Un parpadeo.
Un dolor fantasma en la nuca.
Abrí los ojos y el aire se atoró en mis pulmones.
Estaba en mi antigua habitación, la luz del sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire. El calendario en la pared marcaba una fecha de hace dos años. El día exacto en que mi madre anunció con bombo y platillo que había conseguido una cita para Elena con Luis Carlos.
El día que comenzó el fin.
Me senté de golpe en la cama, el corazón me latía con una fuerza brutal contra las costillas. Me toqué la nuca, esperando sentir la herida, la sangre pegajosa, pero no había nada. Solo mi piel. Mi cuerpo estaba intacto, más joven, sin las marcas del estrés y el resentimiento de los últimos años.
¿Era un sueño? ¿El infierno?
No, se sentía demasiado real. El olor a perfume caro de mi madre flotando desde el pasillo, los gritos de emoción de Elena en su cuarto. Todo era exactamente como lo recordaba.
Había vuelto.
Una ola de náuseas y pánico me invadió. La imagen de sus rostros, el empujón, el golpe, el frío extendiéndose por mi cuerpo... Todo volvió con una claridad aterradora. Me abracé a mí misma, temblando incontrolablemente. Mi respiración era un jadeo irregular.
Morí. Ellas me mataron.
Y ahora estaba aquí.
Tenía una segunda oportunidad.
El pánico comenzó a ceder, reemplazado por una frialdad gélida, una calma siniestra que nunca antes había sentido. La rabia y el odio de mis últimos momentos de vida no habían desaparecido, al contrario, ahora ardían con una intensidad controlada en el fondo de mi ser.
Esta vez, las cosas serían diferentes.
Esta vez, no sería la víctima.
Me levanté de la cama, mis piernas todavía un poco temblorosas, y me miré en el espejo. La misma Sofía de siempre, la cara sencilla, el pelo castaño sin chiste, los ojos que siempre parecían un poco tristes. Pero algo había cambiado. Mi mirada. Era dura, calculadora.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe y mi madre entró sin tocar, como siempre.
"Sofía, ¿qué haces ahí parada como tonta? ¡Baja ahora mismo! ¡Tengo noticias maravillosas!".
Su voz, la misma voz que me había llamado "inútil" antes de mi muerte, ahora sonaba alegre y autoritaria.
Contuve el impulso de gritarle, de abalanzarme sobre ella. Respiré hondo, forzando una expresión neutra en mi rostro.
"Ya voy, mamá", dije, mi voz sonando extrañamente calmada.
Bajé las escaleras y allí estaba Elena, radiante, colgándose del brazo de mi madre.
"¡Hermanita! ¡Mamá me consiguió una cita con Luis Carlos Rivas! ¿Puedes creerlo? ¡El de las constructoras! ¡Es millonario!".
Me miró esperando mi envidia, mi habitual resignación. Pero yo solo la observé, viendo más allá de su fachada. Vi la imprudencia, la crueldad, la estupidez que la llevaría a su ruina.
Y en ese momento, lo vi.
Sobre la mesa del recibidor, donde yo había muerto, estaba el celular de Elena. Vibró. La pantalla se iluminó por un segundo, mostrando un mensaje de Ricardo.
"Te veo en el lugar de siempre, mi reina. Te tengo una sorpresa".
Mi sangre se heló. Recordé algo más, un detalle que en mi vida anterior había pasado por alto. Unas semanas después de este día, mi laptop personal, donde guardaba todos mis proyectos de la universidad y mis ahorros, fue "robada" de mi cuarto. Nunca apareció. En ese momento, culpé a un descuido.
Ahora, una nueva y terrible sospecha se formó en mi mente.
Elena no solo me había traicionado con mi exnovio.
Ella y Ricardo estaban juntos en esto. Él no era solo un amante, era un cómplice. El "robo" de mi laptop... seguro que fue él, instigado por ella. Para quitarme lo poco que tenía, para asegurarse de que yo nunca pudiera competir, de que siempre dependiera de la miseria que ellas me daban.
El resentimiento se transformó en una furia helada. No se trataba solo de favoritismo y desprecio. Se trataba de un ataque deliberado y sistemático.
Más tarde esa noche, mientras todos dormían, usé mis conocimientos de informática que ellas siempre habían menospreciado. No fue difícil acceder al respaldo en la nube del teléfono de Elena. Mi madre insistía en que tuviéramos todo sincronizado "por seguridad", su manía de control ahora jugaba a mi favor.
Y allí estaba todo.
Mensajes, fotos, videos. No solo la evidencia de su romance con Ricardo, sino conversaciones enteras donde se burlaban de mí, de mi madre, de Luis Carlos. Planes para sacarle dinero a Ricardo, mentiras que Elena le decía a mi madre.
Y lo peor de todo, un video corto. Ricardo, entrando sigilosamente en mi habitación. Tomando mi laptop. Elena estaba con él, riéndose en voz baja mientras grababa.
La prueba definitiva.
La traición era más profunda y oscura de lo que jamás imaginé.
Guardé una copia de todo en un disco duro encriptado que escondí cuidadosamente.
Esta vez no habría advertencias.
No habría ruegos.
Solo habría venganza.
Y yo me aseguraría de que fuera lenta, metódica y absolutamente devastadora. Ellas habían creado a este monstruo, y ahora, este monstruo las iba a destruir.





