El olor a desinfectante del hospital se mezclaba con el perfume floral y caro de mi prima Isabella, era una combinación que me revolvía el estómago.
Desde el pasillo, a través del cristal de la puerta entreabierta, los vi.
Ricardo, mi prometido, el hombre con el que me iba a casar en tres meses, estaba inclinado sobre Isabella, su rostro lleno de una ternura que nunca me había mostrado a mí.
Le acariciaba la mejilla pálida, susurrándole algo al oído que la hizo sonreír, una sonrisa débil pero llena de triunfo.
Luego, se inclinó y la besó.
No fue un beso de consuelo, fue un beso de amantes, lento y profundo.
Sentí un frío helado recorrer mi cuerpo, pero no hubo lágrimas, no hubo gritos.
Solo un silencio sepulcral en mi cabeza.
Porque yo ya había visto esta escena antes.
En otra vida.
Una vida que terminó en tragedia por culpa de estos dos.
En esa vida, yo les grité, los confronté, les rogué una explicación.
Y mi dolor solo alimentó su crueldad.
Ahora, renacida en este cuerpo más joven, con los recuerdos intactos de aquel infierno, no cometería el mismo error.
Me di la vuelta en silencio, me alejé por el pasillo del hospital sin hacer ruido.
Esta vez, no intervendría.
Dejaría que el destino, ese que ellos mismos estaban tejiendo con sus mentiras, siguiera su curso.
Yo solo sería una espectadora, y cuando fuera el momento, me aseguraría de que la caída fuera espectacular.
La venganza es un plato que se sirve frío, y el mío llevaba una vida entera congelándose.
El recuerdo de mi vida pasada era una herida que nunca cerraba.
Volvió a mi mente con una claridad brutal mientras conducía sin rumbo por las calles de la ciudad.
Recordé el día de mi boda en esa otra vida, el mismo vestido blanco que ahora colgaba en mi clóset.
Ricardo me había dejado plantada en el altar.
La humillación pública fue solo el principio.
Descubrí que había vaciado nuestras cuentas bancarias conjuntas, hipotecado la casa que mis padres me habían regalado y se había fugado con Isabella.
Mi padre, al enterarse del fraude y la traición, sufrió un infarto masivo.
Murió en mis brazos, suplicándome que me cuidara de Ricardo.
Mi madre cayó en una depresión tan profunda que se marchitó como una flor sin agua, se fue apagando lentamente hasta que un día, simplemente, no despertó.
Yo me quedé sola, en la ruina, con el corazón destrozado y una deuda impagable.
Ricardo e Isabella, desde lejos, se burlaban de mi desgracia.
Me enviaban fotos de sus viajes, de su vida de lujo construida sobre las cenizas de mi familia.
Un día, acorralada por los cobradores, desesperada y sin un alma en el mundo, tomé una decisión.
El agua helada del río fue lo último que sentí.
Y luego, desperté.
Desperté en mi cama, diez años antes, el día que Ricardo me propuso matrimonio.
El anillo en mi dedo se sentía como un grillete.
El renacimiento no fue un regalo, fue una segunda oportunidad para la justicia.
El olor del perfume de Isabella, ese que había percibido en el hospital, de repente pareció llenar el interior de mi coche.
Era un aroma dulce y empalagoso, como flores pudriéndose.
Me provocó una náusea violenta.
Tuve que orillar el coche bruscamente, abrí la puerta y vomité en la cuneta.
Mi cuerpo temblaba sin control.
No era solo asco, era el trauma grabado en mi alma manifestándose en mi cuerpo.
Ese perfume era el mismo que Isabella usaba en la vida pasada, el mismo que impregnaba la carta que me envió, donde me detallaba con lujo de crueldad su romance con Ricardo y cómo habían planeado mi ruina desde el principio.
Me quedé ahí, temblando, apoyada contra la puerta del coche, sintiendo el aire frío en mi cara sudorosa.
El mundo parecía girar.
Cada bocanada de aire se sentía como si estuviera respirando veneno.
Este renacimiento me había dado conocimiento, pero también me había condenado a revivir el dolor con cada recuerdo, con cada olor, con cada rostro familiar.
Cuando por fin pude controlar los temblores, conduje a la única dirección que tenía sentido: la casa de mis padres.
Abrí la puerta y mi madre estaba en la sala, doblando ropa limpia.
Al verme, su rostro se iluminó.
"Mija, qué sorpresa. ¿No deberías estar con Ricardo?"
Su voz cariñosa, su sonrisa genuina, la visión de ella viva y sana frente a mí, derribó todas mis barreras.
Las lágrimas que no había derramado en el hospital brotaron sin control.
Corrí hacia ella y la abracé con una fuerza desesperada, sollozando contra su hombro.
Enterré mi cara en su cuello, aspirando su olor familiar, el olor a hogar, a seguridad, a todo lo que había perdido.
"Mamá… mamá…" era lo único que podía decir.
Ella me abrazó fuerte, confundida pero devolviéndome el abrazo con todo su amor.
"¿Qué pasa, mi niña? ¿Qué te hizo ese bueno para nada? Dímelo, ¿te lastimó?"
Lloré por la hija que fui, la que lo perdió todo.
Lloré por la mujer que soy ahora, cargando con el peso de dos vidas.
Lloré de alivio y de dolor, todo al mismo tiempo.
Después de un rato, cuando los sollozos se calmaron, me senté en el sofá, todavía aferrada a la mano de mi madre.
Mi padre bajó las escaleras, atraído por el ruido.
Su rostro se endureció al ver mi estado.
"¿Fue Ricardo?" preguntó, su voz era grave y protectora.
Asentí, sin poder hablar.
Mi madre empezó a defenderlo, como siempre.
"Ay, Javier, no saques conclusiones. Seguro fue un malentendido. Ricardo quiere mucho a nuestra Sofía."
Pero yo tomé una decisión en ese instante. No podía contarles la verdad sobre el renacimiento, pensarían que estoy loca. Pero tenía que protegerlos.
"Mamá, papá… creo que… creo que necesito cancelar la boda."
Mi madre ahogó un grito.
"¿Qué? ¡Pero por qué! Si todo iba tan bien."
"No, mamá. No va bien," dije, mi voz ahora firme. "Ricardo no es el hombre que yo pensaba. Y no quiero casarme con él. No voy a cometer ese error."
Miré a mi padre, buscando su apoyo. Sabía que en la vida pasada, él había desconfiado de Ricardo desde el principio.
Para mi sorpresa, la reacción de mi padre no fue de sorpresa, sino de alivio.
Una calma fría se instaló en su rostro.
"Haces bien, hija," dijo, su voz tranquila pero con un filo de acero. "Ese hombre nunca me gustó."
Mi madre lo miró, escandalizada.
"¡Javier! ¿Cómo puedes decir eso? ¡Has estado ayudándolo con sus negocios!"
"Un error que pienso corregir," respondió mi padre, sin apartar la vista de mí. "Sofía, si tu decisión es terminar con él, tienes todo mi apoyo. No te volverá a molestar. Te lo prometo."
Había algo en su mirada, una profundidad, una certeza que iba más allá de la simple protección paternal.
Era como si él también supiera algo, como si viera la misma amenaza que yo veía.
Una extraña sospecha se formó en mi mente, pero la aparté.
Por ahora, era suficiente.
Tenía a mi familia, y esta vez, no dejaría que nadie me los arrebatara.
La guerra apenas comenzaba.





