El dolor agudo en mi pecho me despertó.
No era el dolor sordo y final de un corazón roto, sino el recuerdo fantasmal de un síncope que me había matado.
Abrí los ojos.
El sol se filtraba por los altos ventanales del gran salón de las Bodegas Vega. Reconocí el brocado de las cortinas, el pesado olor a cera de abeja y vino viejo.
Estaba viva.
Frente a mí, el Sr. Vega, el patriarca, se aclaraba la garganta para hablar. A su lado, su hijo, Mateo, me miraba.
Pero no había afecto en sus ojos. Había un odio gélido, profundo, un resentimiento que no pertenecía a este día.
Era el odio de un hombre que había vivido una vida entera de infelicidad y me culpaba por ello.
Comprendí de inmediato. Él también había renacido.
El Sr. Vega sonrió, ajeno a la corriente helada que pasaba entre nosotros. "Hoy es un día de celebración. Un día en que unimos el futuro de nuestra bodega con la unión de mi hijo, Mateo, y nuestra querida Sofía..."
Su voz se apagó en mi mente. Vi mi vida pasada como un relámpago: décadas de trabajo incansable, convirtiendo a las Bodegas Vega en un imperio global, todo a cambio de un matrimonio vacío. Vi la traición final, la exigencia de Mateo de borrarme de la historia, de entregar mi lugar en el mausoleo familiar a Isabel, su amor de la infancia.
Vi mi propia muerte, desplomada en el suelo de esa misma bodega.
No volvería a suceder.
"Espere, por favor", dije. Mi voz sonó clara y firme, cortando el discurso del Sr. Vega.
Todos en la sala se giraron para mirarme. El silencio fue total.
Caminé hacia el centro de la sala, directamente hacia Mateo y su padre.
"Agradezco profundamente la generosidad que la familia Vega me ha mostrado todos estos años", comencé, mi tono era respetuoso pero distante. "Sin embargo, no puedo aceptar esta unión".
El Sr. Vega parpadeó, confundido. "¿Sofía? ¿Qué dices?"
Ignoré su pregunta y miré directamente a los ojos de Mateo. Vi la sorpresa inicial en su rostro, rápidamente reemplazada por una satisfacción mal disimulada.
"No soy digna de Mateo", declaré públicamente. "Su corazón pertenece a otra persona, y lo ha hecho siempre. Sería un error para todos nosotros continuar con esta farsa".
Mateo no pudo ocultar su alegría. Una sonrisa torcida apareció en sus labios. Sin perder un segundo, se dio la vuelta y salió corriendo del salón.
El Sr. Vega estaba pálido, a punto de protestar, pero se quedó sin palabras. Los invitados murmuraban, el ambiente festivo se había hecho añicos.
Pocos minutos después, Mateo regresó.
No venía solo.
De su mano, con una expresión de triunfo apenas velada, caminaba Isabel. Era la hija del viticultor vecino, carismática y hermosa, pero con la misma falta de talento para la enología que recordaba.
Mateo la colocó a su lado, frente a todos. "Padre, invitados. Ella es Isabel. Ella es la mujer con la que me casaré".
Isabel me lanzó una mirada de suficiencia, sus ojos brillando con victoria.
Yo simplemente asentí, una leve sonrisa en mis labios.
El juego acababa de empezar, pero esta vez, yo conocía las reglas.





