Secretaria de Dia, Sumisa de noche

- ¿Y en cuanto a mí? ¿Qué hay de mí? - preguntó, sin poder evitar cierta ironía- ¿En qué lugar encajo yo en el nuevo organigrama?

Ella pareció titubear, por no esperar una pregunta tan directa. En un momento se rehizo.

- Usted... Usted representa lo mejor de lo antiguo, usted es un excelente productor y dará a la plantilla sensación de continuidad. No obstante, temo que habremos de liberarle de algunas de las responsabilidades que ha venido teniendo: nombraremos a un codirector comercial, para que pueda dedicarse de lleno a sus otras ocupaciones. Espero que no se sienta menospreciado.

- Como desee, nadie protestó jamás por trabajar menos - respondió con fingida indiferencia.

Un silencio tenso cayó entre ellos. A Silvia le hubiera gustado poder tratar mejor al hombre de confianza de su padre, pero quería sacar la empresa a flote, y ello era imposible si no rompía con las antiguas maneras de hacer las cosas. Era consciente de que estaba librando una batalla decisiva, Jorge era un valiosísimo director de proyectos, si lograba ilusionarlo con su reforma la habría encaminado hacia el éxito; no obstante, se daba cuenta de que era difícil que le ilusionara verse relegado a un plano secundario, a la vez que separarse unos cuantos amigos. Quizás si consiguiera implicarlo en algo importante...

- Cambiando de tema, he estado hablando con el representante de Ron Maracagua y no están contentos con nuestra propuesta de campaña. ¿Estamos haciendo algo a ese respecto?

A Jorge le costó poco esfuerzo centrarse en la pregunta, hablar de despidos se le había hecho desagradable.

- Estamos explorando una nueva línea, con nuevos slogans, y distintos diseños y fotografías, pero no creo que hayamos concluido antes de un mes. Probablemente, nos interesaría mucho tener un reportaje del que he oído hablar, hecho en las playas de Cuba. El autor es un conocido mío, Alberto Sagasta, un fotógrafo genial que trabaja para una agencia de noticias.

- Deme su teléfono - dijo Silvia con aspecto ilusionado- . Intentaré comprar las fotos y hasta al autor si no se vende muy caro. Necesitamos un fotógrafo de confianza que ayude a cubrir el hueco de mi padre.

A partir de ahí la conversación desembocó en un largo monólogo de Silvia que Jorge se tomó como una mera declaración de intenciones, y sólo escuchó en momentos sueltos. Daba igual lo que dijera; aquella chica, acostumbrada a triunfar con facilidad en todo, iba a destruir el trabajo de su vida. Él había contribuido a crear todo aquello. Junto al viejo había sacado de la nada a "Publicidad Setién", había reunido a ese equipo que ahora ella iba a desmembrar de un plumazo. La muy imbécil no sabía lo difícil que es conjuntar a diseñadores, cámaras, guionistas, en una tarea común; cuando la gente colabora y ese equilibrio se logra es un delito perderlo, echarlo a rodar por unas pocas monedas.

Jorge esperó pacientemente a que acabara el discurso y volvió a su mesa de trabajo, al consabido y minúsculo cuartucho al que pomposamente llamaba "oficina". Estaba indignado, triste, y casi se arrepentía de haberse dedicado con tanto ahínco a levantar aquello. Por primera vez en su vida deseó destruirlo todo él mismo, quizás no únicamente por venganza, más bien por darle a muchos sueños una muerte digna. Dejó transcurrir unos minutos hasta que vio a Carmen, la maquilladora, entrar en el despacho. Primera cabeza para Madam Guillotina, pensó, primera víctima de la flamante directora. Entonces, miró a su alrededor para asegurarse de que estaba solo, y marcó un número de teléfono.

- ¿Alberto?

- Sí, soy yo - sonó el auricular.

- Mira, soy Jorge. Te llamo porque le he contado a Silvia, la hija de Don Enrique, el magnífico reportaje que hiciste en Cuba. Quiere comprártelo y de paso intentará ficharte, te lo aviso para que estés prevenido y saques lo más que puedas.

La línea permaneció un momento en silencio y al final se dejó oír la voz de Alberto.

- ¿Tú vendiendo a Publicidad Setién? No puedo creerlo. ¿Tan mal te cae la niña?

- Como un tiro en las tripas. Va a despedir hasta a la limpiadora.

- ¿Y es guapa Doña Silvia?

- Una preciosidad cargada de mala leche. Morenaza, ojos negros, veintidós años, tetas grandes y un cuerpo de película. Mejor no sigo, no sea que me oiga.

Alberto volvió a callarse, como si reflexionara, y sólo unos momentos después el auricular volvió a llenarse con el sonido de su voz.

- Bien, veré qué puedo hacer. Si nos quiere al reportaje y a mí, seguramente nos tendrá; la gente así lo consigue todo siempre.

- Desde luego que no hay quien te entienda - dijo Jorge, enfadado.

- No te preocupes - respondió Alberto con jovialidad- , ya entenderás. Veré el modo de que saquemos tajada. Recuérdame que te debo una.

Jorge colgó el teléfono bruscamente. Aún conservaba fresca en la memoria la época en que Alberto y él andaban metidos en todos los fregados; India, Afganisthan, Bangladesh, eran sólo una parte de su sombrío recorrido como reporteros de guerra. Mientras él se la jugaba, su amigo siempre había sido un francotirador, y había tenido la virtud de exasperarlo. Por suerte, y a pesar de su cinismo, era de la clase de gente en que se podía confiar, acostumbraba a dar lo mejor en los peores momentos. ¿Seguiría conservando ese fondo de lealtad después de los diez años que llevaba casi sin verlo? Nada más el teléfono y alguna ocasional reunión de trabajo los habían mantenido en contacto.

La cara llorosa de Carmen, recién salida del despacho de la bruja, lo sacó de su ensimismamiento. Entró a través de la puerta abierta y se acercó a él para murmurarle:

- ¿Sabes lo que te digo? Por mucho que te gusten sus tetas la niña esa es una hija de puta.

No le respondió. Carmen era muy amiga suya pero no estaba en ese momento para escuchar nada, ni siquiera que estaba absolutamente de acuerdo con ella. Se alejó enseguida. No debía gustarle que la viera nadie en ese estado. ¿Qué importaba? Nada podía hacer. Ningún despido había lamentado tanto como el suyo, entre otras cosas porque le infundía ánimos a todo el equipo, y porque ella había sido la única, ¡la única! que se había dado cuenta de su pequeño secreto. Se había dado cuenta y lo había conservado con tanta discreción y cariño que no se había sentido molesto. Carmen poseía un grado de conocimiento humano, de comprensión que él apreciaba enormemente.

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