cómo sus ojos oscuros la recorrían, evaluando cada detalle, como si estuviera midiendo algo más que su presencia física. Sin embargo, no dijo nada de inmediato. Se quedó en silencio por un momento que se extendió como una eternidad.

-Buenos días, Lucía -respondió finalmente, su voz calmada y controlada. No había calor en su tono, solo una neutralidad distante.

Lucía se acercó a su escritorio, intentando mantener la compostura. No podía permitir que la tensión que se había instalado en el aire afectara su confianza. Recordó sus preparativos: ella era capaz, profesional, y estaba lista para asumir la responsabilidad.

-He revisado tu horario para hoy -continuó Ricardo, señalando una hoja sobre su escritorio-. Necesito que prepares la documentación para la junta de la tarde. Además, hay algunas llamadas que debes realizar a los clientes más importantes. Te enviaré los detalles más tarde.

Lucía asintió, tomando nota mentalmente de las tareas. Sin embargo, no pudo evitar notar que, aunque estaba recibiendo instrucciones, la forma en que Ricardo hablaba seguía siendo distante, como si no estuviera realmente interesado en ella como persona. Parecía más bien como un empresario calculador que trataba a todos con el mismo tono de indiferencia.

-Entendido, señor -respondió Lucía con firmeza.

Ricardo no tardó en continuar, como si ya estuviera acostumbrado a delegar tareas sin prestar mucha atención a quién las realizaba.

-También necesitarás preparar un informe para la junta de mañana, aunque será más informal. Algunos de los proyectos en los que estamos trabajando han tenido ciertos retrasos y quiero que estés al tanto. Si te parece bien, podrías comenzar revisando los informes del trimestre pasado y actualizándolos.

Lucía asintió una vez más, tomando nota mentalmente de todo. Se estaba adaptando a la rapidez con la que él trabajaba, aunque sentía que cada movimiento debía ser perfecto. Cada palabra que decía tenía peso, y no podía permitirse equivocarse.

-Lo haré de inmediato -respondió, tratando de sonar lo más competente posible.

Ricardo asintió sin mostrar mucho interés. En cambio, se inclinó ligeramente hacia atrás en su silla y, por un momento, dejó de mirarla directamente. Era como si ya estuviera pensando en algo más importante, como si Lucía fuera solo un engranaje más en una máquina que no se detenía.

-Ah, y otra cosa -dijo de repente, como si acabara de recordar algo-. Quiero que hagas una investigación sobre algunos de nuestros competidores en el mercado. Necesito saber qué están haciendo para adaptarnos a los cambios rápidamente.

Lucía levantó la mirada para ver si podía captar más de lo que estaba pensando, pero Ricardo ya había vuelto a concentrarse en su pantalla, aparentemente absorto en el trabajo.

-Claro, lo haré, señor.

Cuando Lucía salió de la oficina, sintió una mezcla de alivio y desconcierto. Sabía que acababa de tener su primer encuentro formal con el CEO de la empresa, pero había algo en el aire que no podía descifrar. La frialdad con la que Ricardo había hablado, su actitud distante, la forma en que todo parecía tan mecánico, la hicieron preguntarse si realmente estaba preparada para enfrentarse a alguien como él.

Al mismo tiempo, no pudo evitar sentir una extraña atracción hacia él. No era solo su apariencia impecable o su éxito innegable lo que la cautivaba; era la manera en que estaba siempre en control, como si nada pudiera desestabilizarlo. Y, a pesar de su distancia, había algo fascinante en esa frialdad, algo que la impulsaba a querer saber más.

Lucía se dirigió a su escritorio, donde comenzó a trabajar en las tareas que Ricardo le había asignado. Pero mientras tecleaba y organizaba la información, su mente no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido en esa oficina. Se sentía como si hubiera dado un paso dentro de un mundo que aún no entendía, y todo lo que podía hacer era seguir adelante, con la esperanza de encontrar alguna respuesta en el camino.

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