Solo unos centímetros separan mi cuello de las filosas garras de Bradley Wolfe. Sus ojos, pequeños orbes plateados que hacen de faro en la oscuridad, miden con rabia mi pequeña figura. Huele a bosque profundo, a tierra mojada, a bestia hambrienta.
Yo huelo a miedo, pero mi miedo va de la mano con un instinto básico de supervivencia. Han sido diez años de situaciones difíciles, y esta, la más rara de todas, tampoco me va a doblegar.
-Mi móvil -balbuceo, señalando con la barbilla el teléfono en el suelo-. Mira bien la pantalla.
El CEO transformado en bestia desvía su mirada. La grabación sigue corriendo y el contador marca 3:56.
-Quizá quieras pensártelo un poco más antes de clavarme esas garras -y señalo sus peludas manos-. He subido el vídeo a la nube antes de bajar aquí. Será una gran sorpresa para todas mis amigas que yo desaparezca y mi único rastro sea esa pequeña grabación donde tú, jefazo de una empresa, aúllas junto a otros de tu calaña. ¿Te imaginas el escándalo? Oh, nene, ¿no sería tremendo?
Él suelta un rugido impotente, como si una molestia le calase bien hondo. Sus garras avanzan de nuevo hacia mí, pero se detienen al instante. Algo lo contiene, algo más fuerte que su naturaleza sanguinaria. Ahora estoy más nerviosa. Ningún video está en ninguna nube y ojalá tuviera tantas "amigas" como presumo.
-¿Qué quieres? -pregunta con un chasqueo de lengua.
Me levanto torpemente y casi no reparo en mis pies, temblorosos y descalzos. Ahora me veo algo ridícula, con una media rota y los tacones regados por el pasillo. Aunque no me importa en absoluto cuando alzo mi barbilla y le sostengo la mirada a la bestia que aún es mi jefe.
-Tres cosas. Primera: no me tocas. Nunca, por ninguna razón. Segunda: me debes ahora un contrato con el sueldo multiplicado por cinco. Tercera: ¡me vas a explicar qué coño está pasando!
Él lanza una carcajada seca. Se escuchan como ramas al partirse.
-¡Eres demasiado ingenua! Incluso más de lo que crees. Podría romperte el cuello en un instante, justo antes de que tu pulgar toque esa pantalla.
-Podría ser cierto, pero no lo harás -digo y elevo mi tono de voz, mirándolo con mayor superioridad-. Hace unos momentos lo intentaste, pero algo te frenó. ¿No es así, señor Bradley Wolfe, CEO de Wolfe's Company?
Tensa sus músculos y mira a otro lado. Aprieta cada vez más fuerte su mandíbula, dejando al descubierto el filo de los dientes.
-Trato hecho -murmuró-. Pero no hablaremos aquí. Ven a mi oficina.
Bradley sale corriendo a la sala del ritual y comunica algo que no llego a escuchar. Luego regresa y señala con su dedo el ascensor privado. La atmósfera es peliaguda. Va él delante y yo detrás. Ya traigo puestos mis tacones y, ¡por fin!, he subido el dichoso video a la nube.
El piso 20 está única y exclusivamente diseñado para su oficina y secretarias personales. Cada rincón huele a cuero y madera cara. Su despacho es enorme: una mesa de roble elegante en el medio, ventanales de diseño colonial con vistas a la ciudad y una estantería llena de libros que seguro nadie ha leído.
Él ya está de vuelta a la normalidad. Hacia arriba solo lleva puesta una camiseta de tirantes blanca que resalta su físico, quién sabe si fruto del gimnasio o de sus... extraños poderes. De su estado anterior solo conserva los intrigantes ojos plateados. Con un gesto brusco me indica que tome asiento.
-Que esté sentada no significa que vaya a dejar de grabar. Habla ahora mismo, me debes varias explicaciones -le exijo.
Con ademán de molestia ante mi actitud, camina un poco en círculos y, como quien habla del clima con un vecino, empieza a revelarme algo que no hallaré cómo olvidar en la vida que me quede por delante:
-Somos lobos cambiantes. Nuestro linaje existe mucho antes de que la raza humana pisara estas tierras. Todo esto, la empresa, su nombre, es solo una fachada. A través del conglomerado controlamos el territorio, las rutas comerciales y la política local.
Sin darme un respiro para asimilar, abro mi boca nuevamente:
-¿Y qué hay del... ritual?
-Una simple marca de jerarquía. Una vez al mes se renueva la lealtad al Alfa. Ese soy yo.
Trago saliva. Todo suena a película de terror barata, del montón malo del videoclub, pero mis ojos recién han visto pelos brotar de brazos y dientes alargarse en cuestión de segundos.
-¿Por qué no pudiste matarme antes? -me interesa mucho saber.
Bradley permanece en silencio unos segundos. Me mira, por primera vez con dudas.
-Yo mismo no sabría explicarte. Creo que mi lobo te reconoció como -negó con la cabeza dos veces-.... Olvídalo. Ahora escucha las condiciones.
