El choque en plena avenida no tardó en atraer una multitud. Los conductores detenidos bajaron de sus autos, los peatones se arremolinaron en la acera, y los teléfonos celulares emergieron como hongos después de la lluvia, todos grabando la escena.
El escándalo era justo lo que Ricardo quería evitar, pero ahora se encontraba en el centro de él.
"¡Miren! ¡Ese sedán corriente le pegó a un Porsche!"
"El del Porsche es un chavo rico, seguro. El otro parece un don nadie."
"¡Qué imprudente! ¿Cómo se le ocurre chocar con un auto así? Le va a costar una fortuna."
Los murmullos de la gente alimentaban el ego de Mateo. Se pavoneó alrededor de su auto destrozado, gesticulando dramáticamente, asegurándose de que todos vieran el daño.
"¿Ya vieron lo que me hizo este animal?", gritó a la multitud. "¡Conducía como un loco! ¡Me chocó a propósito!"
Se volvió hacia el auto de Ricardo y volvió a golpear la ventanilla.
"¡Que te bajes, te digo! ¿O te da miedo dar la cara, cobarde?"
La puerta del sedán negro se abrió con un suave silbido. Ricardo salió del vehículo. Era un hombre alto, de hombros anchos y una presencia imponente que ni el traje de negocios podía disimular. A sus cuarenta y tantos años, mantenía el físico de sus días de luchador. Su rostro, serio y surcado por una vida de disciplina, no mostraba emoción alguna, pero sus ojos oscuros ardían con una intensidad helada.
El contraste entre él y el joven prepotente era evidente.
"¿Tú me chocaste?", dijo Mateo, tratando de parecer intimidante, aunque tuvo que levantar la vista para mirar a Ricardo a los ojos.
"Sí", respondió Ricardo con voz grave y tranquila.
"¡Pues me vas a pagar! ¡Este auto es una edición especial, idiota! ¡Cuesta más de tres millones de pesos! ¡Tu vida entera no alcanzaría para pagarme el arreglo de la defensa!"
Mientras hablaba, Mateo se acercó tanto que Ricardo pudo oler la costosa colonia que llevaba. Y entonces, el joven dijo algo que confirmó todas las sospechas de Ricardo.
"Mi novia me va a matar. Adora este coche. Dice que se lo regaló un viejo admirador patético, un cornudo que no tiene idea de nada. Pero ahora es mío."
Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Mateo. Era una confesión, una burla directa. No solo le había sido infiel su esposa, sino que se burlaban de él a sus espaldas. El "viejo admirador patético" era él. El "cornudo" era él.
Ricardo sintió una oleada de furia tan pura que por un segundo temió perder el control y romperle el cuello allí mismo. Pero se contuvo. La venganza era un plato que se servía frío, y él iba a preparar un banquete.
"Primero", dijo Ricardo, su voz tan calmada que resultaba amenazante, "tú me cerraste el paso tres veces. Segundo, frenaste en seco sin motivo alguno, provocando una situación de peligro. Tercero, según el reglamento de tránsito, en una colisión por alcance, el que pega por detrás tiene la responsabilidad. Pero en este caso, tus maniobras imprudentes causaron el accidente. Eres tú el responsable."
Mateo parpadeó, confundido por la lógica fría de Ricardo.
"¿Reglamento de tránsito? ¿A mí me hablas de reglas?", se burló. "¿No sabes quién soy? ¡Mi palabra vale más que cualquier pinche reglamento! ¡Yo digo que tú me pegaste y punto! ¡Y toda esta gente lo vio!"
Señaló a la multitud, que seguía murmurando, la mayoría inclinándose a favor del joven adinerado.
"Las reglas son para los pobres como tú, viejito. Yo hago una llamada y te hunden en la cárcel por destrucción de propiedad. Así que mejor saca tu chequera y empieza a firmar, si es que tienes algo en el banco."
La ignorancia y la arrogancia de Mateo eran asombrosas. Despreciaba la ley, confiando ciegamente en un poder que creía ilimitado. Ricardo casi sintió lástima por él. Casi.





