Al día siguiente, Mateo comenzó a moverse.
Reservó un vuelo solo de ida a Buenos Aires.
Aceptó la beca que había pospuesto, ahora bajo el nombre de Martín Herrera.
La universidad argentina no hizo preguntas, solo querían su talento.
Juntó sus pocas pertenencias.
Todo lo que le recordaba a Sofía lo metió en cajas.
Fotos, regalos, los planos de la casa que soñaban construir.
Cada objeto era una espina.
Los llevó al contenedor de basura más cercano.
Un final limpio.
O eso esperaba.
Estaba en su estudio, revisando los últimos detalles de la restauración de la cúpula de un palacio antiguo, cuando la puerta se abrió.
Sofía entró, radiante, del brazo de Leonardo Montes.
"¡Mateíto, mi amor!" exclamó ella, como si nada. "¿Cómo sigue mi arquitecto estrella?"
Leo sonrió con cinismo. "Vinimos a darte ánimos. Sofía estaba preocupada por tu trabajo tan peligroso."
Mateo los miró, sintiendo un vacío helado donde antes había amor.
"Sofía," dijo con calma, "sé lo de tu 'enfermedad'."
Ella parpadeó, sorprendida por su tono.
"¿Qué... qué quieres decir, mi vida? ¿Los médicos te dijeron algo nuevo?" Intentó acercarse, poner su mano en su brazo.
Él retrocedió sutilmente.
"Sé que no estás enferma. Sé de tus 'vacaciones'. Sé de tus 'terapias intensivas'."
Sofía palideció ligeramente, pero se recuperó rápido.
"Mateo, no sé de qué hablas. Debes estar muy estresado. Quizás necesitas descansar."
Leo intervino, con una sonrisa condescendiente.
"Leonardo Montes," se presentó, extendiendo una mano que Mateo ignoró. "Un... amigo cercano de Sofi. La he estado cuidando mucho."
Sus ojos brillaron con malicia.
"Sí," continuó Leo, disfrutando el momento. "Sofi es muy delicada, necesita mucha atención. Noches largas de... conversación."
Hizo una pausa, mirando a Sofía con una familiaridad que era una bofetada para Mateo.
"Me ha contado tanto de ti. De lo bueno que eres. De lo... predecible. Ella necesita emoción, ¿sabes?"





