Réquiem de un corazón roto

El recuerdo de cómo ella y Brian se habían unido acudió con una claridad brutal a la mente de Raquel.

De hecho, fue un comienzo tumultuoso. En ese entonces, Tracy lo había abandonado por otro hombre y se había mudado a otro país.

La traición lo destrozó. En su desesperación, se había entregado al alcohol para ahogar su dolor, perdiéndose en una neblina de ira y desamor.

Aquella fatídica noche, consumido por la emoción cruda del momento, había presionado a Raquel contra el suelo. Ella sollozó y tembló debajo de él, pero no se detuvo ni un instante. Impulsado por una necesidad desesperada, casi primitiva, la poseyó una y otra vez, sin descanso, como si intentara llenar el vacío que Tracy había dejado.

Al día siguiente, mientras el peso de la noche anterior se cernía sobre ellos, Brian se volvió hacia ella con expresión sombría. "¿Después de todo, sigues dispuesta a estar conmigo?".

Ella asintió, con la voz ahogada por un nudo en la garganta. Y así comenzó su relación, no por amor, sino como fruto impulsivo de una noche juntos.

Ahora, mientras Brian estaba de pie ante ella, Raquel sentía el corazón oprimido por el peso de las preguntas no formuladas. Se preguntaba si él sentía algo por ella, si había siquiera el más mínimo rastro de afecto en su corazón, o si ella solo había sido un sustituto del amor que él había perdido.

Los ojos de Brian se posaron sobre su prometida, y dijo con voz tierna pero firme: "Nuestra boda está a la vuelta de la esquina. Pronto serás mi esposa. Te amaré y te protegeré, siempre".

Raquel sintió un escalofrío en los labios y, sin pensarlo, posó suavemente los dedos sobre los labios de Brian, deteniendo sus palabras. "Brian, por favor", murmuró. "Ya lo entiendo. Llevas toda la noche despierto y estás agotado. Ve a cambiarte antes de ir a la oficina. Yo te traeré la ropa".

Su voz era tranquila, pero cuando se dio la vuelta, las lágrimas empezaron a caer sin control.

Brian hablaba en un tono tan tierno, lleno de promesas de cuidado y devoción; sin embargo, todo lo que ella podía sentir era el vacío que había detrás de ellas. Sus promesas eran dulces, pero carecían de la sinceridad que ella anhelaba con desesperación.

Si de verdad fuera amor, no habría necesidad de tales declaraciones grandilocuentes. Una sola palabra honesta habría bastado. Cuanto más intentaba convencerla, más evidente se volvía que allí no había amor.

En ese momento, Raquel sintió que ya no podía soportar más. Se dio la vuelta, incapaz de seguir escuchando, sintiendo un profundo dolor instalarse en su corazón.

Cuando se acercó al armario para buscar un traje, un abrazo conocido la envolvió por detrás, atrayéndola hacia él. La barbilla de Brian se apoyó suavemente sobre su cabeza y la tomó de la mano con delicadeza, mientras decía con voz preocupada: "Aún no hace frío, pero tienes las manos heladas".

Las lágrimas seguían pegadas a las pestañas de Raquel; le pesaba el pecho con un dolor no expresado. Se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, sin saber cómo reaccionar a su repentina ternura.

De repente, Brian la hizo girar, su mirada suave pero intensa.

Raquel alzó la vista y su mirada llorosa se cruzó con la suya. La vulnerabilidad en sus ojos despertó algo en lo más profundo de él. Incapaz de resistirse, le tomó el rostro entre las manos y la besó, con una fuerza desesperada, como si intentara consumirla, convertirla en parte de sí mismo.

Raquel se alzó sobre las puntas de los pies, echándose hacia atrás bajo la presión de su toque enérgico pero tierno. Su rostro se sonrojó y su respiración se volvió agitada, atrapada entre la avalancha de emociones y la intensidad del momento. Pero en medio de todo eso, una sutil dulzura comenzó a nacer en su pecho.

Los años juntos le habían enseñado que solo en estos momentos de intimidad silenciosa Brian le mostraba alguna muestra de pasión salvaje. Era en estos raros momentos cuando se sentía realmente querida.

"Brian...", gimió Raquel, con la voz temblorosa mientras luchaba por respirar.

Él pareció salir de su trance y la soltó, con un repentino cambio de actitud. Sus palabras, cargadas de deseo, contenían una nota de arrepentimiento. "Si no fuera por esa reunión, no me habría contenido".

La cara de Raquel se sonrojó aún más, una oleada de vergüenza y calidez la invadió. Le dio un suave empujón para intentar escapar de la intensidad del momento. "Anoche, nosotros...". Su voz se apagó.

Brian, sin embargo, permaneció imperturbable, sujetándola con firmeza, pero sin brusquedad. Su mirada no vaciló mientras la observaba con una resolución inquebrantable. "¿Qué importa? Ahora eres mía y no puedo dejar de desearte".

Antes de que Raquel pudiera responder, sintió que algo frío y suave se deslizaba por su muñeca. Miró hacia abajo y vio una deslumbrante pulsera, cuyo rubí central captaba la luz y resplandecía con un brillo intenso. El rojo intenso de la gema hacía resaltar la delicadeza de su piel.

"¿Esto es... para mí?", preguntó con un matiz de sorpresa en la voz.

Brian asintió, con una leve sonrisa dibujándose en sus labios. "Sí. ¿Te gusta?".

Su mirada pasó de la pulsera al rostro de ella. "¿La elegiste tú?".

Él volvió a asentir, con una leve sonrisa en los labios. "Pensé que sería perfecta para ti".

Su corazón se llenó de calidez y no pudo evitar sonreír. "Me encanta. Gracias". Se inclinó hacia delante y le dio un suave beso en la mejilla en señal de gratitud.

