Renacer a Tu Lado Para Siempre

No esperé a que viniera a buscarme.

Fui yo quien se acercó a su mesa, con la cabeza alta.

"Mateo", dije, mi voz sonaba sorprendentemente firme. Me dirigí a sus amigos con una sonrisa forzada. "Disculpen, necesito robarle a mi primo un momento".

Usé la palabra "primo" de nuevo, a propósito. Vi un destello de furia en sus ojos antes de que la ocultara. Se levantó sin decir palabra y me siguió a un reservado en la parte trasera del bar.

Apenas se cerró la puerta, saqué mi teléfono.

"¿Recuerdas esa noche en Villa de Leyva? Estabas muy borracho".

Puse el video. La imagen era temblorosa, pero la voz era inconfundible. Era un Mateo joven, vulnerable, confesándome entre lágrimas los negocios sucios de su padre, las tierras de café robadas, las vidas arruinadas.

"La fusión de tu empresa depende de tu matrimonio", dije, mi voz era un susurro helado. "Este video arruinaría todo. La familia de Isabella no se aliaría con criminales".

Levantó la vista de la pantalla, sus ojos oscuros me taladraban.

"Chantaje. Qué bajo has caído, Sofía".

"Me estoy muriendo, Mateo", solté sin pensar. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, crudas y desesperadas.

Él parpadeó, confundido por un segundo, antes de que su rostro se endureciera de nuevo.

"Siempre con el drama. ¿Qué quieres?".

"Dos meses. Los dos meses antes de tu boda. Pásalos conmigo".

Se rio, un sonido hueco y sin alegría.

"¿Y por qué haría yo eso?".

"Porque si no lo haces", dije, acercando el teléfono al botón de "compartir", "me aseguraré de que todo el mundo vea quién es realmente Arturo Vargas. Y su heredero".

Su mandíbula se tensó. Estaba atrapado. Odiaba a su padre, pero el deber hacia el imperio familiar era más fuerte. Y yo lo sabía.

"De acuerdo", dijo finalmente, la palabra sonó como una sentencia. "Dos meses. Pero que te quede claro, esto es un negocio. Nada más".

"Como quieras", susurré, sintiendo una victoria agridulce.

Se acercó a mí, su cuerpo invadiendo mi espacio. Por un momento, sentí que el mundo se detenía. La forma en que me miraba... era la misma de siempre.

"¿Esto es lo que querías?", preguntó, su voz era un murmullo ronco. "¿Arrastrarme de vuelta a tu caos?".

Un dolor agudo me atravesó el pecho, un recordatorio de la enfermedad que me consumía. Me llevé una mano al corazón, disimulando una mueca de dolor.

"Te quería a ti", dije, forzando una sonrisa coqueta. "Te quiero a ti, Mateo".

"Entonces actúa como tal", dijo, su mirada bajó a mis labios. "¿O vas a seguir llamándome 'primo' para marcar distancia?".

El dolor se hizo más intenso, punzante. Tuve que dar un paso atrás, rompiendo el momento. Necesitaba mi medicación.

"Tengo que irme", dije bruscamente.

Su rostro se transformó. El atisbo de vulnerabilidad desapareció, reemplazado por el desprecio.

"Claro. La gran Sofía Rojas nunca se queda en un solo lugar por mucho tiempo. Siempre buscando la siguiente fiesta, la siguiente distracción".

Me di la vuelta y me fui sin decir nada más. Cada paso era una agonía.

Cuando llegué a mi apartamento, mi tía Carmen estaba esperando.

"Recibí una llamada de Arturo", dijo, su voz era fría y crítica. "¿Qué demonios estabas pensando al hacer una escena en el bar?".

"No es de tu incumbencia, tía".

"Todo lo que haces es de mi incumbencia mientras vivas bajo mi techo y manches nuestro apellido", replicó.

Mi teléfono sonó. Era ella de nuevo. Ignoré la llamada.

Al día siguiente, Carmen insistió en que almorzáramos con Mateo y su padre, Arturo, para "limar asperezas". Fue una tortura. Arturo y Carmen actuaban como la pareja perfecta, una farsa que me revolvía el estómago.

Mi tía, en un gesto de falsa amabilidad, me sirvió un trozo de pastel de chocolate.

"Come, querida. Estás muy delgada".

El chocolate era uno de mis desencadenantes. Podía acelerar mi ritmo cardíaco peligrosamente. Antes de que pudiera negarme, Mateo intervino.

"Ella no come chocolate", dijo, su voz era monótona. Quitó el plato de mi vista y lo reemplazó con una ensalada de frutas. "Le da migraña".

Carmen lo miró sorprendida. Yo lo miré, atónita. Se acordaba. Después de tantos años, todavía se acordaba.

Más tarde, mi tía intentó emparejarme con el hijo de un socio comercial.

"Es un buen partido, Sofía. Deberías darle una oportunidad".

Me negué, pero entonces vi a Mateo al otro lado del jardín, riendo con Isabella. Ella le arregló la corbata, un gesto íntimo que me quemó por dentro.

"Está bien", le dije a mi tía, con la voz vacía. "Lo haré".

Esa noche, cuando volví a casa, Mateo me estaba esperando en la oscuridad de mi sala de estar.

"¿Así que ahora aceptas citas a ciegas?", preguntó, su voz era un gruñido bajo.

"No es asunto tuyo".

En dos zancadas estuvo frente a mí. Me empujó contra la pared, su cuerpo aprisionando el mío.

"Todo lo que haces es asunto mío durante los próximos dos meses", susurró contra mis labios. "Ese fue el trato".

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