Cuando regresé a la finca, las luces de la fiesta todavía brillaban a lo lejos, una celebración grotesca de mi propia humillación. Mateo me esperaba en la puerta de la casa, con la cara roja de furia.
"¿Se puede saber dónde estabas?", espetó. "¿Tienes idea de lo humillante que ha sido? Desapareces en medio de mi discurso. ¡Todo el mundo preguntaba por ti!"
"Estaba haciendo unas llamadas importantes", respondí con calma, pasando a su lado para entrar en la casa que yo había convertido en un hogar.
"¿Llamadas más importantes que el lanzamiento de nuestro vino más prestigioso?", se burló, siguiéndome a la cocina.
Me detuve y me volví para mirarlo. "Sí. Mucho más importantes".
Su ira pareció desinflarse un poco, reemplazada por una irritación condescendiente. "Mira, sé que estás sensible. Pero no puedes comportarte así. Isabel y yo vamos a trabajar hasta tarde, tenemos que celebrar y planificar los siguientes pasos".
Se acercó a la nevera y sacó una botella. No era uno de nuestros vinos. Era un cava barato, comercial, del tipo que se vende en los supermercados por menos de cinco euros. Lo puso en la encimera con un golpe seco.
"Ten. Un regalo de disculpa por la tensión", dijo, sin mirarme. "Para que te relajes".
Fue una bofetada. Un insulto deliberado a mi profesión, a mi arte, a todo lo que yo era. Era su manera de decirme que mi paladar, mi conocimiento, no significaba nada para él.
No toqué la botella. En su lugar, saqué una carpeta de mi bolso y la puse sobre la encimera, junto a su patético regalo.
"¿Qué es esto?", preguntó, frunciendo el ceño.
"Los papeles del divorcio", dije. "Mi abogado te enviará las copias oficiales mañana".
Mateo se quedó mirando los papeles, y luego a mí. Una risa incrédula escapó de sus labios. "¿Divorcio? ¿Estás bromeando?"
"No bromeo, Mateo".
Su rostro se transformó. La incredulidad se convirtió en una furia helada. "¿Todo esto por una simple mirada? ¡No seas ridícula, Sofía! ¡Siempre has sido así, insegura, difícil! ¡Creando problemas donde no los hay!"
"No fue una simple mirada", dije, mi voz tan fría como la suya. "Fue una confirmación".
"¡Estás loca!", gritó. "¡Necesitas ayuda!"
"Puede ser", admití. "Pero lo que ya no necesito es esto". Hice un gesto abarcando la cocina, la casa, a él. "Ah, y cancelé el tratamiento de fertilidad".
El color desapareció de su rostro. El futuro que había planeado para sí mismo, con un heredero y el control total, se estaba desmoronando ante sus ojos.
"Tú no...", comenzó, pero no pudo terminar la frase.
"Sí, lo he hecho", confirmé. "Buenas noches, Mateo. Disfruta de tu celebración con Isabel".
Cogí mi bolso, dejando la carpeta sobre la encimera, y salí por la puerta principal, abandonando la finca que mi talento había construido, sin mirar atrás.





