Pasaron dos semanas.
Dos semanas en las que fui una prisionera en mi propia tierra, confinada a la casa de huéspedes mientras Isabella se pavoneaba por la hacienda como si fuera la dueña.
Una mañana, Marco vino a verme.
Era la primera vez que lo hacía desde la noche de la fiesta.
Entró sin llamar, con la misma confianza arrogante de siempre.
"Elena", dijo, su tono era suave, casi conciliador. "Tenemos que hablar".
No respondí.
Simplemente me quedé mirando por la ventana, hacia los campos que una vez fueron míos.
Él suspiró, un sonido de impaciencia contenida.
"Mira, sé que esto ha sido difícil para ti. Pero tienes que entender. La alianza con el cartel de Isabella es crucial. Nos estamos expandiendo, el negocio nunca ha sido mejor. Esto es por el imperio, Elena. Por nuestro futuro".
Me giré lentamente para mirarlo.
"¿Nuestro futuro?", repetí, mi voz vacía de emoción. "¿O tu futuro?".
"Es lo mismo", insistió, acercándose. "Siempre ha sido así".
"No", dije, dando un paso atrás. "No mientas. No ahora. Ya no".
Mi calma pareció desconcertarlo.
"¿Qué quieres decir?".
"Tú me prometiste que sería tu única reina", comencé, y las palabras salieron como un torrente helado. "Y luego trajiste a Carla, la jefa de Sinaloa. La llamaste tu 'Reina de Espadas'. Me dijiste que era solo negocio".
Marco frunció el ceño.
"Tú me prometiste lealtad eterna", continué, mi voz subiendo un poco. "Y luego te acostaste con la hermana del jefe de Tijuana, la 'Reina de Oros'. Me dijiste que era para asegurar la paz en la frontera".
"Tú me prometiste una familia", mi voz se quebró por un segundo. "Y ahora me quitas mi casa para dársela a esta... esta 'Reina de Bastos'. ¿Qué me vas a decir ahora, Marco? ¿Que esto también es por el imperio?".
Él me miró fijamente, su rostro una máscara de piedra.
"Sí", dijo sin dudarlo. "Lo es. Y tú, como mi esposa, deberías entenderlo y apoyarme, no crear escenas".
Me reí, una risa amarga y seca.
"Ya no quiero entender nada, Marco. Ya no quiero ser tu reina de nada. Ya no quiero ser tu esposa".
La declaración quedó suspendida en el aire entre nosotros, pesada y definitiva.
"Solo quiero una cosa", continué, mirándolo directamente a los ojos. "Quiero a mi hija. Dame a Sofía y desaparece de mi vida".
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y una pequeña figura entró corriendo.
"¡Mami!", gritó Sofía, mi pequeña de cuatro años, lanzándose a mis brazos.
La abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cabello, inhalando su aroma a inocencia.
Ella era lo único puro que quedaba en mi vida.
Sofía se removió en mis brazos y miró a Marco.
"Papi", dijo con su vocecita infantil. "¿Por qué ya no duermes con mami? ¿Ya no la quieres?".
El silencio en la habitación fue absoluto.
Vi un destello de algo en los ojos de Marco, ¿culpa? ¿dolor?
Duró solo un segundo.
Se arrodilló y le acarició la mejilla a Sofía.
"Claro que quiero a tu mami, princesa. Papi solo ha estado muy ocupado".
Le dio un beso en la frente y se levantó.
Luego me miró, y la frialdad había vuelto a sus ojos, más intensa que antes.
"Piensa en lo que te dije, Elena. No seas tonta. Por el bien de todos".
Y con eso, se dio la vuelta y se fue, dejando a nuestra hija en mis brazos y un abismo insalvable entre nosotros.
Aferré a Sofía con más fuerza.
Ella era mi único corazón.
Y no iba a dejar que él me la arrebatara también.





