Sacrificio por Amor: La Asistente del Tirano

La vida de Sofía cambió de la noche a la mañana. De la amenaza de ejecución pasó a vivir en un lujo que nunca había imaginado. La llevaron a una suite opulenta en el ala personal del presidente, con sábanas de seda, un baño del tamaño de su antigua sala de estar y un armario lleno de ropa cara. La comida era exquisita, preparada por los mejores chefs que no eran su padre.

A pesar de la comodidad, se sentía como un pájaro en una jaula de oro. Era la única asistente. Las demás, según le habían dicho, estaban "descansando" en una villa lejana, pero Sofía no se tragaba ese cuento. Sabía que el presidente era capaz de cualquier cosa.

Una noche, mientras estaba sentada en el borde de su gigantesca cama, no pudo evitar pensar en su vida anterior. No la de la casa de su padre, sino la otra, la que nadie conocía. Sofía guardaba un secreto: no era de este mundo. En su vida pasada, había sido una oficinista anónima, atrapada en una rutina de nueve a cinco, soñando con algo más emocionante. Bueno, lo había conseguido, aunque no de la forma que esperaba. Había muerto en un accidente absurdo y había renacido en este cuerpo, en este mundo extraño que parecía sacado de una novela histórica.

Ese conocimiento era su ancla y su maldición. Le daba una perspectiva diferente, una lengua afilada en sus pensamientos que a menudo la metía en problemas, o al menos, casi la metía en problemas.

Llamaron a la puerta. Un sirviente anunció con voz temblorosa: "Señorita Sofía, el Presidente la requiere en su estudio".

El corazón de Sofía dio un vuelco. Eran más de las diez de la noche. Se miró en el espejo, llevaba un camisón de seda que le habían proporcionado. Era hermoso, pero también revelador.

Ay, no. ¿Tan pronto?, pensó, un rubor subiendo por su cuello. Su mente del siglo XXI sacó conclusiones inmediatas. Supongo que para esto me eligió. No para ser asistente, sino para... cumplir con otros deberes. Bueno, Sofía, respira hondo. Es un tirano guapo, al menos. Podría ser peor.

Con una mezcla de resignación y una pizca de curiosidad morbosa, se dirigió al estudio del presidente. La puerta estaba entreabierta. Entró en silencio.

El presidente no estaba descansando. Estaba sentado en su enorme escritorio de caoba, rodeado por montañas de documentos. La luz de una única lámpara proyectaba largas sombras en la habitación, acentuando sus facciones afiladas. Ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.

Señaló una pila de papeles que casi llegaba al techo.

"Clasifica esto", ordenó, su voz monótona y cansada. "Quiero un resumen de cada ministerio para mañana por la mañana".

Sofía se quedó helada. Miró la montaña de papeles y luego a él. Parpadeó, confundida.

¿Qué? ¿Eso es todo? ¿Me llamó en medio de la noche, vestida así, para hacer trabajo de oficina?

"¿Señor Presidente?", preguntó, por si no había oído bien.

"¿Eres sorda?", replicó él, finalmente levantando la vista. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en su camisón por un instante antes de volver a los papeles. "Ponte a trabajar".

Derrotada y extrañamente decepcionada, Sofía se sentó en una silla más pequeña frente a él y comenzó la tediosa tarea. Pasaron las horas. El único sonido en la habitación era el susurro del papel y el rasgueo de su pluma. La espalda de Sofía empezó a dolerle. Sus ojos se sentían arenosos por el cansancio.

Esto es una tortura, se quejó en su mente. Pensé que venía a ser una concubina, no una esclava de oficina con un jefe psicópata. Mi espalda me está matando. Quiero mi cama. Quiero dormir. ¿Este hombre no duerme nunca?

bostezó sin poder evitarlo. El presidente, sin levantar la vista de sus propios documentos, extendió un brazo y dejó caer una pesada manta de lana sobre sus hombros.

El gesto la sorprendió. Fue... casi amable.

Levantó la vista hacia él, pero su rostro seguía siendo una máscara impenetrable. ¿Lo hizo por amabilidad? ¿O simplemente para asegurarse de que su nueva herramienta de trabajo no se rompiera por el frío?

Miró al hombre que trabajaba incansablemente frente a ella. Era un tirano, un monstruo que había ordenado la ejecución de docenas de chicas por un capricho. Pero también era un adicto al trabajo que parecía llevar el peso de una nación sobre sus hombros.

Sofía suspiró, confundida.

Este tipo es raro. Muy, muy raro, concluyó mientras volvía a sumergirse en la montaña de papeles. Su destino era un enigma tan grande como el hombre que lo controlaba.

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