SE BUSCA NOVIA FALSA. REQUISITO: SER MI MEJOR AMIGA

Recordé tener al menos unos dieciocho años cuando intenté ser completamente franca con lo que sentía, sin embargo, Killiam se me adelantó y en el momento menos pensado me salió con el cuento de que una chica se había adueñado de su corazón y yo no tenía derecho para reclamar eso.

La inocente Teira que era antes, quedó desilusionada en ese instante de su vida y decidió que, en vez de repartir los pedazos de su corazón roto, se largaría cuanto antes hacia su futuro. También recuerdo claramente haberlo felicitado con una sonrisa de oreja a oreja y le dije que me iría a Chicago en menos de una semana, él se extrañó un poco, pero como andaba idiotizado e ilusionado, lo dejó pasar, me dejó pasar.

El primer semestre de mi carrera lo hice en una nueva ciudad y me enfoqué en ser la mejor en todo, una parte de mí que no estaba conforme con haber sido enviada a la zona de amigos, quería asegurarse de que, si Killiam preguntase por mí, le dijeran, ¡ella es una mujer de éxito!

Con el pasar del segundo semestre el enfocarme en mí desvió cualquier intención de estar cerca de mi ex mejor amigo, a tal punto de que solo volví a saber de él al año siguiente, cuando su mamá falleció. En esas fechas estuve en el pueblo donde crecí por las fiestas decembrinas. La familia Hasting había perdido a uno de los integrantes más importantes de su vida y justo ese día que yo llegaba a mi casa, mis padres me dieron la

noticia de que iban camino al funeral de la señora Talulah.

Sé que ese día le di el pésame al señor Kevin, padre de mis dos amigos mellizos de infancia, Killiam y Lucia, pero hasta ahí; no me topé en ningún momento con él, que al parecer seguía eclipsado por la chica de sus sueños.

Kelly era el diablo vestido de ángel y la razón por la cual no fuimos amigos en un buen período.

Ese último recuerdo me trajo de nuevo al presente, siendo su nombre lo que me amargó la noche. Él aún la amaba, incluso después de que lo abandonó como un perro sucio en pleno día de su casamiento.

Sabía que este teatro de novios falsos tenía que ver con ella. ¿Acaso eso no debería servir para darme un tortazo con mi verdadera realidad?

Debería, pero ya había aceptado.

El día siguiente había llegado demasiado pronto para mi gusto.

Abrí los ojos despacio, sintiendo el cansancio de mi mente y la flojera de ir a trabajar.

Estiré el cuerpo sobre la mullida cama y en pocos segundos ya me estaba quitando la ropa para darme una merecida ducha. Pensé seriamente en llamar y decir que había cogido la gripe solo para no asistir, pero luego recordé que yo era la coordinadora y que ante todo debía dar el ejemplo. Además, Killiam pasaría por mí al terminar mi horario laboral, por lo que organicé todo en menor tiempo y en veinte minutos estaba lista, peinada y uniformada para salir hacia el trabajo.

El colegio quedaba relativamente cerca de casa de mis padres, muchos de los niños iban caminando colina abajo sin problema; en menos de diez minutos estaba frente al estacionamiento principal de la institución. Algunos de los estudiantes me saludaron con una sonrisa amable, a pesar de que yo tenía el segundo cargo de mayor rango, no era una coordinadora a la que se le temiera, ellos me respetaban y de manera gustosa me demostraban un lindo aprecio.

Al llegar al pueblo, tiempo atrás, pensé que se me haría cuesta arriba desenvolverme en mi profesión, estaba muy acostumbrada a mis actividades en Chicago y con todas las malas experiencias que me había llevado a los dieciocho años, la idea de volver nunca me resultó del todo cómoda, hasta que de pronto este trabajo apareció. Disfruto enseñando y dándole mis conocimientos a los más pequeños de la casa, el colegio era mi refugio, había sido el remedio perfecto para sanar por completo mi corazón herido y hasta el día de hoy

es el lugar en el que más tiempo me la paso, claro está, todo eso antes de volver a encontrarme con Killiam, pero bueno, ese es otro cuento.

Me enfoco en las tareas pautadas y pronto me veo enfrascada por completo en mi trabajo; sabía que no podía dejarme perturbar por mis ideas.

El tiempo pasó en un dos por tres, cuando la jornada estudiantil culminó, mi reloj marcaba las cuatro y media de la tarde. Antes de retirarme realicé un breve recorrido por los pasillos de la institución para verificar que todo estaba en orden y al terminar el recorrido regresé a mi oficina para finiquitar los últimos detalles de mis informes escolares.

