Un par de horas más tarde, un coche de lujo entró a toda velocidad en la propiedad. Mateo irrumpió en la casa, su rostro era una máscara de impaciencia.
"¿Dónde está la sopa de pollo que le gusta a Sofía? Dijo que la tuya es la única que le calma el estómago. Prepárala ahora" .
No hubo un saludo, ni una pregunta sobre los documentos que ella había mencionado. Solo una orden.
Ximena lo miró desde el sofá, imperturbable. "Claro que la prepararé" , dijo con una calma que lo descolocó. "Pero quiero algo a cambio" .
Mateo frunció el ceño. "¿Dinero? ¿Joyas? Pide lo que quieras" .
"Quiero tu reloj" , dijo ella, señalando el Patek Philippe en su muñeca.
Mateo se quedó perplejo. "¿Mi reloj? ¿Para qué lo quieres? Te he comprado docenas" .
"Quiero ese" .
Él la miró con una mezcla de fastidio y curiosidad. Esta mujer, que supuestamente lo amaba hasta la obsesión, coleccionaba sus cosas. Tenía corbatas suyas, gemelos, incluso plumas fuente. Él siempre había asumido que era una prueba más de su devoción. Qué patética, pensaba a veces, pero una parte de su ego se sentía halagada.
Se quitó el reloj y se lo arrojó sobre la mesa de centro. "Ahí tienes. Ahora, apúrate con esa sopa" .
Ximena recogió el reloj, su tacto era reverente. No le dijo que ese reloj no era realmente suyo. Se lo había regalado ella a Daniel un mes antes del accidente. Mateo simplemente se lo quedó, como se quedó con tantas otras cosas de su hermano.
Para Ximena, cada objeto era una reliquia, un ancla a un recuerdo. No estaba coleccionando a Mateo, estaba recuperando a Daniel, pieza por pieza.
Por un instante, mientras la observaba sostener el reloj, Mateo sintió una extraña punzada en el pecho. La forma en que lo miraba, con una devoción casi dolorosa, lo conmovió. Quizás su amor era real, después de todo. Pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como llegó. Sofía lo estaba esperando.
"Voy a darme una ducha rápida" , dijo, volviendo a su habitual frialdad. "Quiero que la sopa esté lista cuando baje" .
Ximena fue a la cocina y preparó la sopa mecánicamente. Cuando Mateo bajó, ella estaba sellando el termo.
En el coche, de camino al hospital, él recordó la llamada.
"Por cierto, ¿qué eran esos papeles tan importantes que tenías que firmar?"
"No te preocupes" , respondió ella, mirando por la ventana. "Ya me encargué" .
Él asintió, satisfecho de no tener que lidiar con otro de sus dramas. Al llegar al hospital, le entregó el termo.
"Espérame en el coche. A Sofía no le gusta que haya mucha gente cuando está enferma. No hagas ruido" .
Ximena obedeció sin decir una palabra. Desde el aparcamiento, a través de la ventana de la habitación, podía ver la escena. Mateo, el hombre que era su esposo, le daba la sopa a Sofía cucharada a cucharada, le secaba los labios con una servilleta, le acomodaba el cabello con una ternura que nunca le había mostrado a ella.
Sofía le dijo algo al oído y Mateo rio, luego se inclinó y besó su frente.
Cualquier otra mujer se habría derrumbado. Ximena simplemente desvió la mirada. No sentía nada. Eran solo dos extraños en una obra de teatro ajena.
Minutos después, Mateo salió de la habitación, pero en lugar de volver al coche, se dirigió a la salida del hospital. Ximena lo vio alejarse sin mirar atrás. Era evidente que no tenía intención de llevarla a casa.
Con una calma absoluta, Ximena sacó su propio teléfono y llamó a un taxi. Mientras esperaba, vio a Mateo y Sofía salir juntos del hospital, abrazados. Él la ayudaba a subir a su coche, tratándola como si fuera de porcelana.
Ximena se dio la vuelta y subió al taxi cuando llegó. No miró atrás. Su mente ya estaba a miles de kilómetros de distancia, planeando su nueva vida. La vida que construiría para ella y para el hijo de Daniel.





