La oficina estaba sumida en un silencio casi ceremonial. Las luces tenues bañaban el despacho de Alexander Devereux con tonos fríos, apenas interrumpidos por el resplandor azul que entraba por los ventanales. El bullicio de la ciudad parecía lejano, encapsulado por los cristales blindados que separaban su mundo del resto del planeta.
Sentado en su silla de cuero, Alexander cerró los ojos por un instante. Afuera, el día apenas comenzaba, pero en su mente, algo más acababa de despertarse.
Él.
El chico que lo había mirado esa mañana con nerviosismo, con respeto, incluso con miedo...
Era Elías Vega.
-Maldita sea -murmuró para sí mismo, entre dientes, mientras se pasaba una mano por el rostro-. ¿Cómo no lo vi venir?
Había repasado el expediente, el historial, las referencias. Pero en ninguna parte se mencionaba el internado Santa Helena, el colegio privado donde ambos habían coincidido años atrás. Elías había cambiado de apellido tras la muerte de su madre. Alexander lo había conocido como Elías Navarro. Un apellido común, sí, pero uno que jamás habría olvidado.
Y, sin embargo, ahí estaba. Vivo. Adulto. Trabajando a escasos metros de él. Mirándolo a los ojos sin reconocerlo.
O fingiendo no hacerlo.
El recuerdo fue inmediato. Un pasillo largo de piedra. El sonido del viento colándose por los vitrales. Las risas lejanas de los otros estudiantes. Y ellos dos, de pie frente al aula de literatura, con las mochilas colgando del hombro y los labios aún temblando por el beso robado minutos antes.
-Si me prometes que no me olvidarás, yo también lo juro -había dicho Elías, sonriendo con esa forma suya tan luminosa, tan cierta.
-Nunca podría -había respondido Alexander, con la voz rota y el corazón palpitándole en el cuello.
Pero el día siguiente, Elías desapareció.
Sin cartas. Sin despedidas.
Como si jamás hubiese existido.
Alexander lo buscó. Usó los pocos contactos que tenía entonces, preguntó discretamente en el colegio, presionó a su propio padre para obtener información. Nadie supo decirle nada. Nadie parecía importarle. Y él... había tenido que seguir adelante con el vacío latiéndole en el pecho durante años.
Hasta ahora.
-Volviste -murmuró otra vez, mirando por la ventana como si Elías fuera una estrella distante que acababa de reaparecer en su cielo.
No era justo. Había enterrado ese recuerdo. Había reprimido todo: la dulzura, la rabia, la tristeza. Había construido su imperio sobre una montaña de hielo, alejando cualquier emoción que pudiera hacerlo vulnerable. Y de pronto, ese chico que lo había marcado con una promesa rota, se presentaba en su vida... como si nada.
Peor aún: como si no lo conociera.
¿De verdad no lo reconocía?
¿O fingía no hacerlo para protegerse? ¿Para evitar revivir algo que él sí había tenido el valor de conservar?
Alexander se puso de pie. Caminó hacia un pequeño mueble junto al ventanal. Abrió un cajón que casi nunca tocaba. Dentro, guardado entre viejos papeles y un reloj que ya no usaba, había un objeto que no se atrevía a tirar.
Una nota, doblada en cuatro partes. La caligrafía joven, algo desordenada, seguía intacta.
"Si algún día vuelves a verme, no me dejes fingir que no te amé."
Elías la había escrito con un marcador azul, durante una tarde de tormenta. La dejó en su casillero del colegio, justo antes de desaparecer. Alexander la encontró horas después, empapada por la lluvia que se coló por una ventana rota. La había secado, guardado... y nunca volvió a leerla.
Hasta ahora.
Sus dedos se cerraron en torno al papel, temblando. Lo guardó de nuevo como si fuera un objeto peligroso. Porque lo era. Elías era peligroso. No como amenaza empresarial ni como asistente. Sino como símbolo. Como herida abierta.
Caminó hacia su escritorio. La pantalla mostraba el resumen de actividades del día, pero sus ojos no lo leían. Seguía viendo a ese chico de mirada intensa, con la voz temblorosa y los labios que una vez supieron pronunciar su nombre con ternura.
Alexander Devereux no era un hombre que se dejara afectar. Había despedido a personas por razones más frías de las que los demás soportarían. Había cerrado empresas enteras por un error decimal. Había dejado a amantes en medio de la noche sin mirar atrás. Pero ese muchacho...
Ese maldito muchacho podía deshacerlo todo.
Y ahora estaba a su lado, tomando notas, preparando reuniones, respirando el mismo aire.
Era imposible no verlo. No recordar.
Un golpe sutil en la puerta lo sacó del trance.
-Pase -dijo, retomando su tono habitual.
Elías asomó la cabeza. Tenía una carpeta entre las manos y la expresión tensa.
-Disculpe la interrupción, señor Devereux. Tengo las copias de los informes que solicitó. La primera reunión con el consorcio australiano está confirmada. Reagendé la videollamada con Japón para evitarle el cruce de horarios y... traje café. Doble espresso. Sin azúcar.
Alexander lo observó en silencio. Era extraño. Verlo tan profesional, tan distante. ¿De verdad no lo reconocía? ¿Cómo podía no sentir nada?
¿O acaso él era el único que nunca lo superó?
-Déjelo sobre la mesa, señor Vega -respondió finalmente-. Y hágame un favor: no vuelva a llegar tarde.
Elías asintió, depositó los documentos con cuidado y retrocedió hacia la puerta.
-Lo haré, señor.
Y justo antes de salir, Alexander notó algo. Algo mínimo. Una fracción de segundo.
Elías volteó a verlo... y por un instante, muy breve, su expresión cambió.
No fue miedo. No fue respeto. Fue... desconcierto. Como si hubiera visto algo en su rostro que le resultaba vagamente familiar.
Como si su inconsciente hubiese murmurado una verdad que su memoria todavía se negaba a aceptar.
La puerta se cerró suavemente.
Alexander se quedó inmóvil.
-Lo recuerdas -susurró, apenas audible-. Aún no sabes de dónde... pero me recuerdas.
Y en ese momento lo supo.
El juego no iba a ser sencillo.
Pero ya no tenía vuelta atrás.





