Abro la puerta del baño, mi rostro debe estar pálido.
Mateo sigue ahí, su preocupación se ha convertido en impaciencia.
"Isabela, ¿qué te pasa? Llevas ahí dentro diez minutos".
"¿Dónde está Sofía?", pregunto directamente, mi voz es fría.
La expresión de Mateo cambia. Su ceño se frunce. "¿Por qué preguntas por ella ahora? ¿No puedes dejar de pensar en ella ni en nuestra noche de compromiso?".
"Solo responde la pregunta, Mateo".
Él suspira, exasperado. "No lo sé. Probablemente se sintió incómoda con toda la atención sobre ti y se fue a algún rincón a llorar. Ya sabes cómo es, demasiado sensible".
Su tono protector me revuelve el estómago.
De repente, la puerta de mi habitación se abre de golpe. Es Javier, mi hermano. Su rostro está rojo de ira.
"¡Isabela! ¿Qué le hiciste a Sofía?".
Ignora completamente a Mateo y camina directamente hacia mí, su presencia es una amenaza.
"No le he hecho nada", respondo, tratando de mantener la calma.
"¡No mientas! Leo me dijo que la humillaste frente a tus amigas, que por eso se fue llorando. ¿Dónde está?".
Miro más allá de Javier y veo a Leo en el umbral de la puerta, su mirada es una mezcla de miedo y acusación. Él baja la vista cuando lo miro.
La traición es un sabor amargo en mi boca.
"No sé dónde está", repito, mi voz más firme esta vez. "Y no la humillé".
"¡Basta!", grita Javier. "Siempre has estado celosa de ella. Desde que papá la trajo a casa. ¡No soportas que alguien más reciba un poco de atención!".
Me empuja ligeramente hacia atrás. "Te lo advierto, Isabela. Si le ha pasado algo a Sofía, no te lo perdonaré".
Mateo interviene, poniendo una mano en el pecho de Javier. "Cálmate, Javier. Arreglaremos esto. Isabela, solo dinos qué pasó".
Su tono es el de un juez, no el de mi prometido.
Me río, una risa sin alegría. "¿Ustedes tres? ¿El equipo de rescate de Sofía? Qué patético".
Los tres me miran, sorprendidos por mi tono.
"Bien", digo, cogiendo mi bolso. "Vamos a buscar a su princesa perdida".





