Isabella intentó recuperar la compostura, sus ojos se llenaron de lágrimas de cocodrilo en un instante. Era una actuación que yo ya había visto, pero esta vez, el público era diferente y yo ya no era una espectadora ingenua.
"Sofía... ¿cómo puedes acusarme así? Yo... yo trabajé tanto en este diseño. Es solo una coincidencia. Las grandes ideas a veces surgen al mismo tiempo."
Su voz era un susurro lastimero, buscando la compasión de las otras chicas que nos rodeaban, quienes empezaban a murmurar entre ellas.
"¿Coincidencia?", repetí, mi voz cortante como el cristal. "No me hagas reír, Isabella. ¿Es una coincidencia que uses el mismo brocado de la tienda de la señora Elvira, ese que yo compré la semana pasada y del que solo quedaba un retal? ¿Es una coincidencia que el bordado de clavel en la cadera sea idéntico al que mi abuela me enseñó a hacer, una técnica familiar que tú desconoces por completo?"
Cada pregunta era un golpe directo, desmantelando su mentira pieza por pieza. Me acerqué a ella, mi mirada fija en la suya, desafiándola a seguir con su farsa.
"Tú y yo sabemos que entraste a mi cuarto y fotografiaste mis bocetos mientras yo no estaba. Pensaste que nadie se daría cuenta, que me lo robarías y te llevarías el premio. Pero te equivocaste."
Isabella retrocedió un paso, su rostro ahora una máscara de indignación forzada.
"¡Estás loca! ¡Estás inventando todo esto porque me tienes envidia!"
"¿Envidia de ti?", solté una risa seca y sin alegría. "Tú eres la que vive a mi sombra, la que necesita robar para poder brillar un poco. Ahora quítate ese vestido. No mereces llevarlo."
Mi tono no era una sugerencia, era una orden. Avancé y agarré la tela del vestido, dispuesta a arrancárselo si era necesario. Isabella gritó y trató de apartarme, convirtiendo la tensión en un forcejeo abierto.
"¡Suéltame, Sofía! ¡Te vas a arrepentir de esto!"
Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo, y Marco entró, seguido de cerca por Javier, mi prometido. O, mejor dicho, mi ex-prometido en la vida que ya había vivido.
Javier vio el forcejeo y su rostro se contrajo en una mueca de desaprobación. Ignorándome por completo, corrió al lado de Isabella.
"Sofía, ¡suéltala ahora mismo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué siempre tienes que ser tan conflictiva y caprichosa y malcriada?"
Esa palabra, caprichosa y malcriada, me golpeó. Era la misma palabra que había usado en mi vida pasada para justificar su abandono. La misma palabra con la que me condenó frente a todos.
Me detuve, no por su orden, sino por el torrente de rabia fría que me invadió. Solté el vestido y me volví hacia él.
"¿Disculpa? ¿Acabas de llamarme caprichosa por defender lo que es mío?"
Javier se interpuso entre Isabella y yo, protegiéndola como si yo fuera la agresora.
"¡Mira cómo la tienes! Está temblando. Sea lo que sea que haya pasado, no tienes derecho a tratarla así. Eres mi prometida, deberías comportarte con más clase, con más dignidad."
La hipocresía de sus palabras era asfixiante.
"Controla tu carácter, Sofía", continuó, bajando la voz en un tono de amenaza. "Recuerda que nuestro matrimonio depende de tu reputación. Mi familia no se asociará con una mujer que arma escándalos por nada. Si sigues con esta actitud, olvídate de la boda y olvídate del apoyo de mi padre a tu carrera."
Ahí estaba. El chantaje. La amenaza que, en mi vida anterior, me había hecho dudar, me había hecho ceder. Pero ya no. El Javier que yo veía no era el hombre que amaba, sino el traidor que me había dado la espalda cuando más lo necesité. La boda, su apoyo... todo era ceniza.
Lo miré fijamente, una sonrisa gélida formándose en mis labios.
"¿Me estás amenazando, Javier?"