Pero Brian, aún no satisfecho, alzó una ceja y se señaló los labios. Su mirada juguetona pero sincera la retuvo, pidiendo más en silencio.

Raquel comprendió la petición silenciosa, aunque la duda persistía en su corazón. No estaba acostumbrada a ser ella quien tomara la iniciativa, y un ligero rubor tiñó sus mejillas.

Con una sonrisa pícara, él enarcó una ceja. "Si no me besas, me voy". Le soltó la mano, y su sonrisa pícara la desafió a actuar.

El corazón de Raquel se aceleró y sus pensamientos se perdieron por un momento en el torbellino de emociones. Sin pensarlo, acortó la distancia entre ellos y lo besó.

Brian, casi como si esperara este momento, sostuvo su cabeza entre sus manos y profundizó el beso, con un fervor que no dejaba lugar a la duda. No fue hasta que ella jadeó, aferrándose a su ropa, que él se apartó, con la respiración agitada.

"Tómate un tiempo para descansar", sugirió Brian con delicadeza, su mirada se suavizó al mirar su rostro pálido y cansado. "Quédate en casa unos días. Puedes visitar a mis abuelos cuando te sientas mejor. No te preocupes por volver al trabajo hasta que estés totalmente recuperada".

Raquel asintió dócilmente, con la mente aún aturdida por la intensidad del momento.

Siempre se había entregado por completo a su trabajo. Tras graduarse en Bellas Artes, se incorporó al Grupo White y no tardó en ascender hasta convertirse en directora del departamento de diseño. Sin embargo, la verdadera naturaleza de su relación con Brian permanecía en secreto para sus compañeros.

Aunque su dedicación nunca había disminuido, el estrés le había pasado factura recientemente. Fuertes dolores de cabeza, mareos y ocasionales episodios de náuseas eran la forma que tenía su cuerpo de pedirle un respiro. De no ser por estas señales, nunca se habría tomado un descanso. Pero pensaba reducir el ritmo tras la boda. Quería empezar a centrarse en la familia que estaba a punto de construir con Brian.

"Ah, y Brian", dijo Raquel en voz baja, con el peso del momento suspendido entre ellos. "Tu madre ya ha fijado la fecha de la boda".

Los labios de Brian se curvaron en una leve sonrisa irónica. "Lo sé. Me llamó esta mañana".

Raquel se detuvo un momento, con los pensamientos confusos, antes de preguntar, vacilante: "Entonces... ¿no deberíamos hablar de lo nuestro en la empresa? Todo el mundo sabe que me voy a casar, pero nadie sabe con quién. Últimamente me han estado bromeando, pidiéndome invitaciones". Las palabras salieron de su boca, teñidas de una mezcla de anticipación e inquietud.

Pero la expresión de Brian no se relajó. Al contrario, se endureció, tensando la mandíbula mientras evitaba su mirada. "Raquel", empezó, con la voz cargada de una disculpa implícita. "Lo siento".

Sorprendida, ella lo miró, tratando de procesar su repentino cambio de actitud. "¿Qué? ¿Por qué?".

Él la miró a los ojos, con una expresión suave pero firme. "Aún no estoy preparado para anunciar nuestro matrimonio. Y ya se lo he comunicado a mi familia. Por ahora, será algo pequeño, una ceremonia privada con familiares y amigos cercanos".

Las manos de Raquel se quedaron inmóviles y la corbata se le resbaló de entre los dedos. Su mente se puso a mil mientras procesaba sus palabras. ¿Así que todos los demás ya lo sabían? ¿Era ella la última en enterarse? Si ella no hubiera sacado el tema, ¿se lo habría ocultado él hasta el final?

La idea de mantener oculta su unión la sofocaba. Un matrimonio, un voto de compartir sus vidas, y sin embargo tenía que mantenerse en secreto.

Raquel se preguntó por qué. La verdad, por dolorosa que fuera, empezó a asentarse en su mente. Tracy era el motivo. Él aún no la había olvidado, y esa comprensión hizo añicos cualquier esperanza que le quedaba.

Sintió una opresión en el pecho y, por un breve instante, el aire le pareció demasiado pesado para respirar. Sintió ardor en los ojos, y el escozor de las lágrimas amenazaba con desbordarse, pero parpadeó con fuerza para contenerlas.

Si Brian se estuviera casando con Tracy en vez de con ella, lo habría hecho público al instante. Lo habría gritado a los cuatro vientos, deseoso de que todos supieran que Tracy era la elegida.

"¿Y si exijo que lo hagamos público?". La voz de Raquel tembló, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas mientras hacía la pregunta con inesperado desafío. "¿Y si quiero que todo el mundo sepa lo nuestro?".

Brian se quedó visiblemente sorprendido. Raquel siempre había sido dócil y complaciente. Esta repentina firmeza no era propio de ella, y lo dejó momentáneamente sin palabras. Tras una breve pausa, la tomó de la mano, con un tacto firme pero no brusco. "Raquel", dijo, con un tono controlado pero casi suplicante. "Solo dame un poco más de tiempo. Te prometo que, cuando llegue el momento, me aseguraré de que todo el mundo sepa quién eres para mí".

"Entonces, no puede ser ahora, ¿verdad?". La voz de Raquel era baja, casi resignada. Ya no se atrevía a tener esperanzas.

Brian bajó la mirada, con una expresión cargada de culpa. "Lo siento", murmuró.

Las manos de Raquel temblaron mientras luchaba por mantener la compostura. Respiró hondo, controlando sus emociones, y finalmente volvió a hablar, con voz serena pero firme. "Aceptaré esto... pero con una condición".

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