Ricardo no apareció en toda la noche ni a la mañana siguiente. Sofía supuso que estaría en el hospital con Elena, o quizás dándole espacio para que "reflexionara" y aceptara su absurda petición. Esa ausencia le dio a Sofía el tiempo que necesitaba para moverse sin interrupciones. Empacó solo lo esencial, sus cosas personales, ropa, libros y los pocos objetos que le pertenecían a ella y solo a ella. Dejó todo lo que habían comprado juntos, cada regalo, cada recuerdo. Quería borrar su paso por esa casa, por esa vida.
A media mañana, su mejor amiga, Carla, llegó al departamento, alertada por la publicación en redes sociales.
"¡Sofía! ¿Qué demonios significa eso de 'boda cancelada'? ¿Te volviste loca?", exclamó Carla al ver las maletas junto a la puerta.
Sofía le sirvió un café, su mano firme, su rostro sereno.
"Significa exactamente eso, Carla. No hay boda. Me voy".
"¿Pero por qué? ¡Si se adoraban! Ricardo te ama, siempre lo ha hecho. Es el hombre perfecto para ti", insistió Carla, confundida. Recordaba a Sofía hablando maravillas de Ricardo, defendiéndolo a capa y espada, justificando cada uno de sus defectos.
Sofía sintió una punzada de amargura. "Eso creía yo", dijo en voz baja. Le contó a su amiga la exigencia del riñón, pero omitió la parte de la mentira sobre la médula ósea. Era demasiado humillante.
Carla se quedó boquiabierta. "No puedo creerlo. ¿Un riñón? Pero... aun así, ¿no es una razón para romper un compromiso? Tal vez estaba desesperado".
Sofía negó con la cabeza. "No, Carla. Fue la gota que derramó el vaso. Me hizo ver que para él, yo no soy una compañera, soy una herramienta. Siempre lo he sido". En su mente, repasó los últimos tres años: las Navidades que pasó sola porque él tenía que "atender asuntos de su mentor", los cumpleaños olvidados, las promesas rotas. Todo cobraba un nuevo y doloroso sentido.
Justo en ese momento, la puerta se abrió y entró Ricardo. Traía una bolsa de una panadería cara y una sonrisa cansada en el rostro.
"Mi amor, te traje tus pastelitos favoritos", dijo, como si nada hubiera pasado. Su sonrisa se borró al ver las maletas. "¿Qué es esto? ¿Te vas de viaje?".
"Me voy de la casa, Ricardo", respondió Sofía, su voz plana, sin emoción.
Él la miró, frunciendo el ceño, como si estuviera procesando la información. "¿Estás bromeando? ¿Es por lo de anoche? Ya te dije que lo pensaras bien. No es una decisión que debas tomar a la ligera".
"Ya la tomé", dijo ella, cruzándose de brazos.
Ricardo notó por primera vez la ausencia del anillo en su dedo. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Miró su mano, luego la de ella. La calma de Sofía lo desconcertaba. Estaba acostumbrado a sus lágrimas, a sus ruegos, no a esta fría indiferencia. Sintió un escalofrío, una premonición de que algo había cambiado de forma irreversible.
"Sofía, no hagas esto. Hablemos", suplicó, acercándose a ella.
"No hay nada que hablar. Mi decisión está tomada", repitió ella, retrocediendo un paso.
El celular de Ricardo sonó. Era una llamada del hospital.
"Tengo que irme", dijo él, dudando. "Es sobre Elena. Pero volveré y arreglaremos esto".
Sofía no respondió. Simplemente lo vio irse, y no sintió nada. Ni alivio, ni tristeza. Solo un vasto y tranquilo vacío.
Más tarde ese día, Sofía tuvo que asistir a un evento ineludible: el funeral de un antiguo profesor de la universidad, un hombre al que tanto ella como Ricardo respetaban. Sabía que él estaría allí. Era una prueba de fuego.
Llegó sola y se sentó en una de las últimas bancas de la capilla. Ricardo llegó poco después, acompañado de Elena. La chica se veía pálida y frágil, apoyada en el brazo de su hermano. Él la condujo a la primera fila, la sentó con cuidado, le arregló el chal sobre los hombros y se sentó a su lado, susurrándole cosas al oído. En ningún momento buscó a Sofía con la mirada. Su atención estaba completamente volcada en Elena.
Sofía observó la escena desde la distancia. Vio cómo él le ofrecía un pañuelo a Elena, cómo le acariciaba la espalda para consolarla. Lo vio actuar como el hermano protector y devoto. Y ella, la mujer con la que se iba a casar en menos de un mes, era invisible. Una extraña sentada en la parte de atrás.
No sintió celos. No sintió dolor. Solo sintió una confirmación helada y definitiva. Él ya había hecho su elección. Su prioridad era Elena. Siempre lo había sido. Ella era solo un peón en su juego, un medio para un fin. Y ahora que se negaba a cumplir su papel, simplemente había dejado de existir para él. Con una calma que la asustó, Sofía se levantó antes de que terminara la ceremonia y salió de la capilla, dejando atrás a Ricardo y su farsa de devoción. El aire fresco de la tarde le llenó los pulmones, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía volver a respirar.





