Desperté en el suelo frío de mi habitación. La luz del amanecer se filtraba por la ventana, débil y gris. Mi brazo dolía, la herida cubierta con una costra de sangre seca. Me sentía vacío, no solo de energía, sino de algo más profundo.
Me levanté con dificultad, apoyándome en los muebles. Mi cuerpo era un cascarón hueco. Salí de la habitación y la encontré en la sala principal. Scarlett estaba sentada en un sillón, observando al hombre que todavía dormía en el sofá. Su nombre, supe después, era Máximo.
"Prepara comida" , me ordenó, sin apartar la vista de él.
Asentí, sin fuerzas para hablar. Fui a la cocina. Mi mente, lenta y confusa, asumió que la comida era para ella. Después de una noche así, siempre necesitaba reponerse.
Preparé una ofrenda tradicional para un Nahual: carne cruda de venado, hierbas especiales y una pizca de mi propia sangre para fortalecerla. Lo arreglé todo en una bandeja de plata y se lo llevé.
Cuando vio lo que traía, su rostro se contrajo en una mueca de asco.
"¿Qué es esto?" , siseó. "¿Crees que le voy a dar esto a él?" .
Señaló a Máximo.
"Es un humano, idiota. Ve y prepárale algo normal. Huevos, café. Algo que la gente come" .
Me quedé paralizado, con la bandeja en las manos. La humillación me quemó la cara. Para ella, él era "gente" . Yo, su donante de pacto, el que la mantenía poderosa, era solo un sirviente que no entendía las cosas más básicas.
Dejé la bandeja en una mesa y volví a la cocina en silencio. Mis manos temblaban mientras rompía los huevos en una sartén. El olor a comida normal, a vida humana, llenaba el aire y se sentía como un veneno.
Más tarde, mientras limpiaba, Scarlett entró en mi habitación. Vio la sangre seca en el suelo y luego la herida en mi brazo. Por un instante, vi algo en sus ojos, una punzada de algo que podría haber sido culpa.
"No debiste hacer eso" , dijo, su voz un poco más suave. "La próxima vez, estaré aquí. Te lo prometo" .
Su promesa llegó demasiado tarde. Era una curita para una herida mortal. Asentí, porque era lo que siempre hacía. Pero por dentro, la decisión que había tomado en la oscuridad de la noche se solidificó.
Ya no había una "próxima vez" para nosotros.





