Valentina no tuvo que esperar mucho. Unos veinte minutos después, el sonido de un motor potente anunció la llegada de más invitados. Ricardo Méndez apareció, caminando con una arrogancia aprendida que nunca le había sentado bien. A su lado, un hombre mayor, obeso y de aspecto vulgar, sudaba profusamente bajo el sol caribeño. Era el Señor Morales, un magnate de los medios a quien Ricardo y Valentina llevaban meses intentando impresionar.
"¡Mi amor! ¡Llegaste!", gritó Valentina, corriendo a colgarse del brazo de Ricardo. Le lanzó una mirada triunfante a Sofía antes de besar a Ricardo ruidosamente.
Ricardo vio a Sofía y a Diego, y su rostro se contrajo en una mueca de fastidio. Ni siquiera saludó a su propio hijo.
"Sofía, ¿qué haces aquí? Te dije que esta área estaría ocupada hoy."
"Esta área es de mi familia, Ricardo. Tengo derecho a estar aquí", respondió ella, su voz peligrosamente baja.
El Señor Morales miró a Diego, que se aferraba a la pierna de Sofía, con una sonrisa lasciva que a Sofía le revolvió el estómago.
"¿Y este pequeño quién es?", preguntó Morales, su voz pastosa.
Valentina intervino rápidamente, con su tono más meloso. "Oh, es el hijo de la... ex de Ricardo. Un pequeño estorbo, la verdad."
Diego se encogió al escuchar la palabra "estorbo". Sofía lo abrazó con más fuerza, lanzándole a Valentina una mirada que podría haber congelado el sol.
Ricardo, desesperado por impresionar a Morales y cerrar un jugoso contrato publicitario para su cadena hotelera, ignoró la tensión. Forzó una sonrisa.
"No te preocupes por ellos, Morales. Son... insignificantes."
Morales, sin embargo, seguía mirando a Diego. Luego, su mirada se posó en un pequeño risco que bordeaba la piscina, desde donde se podía saltar a una poza natural de agua de mar, un lugar conocido por sus corrientes peligrosas.
"El niño parece ágil", comentó Morales con una risa grasienta. "Apuesto a que sería todo un espectáculo verlo saltar desde ahí. A mis lectores les encantan las historias de valor. Podríamos hacer una pequeña nota sobre los hoteles de Ricardo, 'aptos para la aventura en familia'".
La sugerencia era tan irresponsable que Sofía se quedó sin aliento.
Valentina vio una oportunidad de oro. "¡Qué gran idea, Señor Morales! ¡Eres un genio! ¡Dieguito, ven aquí! ¡Demuéstrale al señor lo valiente que eres!"
Diego negó con la cabeza, aterrorizado. "No quiero. Mami dice que es peligroso."
Ricardo, en un acto de traición que Sofía jamás le perdonaría, se arrodilló frente a su hijo. Pero no había ni una pizca de cariño en su gesto.
"Vamos, campeón. No seas un cobarde. Solo es un saltito. Hazlo por papá. El señor Morales nos está viendo."
La palabra "cobarde" golpeó a Diego. Sus ojitos se llenaron de lágrimas.
Sofía sintió que algo dentro de ella se rompía. La humillación, el desprecio, la ambición desmedida de Ricardo... todo culminó en ese momento. Ver a su exmarido, el padre de su hijo, presionando al niño para que se pusiera en peligro mortal solo para impresionar a un hombre vulgar por dinero... fue la gota que derramó el vaso.
Su rostro perdió toda expresión. Se volvió una máscara de hielo. Con una calma aterradora, se apartó un poco del grupo, sacó un discreto brazalete de su muñeca, uno que parecía una simple joya de diseño, y apretó un pequeño botón oculto tres veces. Nadie se dio cuenta. Nadie, excepto ella, sabía lo que ese simple gesto significaba.
Era una llamada. Una orden.
Mientras tanto, Valentina y sus amigos habían rodeado a Diego, que lloraba en silencio.
"¡Ándale, niño! ¡No tenemos todo el día!", gritó uno de los hombres de Valentina.
Sofía se movió con la rapidez de una pantera. Se interpuso entre ellos y su hijo.
"Aléjense de él. Ahora."
Valentina se rió en su cara. "¿O qué, mosca muerta? ¿Nos vas a pegar con tu bolso de diseñador... ah no, espera, que no traes."
El grupo se rió.
"Vete de aquí, Sofía", siseó Ricardo, su rostro contorsionado por la ira y la vergüenza. "Estás arruinando el negocio más importante de mi vida. ¡Seguridad!"
Pero la seguridad que él llamó, dos guardias del hotel que estaban en su nómina personal, dudaron al ver a Sofía. La conocían. Sabían quién era la verdadera dueña.
Valentina se percató de la duda y se envalentonó.
"¿Qué les pasa, inútiles? ¡Sáquenla! ¡Esta mujerzuela y su mocoso no pertenecen aquí! ¡Este es mi evento privado! ¡Ricardo se lo dio!"
La influencer se pavoneó frente a Sofía, deleitándose con su aparente victoria.
"¿Ves? Ricardo ya no te quiere. Ni siquiera quiere a su hijo. Prefiere su carrera, su éxito... y a mí. Tú no eres nadie. Solo una exesposa amargada."
Sofía miró a Ricardo, esperando, suplicando con la mirada que reaccionara, que hiciera lo correcto. Pero él desvió la vista, incapaz de sostener la suya.
Fue entonces cuando Morales volvió a hablar, su voz untuosa cortando el aire.
"La chica tiene razón, Ricardo. Un hombre de tu calibre no puede tener estas distracciones. Pero la idea del salto me sigue pareciendo buena. Vamos, niño, salta para el tío Morales y te compraré todos los dulces que quieras."
La mirada que le dirigió a Diego era depredadora. Y eso fue todo. La última pizca de contención en Sofía se evaporó.