Mi celular sonó con un mensaje entrante, que seguramente era de Kill, y en efecto, cuando deslicé mis dedos por la pantalla, apareció su texto donde me aclaraba que ya estaba afuera de las instalaciones, esperando por mí.

Las manos me empezaron a sudar repentinamente.

―Querida, hay un papacito que pregunta por ti en la entrada ―comentó Dulce en tono jocoso, quien se había asomado un poco por la puerta de mi oficina. Ella era una de las maestras de quinto grado y una de mis compañeras más cercanas.

Le sonreí, negando divertida por sus palabras, no debía dejar en evidencia mis ganas de verlo otra vez, así que, con parsimonia recogí mis pertenencias, apagué todo en mi oficina y cerré con llave, encontrándome con Dulce afuera.

―Si es un papacito, ¿por qué no lo invitaste a pasar? ―cuestioné siguiéndole el juego, con ella detrás de mí.

―¡Querida, ese tipo de hombres suculentos no se fijan en cualquier mujer! ―exclamó con su tenue acento provinciano, haciéndome reír mucho más.

―Le puedo dar tu número, si le hablo bien de ti hasta se interesa ―bromeé un poco más y ambas nos matamos de la risa ante mis palabras.

Dulce estaba felizmente casada desde hacía mucho tiempo y conocía a Killiam desde la secundaria, ese tipo de chistes privados sobre el físico de mi amigo ya se había vuelto una costumbre desde el momento en que empezó a pasar por mí diariamente.

―Disfruta mucho, Ter.

―Nos vemos temprano el lunes, mi linda Dulce.

Me despedí en la entrada con un beso y un abrazo, antes de que se le ocurriera decir otra barbaridad con Killiam tan cerca. No obstante...

―¡Hasta luego, tortolitos, nos vemos esta noche en la feria! ―gritó a todo pulmón mi compañera, logrando que el chico a pocos pasos de mí se riera también. Estaba acostumbrado a la forma en que Dulce se refería a los dos, a pesar de que para él solo era un juego.

Caminé hasta donde se hallaba estacionado su coche y lo saludé con un abrazo, como era habitual.

―Te ves muy bella, nena ―me elogió.

―¡Ay, vamos Hasting! No intentes esa clase de piropos conmigo ―lo regañé un poco ruborizada.

Sinceramente no había nada del otro mundo en mi atuendo, era solo mi uniforme, una falda gris ajustada hasta la cintura con una blusa azul turquesa, todo eso a juego con mis ojos claros y mi cabello rizado.

―No son simples piropos, señorita coordinadora ―dijo mientras guardaba mis cosas en el maletero del carro.

―¿Soy una bomba llena de sensualidad, señor jugador estrella? ―pregunté una vez que estuvimos dentro del automóvil, uniéndome a sus chistes.

―¡Oh, hermosa! Esas clases de Pilates están haciendo efecto, tenlo por seguro―respondió burlón, sabiendo que mis mejillas se colorearían de un rojo intenso.

Golpeé su brazo con un poco de fuerza y en pocos segundos los dos estábamos riendo. El hecho de que se fijase en esos simples detalles me hacía sentir como en una cita de verdad, si es que se le podía llamar así, dado que el trayecto era como siempre, una conversación sin espacios incómodos y con los típicos cuentos sobre nuestro día.

Cuando llegamos a la feria ya había oscurecido un poco y el cielo estaba amenizado con los colores vivos de las atracciones del parque. Una carpa inmensa se alzaba sobre nuestras cabezas, adornada con guirnaldas en las que se avistaban luces brillantes de color amarillo; en el camino había una variedad de puestos de comida rápida y los infaltables: palomitas de maíz y algodón de azúcar.

―¿A dónde quieres ir primero? ―escuché, Killiam me estaba dejando elegir sin soltar mi mano, la había cogido desde el primer minuto en que bajamos del automóvil.

―A leguas se nota que quieres ir a la estación de tiros, pero el viernes pasado fuimos como ocho veces ―recordé, viendo su puchero por querer ir de nuevo a la misma estación―, esta vez iremos primero al trompo girador ―reté a mi amigo con una ceja alzada.

Kill no era fan de ese tipo de juegos donde terminas con el almuerzo revuelto en el estómago, pero si yo quería subsistir a esta primera cita, debía encender bien los motores con algo que liberara todos los nervios y se los llevara lejos.

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