El abogado comenzó enumerando las propiedades de don Dimarco, un trámite habitual en estos casos. Sin embargo, al llegar al apartado de la repartición, el ambiente en la sala cambió drásticamente.
-Señores, tras detallar las posesiones del señor Dimarco Guidacci, procedo a leer su última voluntad. Les recuerdo que este testamento está juramentado bajo las leyes de Los Ángeles, California; por lo tanto, su contenido debe respetarse al pie de la letra. No existe posibilidad de impugnación. Dicho esto, comienzo:
"Yo, Dimarco Guidacci, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo mi fortuna repartida de la siguiente manera: la señorita Esmeralda Lombardi será la única heredera de mi patrimonio".
Al escuchar aquel nombre, la familia se puso en pie, conmocionada.
-¡¿Qué?! ¡¿Qué está diciendo?! ¡¿Quién es esa mujer?! -exclamó Carlota, alterada.
-¿Sería una amante de mi suegro? -aventuró Anthony.
-¡Claro que no! ¡¿Cómo se te ocurre?! -le espetó su esposa.
Lino, tratando de mantener la compostura, intervino con voz gélida:
-Usted se ha equivocado de documento, abogado. No conocemos a ninguna Esmeralda Lombardi. Obviamente, esto es un error.
-No lo es, señor Guidacci. No hay error alguno. Don Dimarco fue quien decidió designar como heredera universal a la señorita Lombardi -respondió el abogado con firmeza.
-¡Es absurdo! ¡No tiene sentido! -rugió Lino.
-Por favor, déjenme terminar -pidió el abogado.
La familia volvió a sentarse, aunque la tensión y la confusión eran palpables en el aire.
"Sé que esto es una sorpresa, pero es mi decisión. No obstante, este testamento incluye cláusulas que permitirán a mi familia conservar su estilo de vida. La primera es que mi nieto, Lino Guidacci, debe contraer matrimonio con la señorita Esmeralda Lombardi. Solo así podrá seguir siendo el CEO de las empresas y la familia tendrá acceso a la fortuna. Este matrimonio deberá durar un mínimo de dos años. Cumplido ese plazo, la herencia se dividirá en dos partes iguales".
-¡Esto es una locura! -estalló Lino, fuera de sí-. ¡¿Casarme con una desconocida?!
-¡Es una pesadilla! -gritó Carlota-. Mi padre no estaba en sus cabales. ¡Impugnaremos ese papel!
-Señora, no puede hacerlo -aclaró el abogado-. Si el señor Lino rechaza el matrimonio, la señorita Esmeralda recibirá la fortuna de inmediato. Y si ambos se niegan, la totalidad del patrimonio será donada.
Lino se acercó al abogado y, señalándolo de forma amenazante, sentenció:
-No permitiré que una oportunista se quede con lo que nos pertenece. Estoy seguro de que presionaron a mi abuelo y no me sorprendería que usted fuera cómplice.
Sin esperar respuesta, Lino salió del estudio hecho una furia, dejando a todos atónitos.
Mientras tanto, en Florencia, Josué cumplía con la última voluntad de su patrón. Al abrir la puerta, Esmeralda se sorprendió al verlo.
-¿Usted?
-Qué bueno que no me ha olvidado, señorita -respondió él-. Necesito hablar con usted. Es urgente.
En ese momento, Fiorela apareció tras su sobrina.
-¿Quién es este hombre?
-Vengo de parte de don Dimarco Guidacci -se adelantó Josué.
Al oír ese nombre, Fiorela se quedó petrificada. Hacía décadas que no lo escuchaba.
-No queremos nada de ese señor -dijo con voz cortante.
-¿Quién es, tía? ¿Es el de la foto? -preguntó Esmeralda, intrigada.
Tras varios minutos de ruegos, Fiorela permitió que Josué entrara. Ambas escucharon en silencio la increíble noticia. Esmeralda no podía creerlo: ¿ella, heredera de una fortuna en Estados Unidos?
-¡Vaya! Parece que a ese hombre le remordió la conciencia antes de morir -comentó Fiorela con amargura.
-Señora, él solo quería irse en paz. Ahora depende de ustedes aceptar o no.
-¡Claro que no! Yo no voy a reclamar nada, ¿verdad, tía? -dijo Esmeralda, abrumada.
Fiorela miró a su sobrina con una intensidad que nunca antes le había visto. En sus ojos brillaba un rencor antiguo y una determinación gélida.
-Claro que irás. Vas a reclamar lo que ese hombre le arrebató a tu padre. Esa fortuna te pertenece, Esmeralda.
Al día siguiente, un auto elegante se detuvo frente a la mansión Guidacci. Braulio, que ya lo tenía todo dispuesto, salió a recibir a la nueva dueña.
Lino, ajeno a la llegada, se preparaba para ir a la oficina. Lucía un impecable traje azul oscuro que resaltaba la frialdad de sus ojos. Al bajar las escaleras, se topó con el servicio formado en línea frente a la puerta.
-¿Qué significa esto? -preguntó con irritación.
-Braulio ordenó que recibiéramos así a la nueva dueña, señor Lino -respondió una empleada.
La furia recorrió el cuerpo de Lino como una descarga eléctrica. Salió de la casa a zancadas, justo cuando la heredera bajaba del vehículo.
-¡Usted! ¡Se larga ahora mismo de mi propiedad! -le gritó sin verle la cara.
Esmeralda, que estaba de espaldas, se giró lentamente. Al hacerlo, sus ojos café se cruzaron con los de Lino. Ella quedó impactada por la apostura de aquel hombre, y él, por un instante, se quedó sin aliento ante la belleza de la joven. Pero el hechizo duró poco.
-¡He dicho que se vayan! No permitiré que pongan un pie aquí.
-Lo lamento, señor -intervino Braulio-, pero su abuelo estipuló que ella es la heredera.
-¡No me importa ese falso testamento! ¡No entrarán!
Lino tomó a Esmeralda por el brazo para obligarla a retroceder, pero ella se soltó con firmeza y lo sostuvo con la mirada.
-No nos vamos. Tengo todo el derecho de estar aquí.
-¡Así es! -añadió Fiorela bajando del auto-. Aquí nos quedamos.
Lino y Esmeralda permanecieron en silencio, desafiándose con la mirada. La guerra apenas comenzaba.





