RELATOS DE MEDIANOCHE

Se eleva conservando ese hábito de sortear obstáculos con el que aprendió a desenvolverse en un mundo lleno de constantes problemas de los que en muchos fue causa y efecto, aunque “cuidarse” adquiere significado obsoleto, hay reglamentos y pautas establecidas, incluso entre la más baja calaña; aún no pierde la manía de ir escudriñando el semblante de cada uno de los presentes con los que no le unen lazos de sangre. Conocidos y desconocidos aparentan muy bien no percatarse de su presencia. Ya eso no le preocupa. En realidad nunca simpatizó con ninguno de esos rostros indiferentes que solo están allí esperando el momento oportuno para exigir por un liderazgo heredado o una hipócrita conducta de urbanidad.

Cuchicheos y lamentos se funden para transformarse en una sinfonía incoherente. Para su asombro escucha a unos cuantos exponer conmociones de solidaridad "albergadas o inventadas"; no sabría descifrarlo, nunca fue muy ducho en intimar con los sentimientos ajenos, y mucho menos desnudar los suyos. Siempre supo o le enseñaron que eso era de débiles y cobardes. Enseñanza que le llevó a perder ese primer amor que una vez sintió por la delgada y simpática Amy. Ahora ya es muy tarde para reprochárselo, ya que desde la enseñanza media en que lo enviaron para el reformatorio por su primer acto delictivo, nunca más volvió a saber de ella y hace tiempo perdió la esperanza de volverla a ver; según le contó su madre, a la joven se la llevaron cuando se mudaron de Estado, buscando una vida mejor que las que ofrecían las calles de los barrios marginales de la decadente ciudad…

Como un mazo ensordecedor escucha el repercutir de voces y lamentos imparables a su alrededor y se asombra, pues nunca pensó que más allá de sus parientes, otros albergaran y expresaran tales sentimientos hacia él y su reducida familia; pero en lo más profundo de su ser les agradece la solidaridad. A pesar de lo sucedido siente una calma interior que lo sosiega, a la sazón desecha la visión para concentrarse por un instante en ese rostro arrugado por los años, que una vez fue joven y lo trajo a la vida.

Esa que desperdició en las calles, prefiriendo compartirla con otros jóvenes insensibles y no con ella, o sus hermanos menores, que siempre aguardaban por su llegada a la casa, para contarles de los trabajos que en ella estaban pasando, pero él siempre buscaba un escape emocional, maldiciendo y atribuyendo toda culpa a un padre que apenas conoció, porque había abandonado el hogar cuando él apenas tenía diez míseros años, cuantas veces la vio llorar en silencio y acurrucada en un rincón de la desvencijada casucha, en innumerables ocasiones la vio quitarse el plato de comida para ofrecérselo, con ese amor involuntario que atesora muy dentro toda madre, y nunca se lo agradeció, como debe hacer un hijo cuando es venerado…

Ahora tiene ante sí, un rostro sereno y falto de ansiedades y se percata que esas lágrimas se agota-ron, pues ya no llora ni suspira como antaño. Muchas calamidades se ciñeron sobre ella, acumulándose durante años y ahora está apagada…

Escucha una voz conocida muy cerca y se voltea buscando a su dueño, lo encuentra rodeado de otros despreciables que se jactan de poseer el control de la zona sur de la barriada. Pero ya nada de eso le atañe, solo quiere estar a solas con ella y despojarse de esa prepotencia equivocada que siempre guio sus pasos y debe encontrar el valor para expresarle lo que nunca le confesó, a sabiendas de que ya es demasiado tarde porque ya ella. Ya no escuchará sus palabras.

Entre rostros contrariados y talantes que una vez abrazó y ahora desfilan dando un último adiós, aguarda pacientemente y cuando toda demostración afectiva o de lastimeras mentiras, cesa, aprovecha el momento.

