Prohibida para el CEO

Isabela llegó temprano a la oficina esa mañana, decidida a trazar límites más firmes. Se sentía débil por lo que había permitido el día anterior. Ese roce, esa mano sobre la suya... era más de lo que cualquier empleada debía aceptar. Se prometió no volver a permitirlo. Tenía que recuperar el control, poner tierra de por medio antes de perderse por completo en la seducción de su jefe.

Pero Gabriel no era un hombre fácil de evitar.

Antes del mediodía, su asistente personal se le acercó con otro mensaje informal: "El Sr. Arsenault desea que lo acompañes a la reunión en el hotel Fairmont a las 4 p.m. Lleva tu laptop. No hará falta regresar a la oficina después."

Isabela parpadeó, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado. ¿Por qué debía ir ella? ¿Desde cuándo él llevaba a su secretaria a reuniones externas de ese tipo?

Quiso negarse, pero sabía que no tenía excusa válida. Solo le quedaba respirar hondo y armarse de todo el autocontrol que aún conservaba.

El hotel Fairmont era imponente. Un edificio de mármol y cristal, con lámparas de araña colgando de techos altos y salones decorados con lujo sutil. Gabriel ya la esperaba en el vestíbulo, de pie, revisando su reloj con impaciencia. Vestía un traje oscuro sin corbata, con la camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello. Parecía relajado, y eso lo hacía aún más peligroso.

-Llegas justo a tiempo -dijo al verla-. Ven, la reunión es en la sala privada del restaurante del piso 17.

Isabela asintió y lo siguió al ascensor. El silencio entre ellos era tenso, como si los dos supieran lo que estaba en juego. Cuando las puertas se cerraron, Gabriel se volvió hacia ella. Sus ojos la recorrieron de forma lenta, sin disimulo.

-Estás hermosa hoy.

Ella quiso responder con frialdad, pero su voz no salió.

-Gracias -susurró finalmente, sin mirarlo.

Gabriel no dijo más. Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron, su mano rozó levemente la parte baja de su espalda mientras la guiaba hacia afuera. Ese gesto simple, casi imperceptible para cualquiera, hizo que a Isabela se le acelerara el corazón.

La reunión duró apenas una hora. Ejecutivos de una firma japonesa discutieron estrategias de expansión. Isabela tomó notas y se mantuvo al margen. Gabriel no dejó de comportarse como el líder impecable que todos conocían. Frío, seguro, dominante. Pero de vez en cuando, ella sentía su mirada deslizándose por su cuello, su mandíbula, su boca.

Cuando terminó, se despidieron con apretones de manos. Gabriel la condujo hasta el bar del hotel, que estaba semivacío a esa hora de la tarde.

-Quiero hablar contigo, sin distracciones -dijo él, pidiendo dos copas de vino.

Isabela lo miró, nerviosa.

-No creo que sea apropiado, señor Arsenault...

-Gabriel -corrigió él con suavidad-. Llámame por mi nombre, al menos aquí.

Ella dudó. Pero no protestó cuando el camarero dejó las copas frente a ellos.

-¿Qué quieres decirme? -preguntó ella, tomándose el vino con calma, queriendo mantener distancia.

Él la miró largo rato antes de responder.

-No me pasa esto seguido, Isabela. No suelo mezclar lo personal con lo profesional. Pero tú... -hizo una pausa-. Tú entraste a mi vida como una grieta en una estructura perfecta. Y ahora todo lo demás empieza a desmoronarse.

Ella tragó saliva.

-Estás casado -dijo con firmeza, aunque sus dedos temblaban al sujetar la copa.

-Sí. Y eso no ha detenido lo que siento.

Hubo un silencio.

Gabriel dejó la copa y se inclinó un poco sobre la mesa, acortando la distancia entre ambos.

-Solo necesito saber una cosa. ¿Tú también lo sientes?

Isabela dudó. Todo en ella gritaba que debía levantarse, alejarse. Pero sus ojos se encontraron con los de él... y fue como caer.

-Sí -confesó en voz baja-. Pero eso no significa que esté bien.

Gabriel se levantó de la mesa.

-Acompáñame un momento.

Ella frunció el ceño.

-¿A dónde?

-A la terraza.

Sin esperar respuesta, él comenzó a caminar, y ella, contra toda lógica, lo siguió.

La terraza del piso 18 era privada. Apenas cruzaron la puerta, el bullicio de la ciudad se desvaneció, reemplazado por una brisa suave y el sonido lejano del tráfico. Gabriel se volvió hacia ella, y esta vez no hubo más palabras.

La tomó de la cintura, despacio, y ella no se movió. El contacto fue firme, pero sin agresividad. Sus dedos se deslizaron por la tela de su blusa, apenas tocando la piel de su espalda. Isabela sintió que todo su cuerpo se tensaba.

-Podría besarte ahora mismo -murmuró él contra su oído-. Y sé que no me detendrías.

Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento sobre el cuello.

-No deberías -susurró, pero su voz carecía de convicción.

Gabriel colocó una mano en su mejilla, acariciándola con el dorso de los dedos, bajando luego por su mandíbula, lento, estudiando cada reacción de ella.

-Dímelo tú -le dijo-. Si me pides que me detenga, lo haré.

El momento se congeló. Isabela tenía el poder de cortar todo con una sola palabra. Pero no la dijo.

En lugar de eso, sus labios se entreabrieron, su respiración se volvió irregular... y su cuerpo se inclinó apenas hacia él.

Gabriel acercó su rostro, a centímetros del de ella, pero no la besó. Se detuvo justo ahí, sus narices rozándose, su mano enredada en su cintura.

-Quiero que lo pienses bien -murmuró con una sonrisa apenas perceptible-. Porque si cruzamos esta línea, no hay vuelta atrás.

Y sin esperar más, se apartó. Su ausencia fue como un vacío repentino. Isabela quedó sola en la terraza, temblando, sabiendo que estaba a un paso de caer... y que parte de ella ya había saltado.

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