Prohibido enamorarse

Cuando al fin consigue calmarse un poco, saca su teléfono y llama a su mejor y única amiga; una muchacha un par de años mayor que ella, a quien conoció siendo niñas y que fue su faro, su puerto y su luz cuando llegó a esta ciudad.

—¡Lo conseguí, lo conseguí! —grita casi al borde del ataque de euforia en cuanto ella toma la llamada—. ¡Lo conseguí!, ¡tengo el empleo!

—¡Bien! —exclama la amiga desde el otro lado de la línea—. Esta noche festejamos; yo invito.

Conversan solo un poco más; la otra está trabajando a esta hora. Después se va a paso lento hasta el apartamento.

Se siente tan inmensamente feliz que se le olvida por completo que debía pasar a hacer la compra para surtir la despensa, por lo que, cuando le da hambre, se encuentra con que no hay mucho para comer.

A decir verdad, no le importa mucho eso. Se tumba en el sofá que oficia de división entre lo que se supone la sala y el sector de comedor, y se queda allí hasta media tarde; momento en el que sale rumbo al supermercado.

Como ya tiene empleo, se permite el «lujo» de comprar un paquete de aquellas galletas con nueces que tanto le gustan, además de un chocolate para su compañera y amiga, y cuando llega a casa guarda la compra y ordena un poco el apartamento.

—¡Lleguééé! —exclama su compañera en cuanto traspone la puerta.

Sale de la habitación, donde estaba acomodando la ropa que le servirá para ir a trabajar y, en cuanto están frente a frente, ambas corren a abrazarse. Sin soltarse, comienzan a dar saltitos por todo el apartamento, riendo como dos trastornadas.

En verdad se sienten como aquellas niñitas que fueron alguna vez, cuando la familia comenzó a vacacionar en el pueblito donde ella se crió y se hicieron amigas.

Los años no fueron impedimento para que se mantengan en contacto y fue gracias a eso que tuvo un puerto donde venir a anclar después de la peor tormenta que ha sacudido su corta vida.

Mía Giuliani y su padre, don Aldo, fueron quienes la apoyaron desde que sale de aquel pueblo perdido en medio de la nada, al que ellos comenzaron a ir para vacacionar poco después de que la madre de su amiga falleciera.

Al quedarse viudo y con una pequeña de apenas diez años, el señor Giuliani buscó un sitio tranquilo donde descansar con la niña, alejado de su ajetreada vida de médico, y fue entonces cuando las muchachas se conocieron.

Al principio, a su padre no le dio mucho gusto que se hiciera amiga de aquella niñita de ojos color de cielo y largas trenzas doradas, pero cuando supo que hacía apenas unos meses había perdido a la madre le dio mucha pena por ella y ya no puso reparos a que jugaran juntas.

A decir verdad, si alguien habría tenido razones para impedir que se hicieran amigas, ese era el padre de Mía, ya que siempre resultaba ser ella quien acababa siendo «mala influencia» para la tímida y callada rubiecita, arrastrándola a participar en sus alocadas ideas.

Su infancia fue feliz; sobre todo, desde de se hicieron grandes amigas con «la rubia».

La menor de dos hermanos; hija de una familia de arraigadas y muy anticuadas costumbres; con la cabeza llena de sueños que sabía que no podría cumplir, hace de aquella visitante veraniega su cómplice y, también, la confidente de todas las cosas que le fueron ocurriendo mientras crecían.

Más de quince años han pasado desde aquel primer verano en el que se conocieron y aún son amigas incondicionales. Quizá, fue por eso que ella y su padre la acogieron cuando se quedó sin nada, recibiéndola en su casa y ayudándole a pagar sus estudios.

Ahora, después de siete años de haber llegado, al fin tiene un empleo con el que puede comenzar a pagar lo que ella sigue considerando un préstamo, pero que los Giuliani se han tomado como un regalo que le hicieron.

—En cuanto cobre el primer sueldo, comenzaré a pagar a tu padre lo que le debo —comenta a su amiga mientras preparan la cena.

—¡Deja la tontería, hija! Bien sabes que mi padre no va a recibirte ese dinero —le responde Mía.

—No me importa si no lo quiere recibir; se lo daré igual — murmura por lo bajo. Está empeñada en devolver cada centavo que el padre invirtió en su educación.

Acaban de cenar y se sientan a ver una película; cada una, con las golosinas que compro en la tarde. Luego se van a acostar.

Se siente tan eufórica todavía que le cuesta bastante conciliar el sueño. No así a Mía, quien cae rendida en cuanto apoya la rubia melena sobre la almohada, agotada después de las largas horas de trabajo en el hospital donde cursa su práctica en pediatría.

El despertar es duro, porque apenas ha dormido un par de horas cuando el sonido de la maldita alarma la arranca de un bonito sueño, en el que revivía alguna travesura compartida en la infancia.

—¡Puta vida! —exclama, intentando no despertar a la rubia que duerme en la cama de al lado.

Aunque hay otra habitación, Mía prefirió compartir la misma y destinar la otra para armar allí su «rincón de meditación»; que en realidad, consta de un sillón cómodo y un pequeño escritorio desde el que trabaja con su computadora portátil o, a veces, usan para sentarse a leer viejos libros, a los que ambas son aficionadas.

Sale de la cama y se mete a la ducha. No es sino hasta que se ve en el pequeño espejo que cuelga sobre el lavabo que nota las pronunciadas ojeras que le ha regalado el insomnio.

No le gusta usar maquillaje, pero hoy va a necesitar algo que le ayude a disimular la cara de no haber pegado un ojo.

Poco acostumbrada a incursionar en «las artes de la estética femenina», le lleva un par de intentas conseguir el efecto que buscaba. Además de casi una hora; por lo que, otra vez, desayuna mal y apurada: un café mientras se viste y recoge su larga y oscura melena y un par de sus galletas favoritas, que se va comiendo mientras camina rumbo al hotel donde comenzará a trabajar.

Poco después de las ocho treinta de la mañana, ya va subiendo en el elevador rumbo a la oficina del señor Velázquez; quien la presentará con la persona que se encargará de enseñarle las tareas que deberá cumplir.

El buen hombre se sorprende un poco al verla tan temprano, pero enseguida dice que es mejor que haya llegado con tanta antelación, para que pueda pasar a retirar el uniforme antes de presentarse con la señora Carmen.

El jefe de recursos humanos la acompaña hasta el final del corredor, donde le entregan una falda y una chaquetilla de color marrón oscuro con botones dorados.

En ese momento se alegra haber elegido un par de zapatos oscuros para presentarse a trabajar.

Una vez que tiene puesto el uniforme, Velázquez y ella suben a la última planta, donde se encuentra el sector de gerencia y la oficina del dueño, para que la asistente de este le dé las indicaciones necesarias.

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