Nunca imaginé que una despedida fuera tan dolorosa, si todavía o nunca se dijeron las palabras que preferimos callar y no dejarlas ser escuchadas por aquellos que tanto anhelaban oírlas, aunque fuese una sola vez. Pero por encima de todo decirlas a aquellos que se lo merecían. Madre, sé que no me escuchas, pero ruego por un perdón que ya no me darás, suplico, porque a pesar de no haber abandonado la casa, si me aparté de ti como lo hizo papa, nunca estuve ahí para secar tu llanto y besar tus mejillas y cuando te escuchaba sollozar salía a las calles buscando despejar mis pensamientos con alcohol, drogas, mujeres o cometiendo fechorías. Cuantas veces vi a mis hermanos llorar tus tormentos y yo los catalogaba de endebles y solo tiraba sobre la mesa, víveres robados o un puñado de billetes, como si esos papeles estrujados pudieran socavar tanta desdicha almacenada. Ahora me doy cuenta de que muchas veces esas lágrimas caían por mí, por mis actos, por mis andanzas erróneas que me llevaron a alejarme, mientras tú te marchitabas, entre el sufrimiento y los rezos para no perderme…

Su hermano más pequeño se acerca y lo mira intentando descifrar que conversación tan inverosímil pudieran estar sosteniendo… No se mueve, por primera vez siente miedo de él, de sus reproches, de esa mirada lastimera que deja entrever muchos recuerdos silenciados a los que nunca prestó atención, como es deber de un hermano mayor cuando la añorada figura paterna ha desaparecido entre las neblinas del abandono, entonces muy tranquilo espera a que se aleje en busca de un lugar apartado, donde desatar su desbordante frustración.

Mamá… Nunca te lo confesé por temor a que asumieras ese rol de mujer sacrificada que siempre demostraste, pero en la prisión volví a ver a papa, no me reconoció y nunca lo hizo. Fue un encuentro eventual, mientras pasaba por una de esas celdas nauseabundas, destinadas a los esquizofrénicos y adictos, apestaba a excremento de perro enfermo, después supe que llevaba años, recluido… Jamás, intenté acercármele o buscar un contacto para prestarle ayuda, no podía dejar saber a los que me rodeaban y seguían como a un líder, que aquel despojo fétido y repugnante, una vez me llamó hijo y yo le llamaba "papá", cada vez que veía ese rostro atormentado por seres imaginarios, solo pensaba en que tarde o temprano, todos debemos saldar nuestras deudas con Dios, y solo esperaba que al desamparo en que nos sumió, le ajustara sus cuentas. Con el tiempo dejé de frecuentar el lugar en que se hallaba, después supe que fue asesinado por otro recluso en una reyerta, mientras él intentaba robarle un mendrugo de pan agrio y roído por las ratas. Al principio me alegré por ti, pero pasado unos meses, me reproché no haberle tendido una mano a esa mente quebrada, porque tú lo habrías hecho sin esperar nada a cambio.

Enmudece viendo como el pálido semblante de su pequeño hermano, lo mira recriminándole muchas cosas pasadas, pero no intenta disuadirlo de tales pensamientos, sabe que aquella mirada hostil fue forjada día tras día sobre sólidos fundamentos, y una vez más aguarda por estar a solas con ella.

Tras algunos lamentos y abrazos infortunados, aquel vecino que siempre la apoyó y ahora demuestra compasión por el pequeño, lo aleja con frases alentadoras y vuelve a verse libre de todo oído indiscreto.

Nunca expresé lo que sentía, porque no quería demostrar que muy dentro de mí era tan débil como lo es todo ser humano, no sabes las veces que lloré pronunciando tu nombre en un rincón, calle, o celda de la prisión. Cuantas veces deseé abrazarte con fuerzas y decirte cuanto te quería. Pero ese animal salvaje que llevamos dentro no me lo permitía y por qué estúpidamente creía que siempre estarías ahí para mí y aplazaba esos sentimientos para otra ocasión. Ahora veo cuán equivocado estaba de la vida y recrimino no haber aprovechado cada momento a tu lado, lamentablemente no puedo deshacer los malos pasos andados, ni devolverle los latidos a los corazones que detuve, pero quiero decirte que me siento totalmente arrepentido aunque ya no me escuches…

Una vez más guarda silencio, el umbral del recinto se ha oscurecido con la silueta del capitán de la policía local —levantado rumor de desaprobación y apatía en unos, temor en otros—. Pero el oficial no se detiene, aún a sabiendas de que su presencia es repudiada y avanza unos pasos escudriñando con la vista a los reunidos, y de entre todos ellos, el menos esperado se le acerca enfrentándole:

— ¿Qué buscas aquí? —es el más pequeño de sus hermanos que se le encara como él solía hacer con otros guardias, cuando tenía esa inmadura edad.

