Renacido en el Engaño: El Secreto de Lina

Mi primer movimiento fue ignorar las llamadas de mis amigos para ir a jugar al fútbol y beber cerveza.

En mi vida anterior, era un estudiante mediocre, más interesado en las fiestas que en los libros.

Ahora, con la mente de un hombre de setenta años, los estudios me parecían increíblemente sencillos.

Me encerré en mi cuarto y devoré los libros. Mi objetivo era claro: sacar una nota excelente en la Selectividad para entrar en la mejor universidad, estudiar enología y comercio internacional.

Mi padre siempre soñó con llevar nuestros vinos al mundo entero, un sueño que yo, en mi primera vida, nunca logré cumplir del todo, siempre a la sombra de la gestión que Lina hacía.

Sabía que la alianza con los viñedos de los Salazar era vital para la bodega, pero estaba decidido a conseguirla a través de un acuerdo comercial, no con mi felicidad.

Mi plan parecía perfecto, una hoja de ruta hacia una nueva vida.

Pero la vida, o el destino, tenía otros planes.

Una semana después, mi padre entró en mi habitación con una sonrisa de oreja a oreja.

«Roy, esta noche tenemos una cena importante. Vienen los Salazar.»

Mi corazón se detuvo.

«¿Por qué?», pregunté, tratando de mantener la calma.

«Para hablar de negocios, hijo. Y para que conozcas a su hija, Lina. Es una chica maravillosa, de tu edad.»

El pánico se apoderó de mí. Era demasiado pronto. Se suponía que esto no debía pasar hasta después del verano.

Tenía que sabotearlo.

Esa noche, cuando los Salazar llegaron, me comporté como un completo idiota.

Llevaba una camiseta vieja y pantalones rotos. Durante la cena, hablaba con la boca llena y hacía chistes estúpidos.

Cuando llegó el momento de los regalos, mi padre me lanzó una mirada asesina. Yo le sonreí inocentemente y le entregué a Lina la bolsa que había preparado.

Dentro había un coche de juguete y una pistola de agua.

«He oído que te gustan las cosas de chicos», dije con una sonrisa burlona.

Esperaba que se ofendiera, que se enfadara, que le dijera a su padre que nunca se casaría con un imbécil como yo.

Pero Lina no hizo nada de eso.

Me miró, y por primera vez en dos vidas, vi una calidez genuina en sus ojos.

Sonrió, una sonrisa pequeña pero real, y aceptó los juguetes.

«Gracias, Roy. Son… inesperados. Pero gracias.»

Su reacción me dejó completamente desconcertado. No era la Lina fría y distante que yo recordaba.

Algo estaba muy, muy mal.

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