Firme en sus movimientos, saca una hoja del cajón y empieza a escribir. Sus trazos denotan seguridad y una naturalidad adquirida con los años. Si lo finge, debe ser un maestro de la actuación. ¿No es ese un requisito indispensable para los grandes empresarios?
-Yo también tengo tres condiciones -sentencia con más seriedad que nunca-. Primero: borras el video delante de mis ojos. Segundo: te mudas a mi ático esta misma noche. Tercero: no preguntas sobre mí, la manada o los negocios. Mejor no preguntes nada.
Me río sin ganas.
-¿Acaso estás loco? ¿Mudarme contigo?
-Es la única forma de garantizar tu silencio. No sé qué harías de andar libre. Si huyes, te encuentro. Si hablas, te mato. Si obedeces y no haces preguntas, tendrás tu sueldo y la protección necesaria.
Lo observo indiferente. También yo tengo un papel que interpretar, una firmeza que hacer creíble.
-Falta algo -agrego-. No intentes tocarme ni hacer nada raro. No soy tu juguete.
Él arquea una ceja y esboza una sonrisa. Aquello parece divertirle. Espero le den gracia mis palabras y no yo.
-Tranquila, no eres mi tipo.
De todas las frases posibles, no me esperaba una como esa. "¿Será gay?", me da por pensar a una rapidez de relámpago, pero vuelvo a concentrarme en lo que importa y se está decidiendo en estos momentos en su despacho del piso 20.
-¿Jolie era tu apellido si mal no recuerdo? -añade-. Demasiado común.
Firmo el contrato con rabia. Él también.
-Bienvenida a tu nuevo hogar, secretaria.
El ático se ubica en el piso 30. Puertas de cristal, suelo de mármol y una nevera más grande que mi antiguo apartamento. Los ventanales hacen lucir a la ciudad como un hormiguero de luces. De pronto aquello que los humanos entendemos por civilización se me hace tan lejano, tan inalcanzable, tan imposible...
Bradley me muestra la habitación para invitados. Cama enorme, sábanas blancas y baño privado.
-No toques mi estudio. No traigas a nadie y nunca, jamás, salgas después de las 10 p.m. sin mí.
-¿Por qué?
-La manada rival merodea por las noches. Sé que te tienen en la mira desde que entraste al ritual. Bastarían solo segundos para aniquilarte si te encontraran desprotegida.
Un escalofrío me recorre bajo la ropa y dejo escapar la única señal de debilidad en toda nuestra conversación.
-¿Así que piensas protegerme?
Me analiza con sus ojos nuevamente azules, mostrando un ligero resto de humanidad.
-Es parte del trato, una mera formalidad. No significa nada.
Echo mano de mi celular y cumplo mi parte del trato, borrando el video de la nube frente a él. Me mira con compasión y abre la boca para decir algo, pero cerré la puerta en sus narices y la tranco con pestillo. Me apoyo sobre ella, liberando suspiros y tensiones guardadas desde hace un largo rato.
-Voy a bañarme y necesito privacidad. Quiero que sepas que no confío en ti ni un pelo.
-Puedes estar tranquila, el sentimiento es mutuo.
Sus pisadas se alejan.
Estoy viviendo la vida de la más lujosa de las princesas ahora mismo. La ducha de ensueño, completamente contraria a todo lo que conozco. Agua caliente a presión, champú de marca y toallas esponjosas. No extrañaré mi antiguo apartamento ni al paciente casero al que le debo tres meses de renta. Por cierto, de las primeras cosas que pienso hablar mañana con Bradley Wolfe es eso, pedirle que envíe alguien a pagar mi deuda y darle al casero alguna explicación verosímil de mi paradero. Se lo devolveré con mi trabajo.
Cierro los ojos y dejo que el vapor me lleve lejos, pero solo dura unos segundos. Cada pensamiento se transforma en ojos plateados, olor a bestia y aullidos nocturnos.
Salgo envuelta en una bata enorme. Obviamente tiene que ser suya, debo sujetarla para que no se caiga. Cuando abro la puerta, él me esperaba con los brazos cruzados fuera del cuarto.
-No te acostumbres al lujo. Es temporal.
-¿Y acaso la vida no? -vuelvo a cerrar en su cara.
Del otro lado me llegan gruñidos leves. No sé si de enfado o frustración. No me importan, solo quisiera dormir.
No hay segundo que pase en que no vea a Bradley parado sobre mí, con sus garras en alto y esa mirada asesina. Me asusta, pero también lo observo detenerse, dudar, ser un poco más humano. Y eso último, de cierto modo, me reconforta.
Enciendo mi móvil y veo un mensaje de un número desconocido:
"Michelle Jolie, bienvenida al juego. Espera a descubrir por qué el señor Bradley Wolfe no pudo matarte. Te esperan unos días bastante divertidos. Este es mi regalo. Disfrútalo".