El uniformado lo mira y se quita la gorra, no busca camorra ni vanagloriarse, también él se crio y se forjó en la barriada, pero tomando un sendero diferente del que otros eligieron y cortésmente le responde.

—Vengo a presentar mis respetos, no descargues una ira errónea sobre mí, aún eres pequeño y algún día entenderás.

En ese momento el segundo hermano se para, uniéndose al más pequeño.

—Tal vez, él no entienda… Pero yo sí, ¿cuántas veces mamá te imploró que aconsejaras a mi hermano mayor?... nunca atendiste sus ruegos. Si ahora vienes a imponer tu autoridad, ahí lo tienes, detenlo, espósalo y condúcelo como solo saben hacer los que proclaman la justicia…

—Solo vengo a informarles que el ladrón y asesino ya fue capturado y enfrentará cargos de por vida.

— ¡Lárgate! —chilla una voz que se eleva de entre los reunidos.

El de la ley, viéndose despreciado abiertamente, da media vuelta y se marcha.

Silencioso escucha otras voces de aborrecimiento y respaldo, levantarse—pero admirado y temeroso por lo dicho por sus hermanos, a los que no quisiera verles transitar sus mismos pasos —más solo añora continuar hablando con ella y aguarda a que palabras de fraternidad se extingan después de dichas…

Mi viejecita, cuánto dolor debo haberte causado, tal vez más que el que sentiste durante años por ser abandonada a subsistir con tres hijos a cuestas, aunque no lo creas algún tiempo atrás, tuve intenciones de matar a ese vecino que ahora absorbe la tristeza de mi hermanito. Sí, quise arrancarle la vida, pues descubrí que su ayuda no era desinteresada, fue en una de esas madrugadas que regresaba a la casa y los escuché en tu desvencijado cuarto… Enloquecí de rabia y corrí hasta desfallecer, tramando mi venganza en la frialdad de un callejón oscuro en el que me dormí aferrado a una pistola…

Con las luces del día, lo vi todo menos impreciso, comprendiendo que solo eras una víctima más, necesitada de consuelo y amor, algo que ni mi padre ni yo, te habíamos dado jamás. Perdóname, te lo ruego, si ese Dios que tantas veces maldije y desafié, me permitiera hacer regresar el tiempo, te prometo que todo sería diferente… Papá no hubiera muerto sobre su propia sangre mezclada con orina. Yo ahora visitera esa bata blanca que siempre ansiaste verme usar, porque todavía recuerdo que cuando pequeño querías que me hiciera doctor. Ahora tú vivirías orgullosa de mí y en una casa más confortable y mis hermanos tuvieran más zapatos para ir a la escuela, pero ya nada de eso puedo darte y lo lamentaré eternamente, perdóname si mis palabras te son ajenas, pero tenía que decírtelas antes del último adiós…

Se escuchan algunos murmullos de asombro y algunas cabezas vuelven a voltearse hacia la entrada, desde su posición, él no percibe lo que acontece, pero segundos después lo descubre justo antes de retornar a su lugar.

El rostro que ve acercarse y mirarle, le sorprende y emociona, pues nunca pensó volver a verlo. A centímetros de él, está Amy, aquel amor de infancia que nunca expresó. La ve acercarse a su madre y profesarle palabras alentadoras, enmudecido ve una luz blanca descender y desde el rostro de la anciana aún de pie frente a él, dos lágrimas caer sobre el cristal del ataúd donde se encuentra ese cuerpo al que su alma ha retornado para emprender ese viaje eterno al que todos estamos destinados, sin poder cumplir sobre la tierra y en tan corta existencia, todo cuanto anhelamos hacer y debemos decir…

Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.