Cuando se hablaba en sociedad del príncipe y la princesa de Darmid, John Hammond y Elisa Hammond, había una conclusión sobre ambos herederos a la corona y nadie lo podía refutar: No se soportaban.
Este hecho se mencionaba en todas las conversaciones de la aristocracia, fiestas de té y bailes de salón con la misma certeza incuestionable con la que el pueblo hablaba de la lluvia inglesa o el problema irlandés. Y es que los rumores especulaban que la realidad por la cuál la pareja se había separado luego de su boda y que en la actualidad, tres años después, la princesa Elisa Hammond de Darmid no hubiera proporcionado un heredero a la corona. Los príncipes vivían vidas totalmente separadas y hasta el anfitrión más inexperto sabía que nunca debía invitarlos a la misma cena.
Elisa había pasado de amar a John en exceso a odiarlo con cada fibra de su ser y todo había pasado justo el día de su boda, y es que, ninguna novia debería pasar sola la noche luego de dar el “sí, acepto”.
De hecho, ninguna novia debería haber sido obligada como ella a casarse. Todo era una farsa y lo que debió ser uno de los momentos más felices de su vida y con el que había soñado desde que conoció al príncipe John se había vuelto una pesadilla. —Elisa Hammond, princesa de Darmid. -Dijo ella mientras se veía en el espejo y dejaba que su criada la terminara de vestir y peinar para ponerle su tiara. El peso de la plata y los diamantes eran simbólicos a sus responsabilidades que había adquirido por un accidente.
—¿Le gusta el peinado, alteza real? -Ella miró las trenzas y los adornos que brillaban en su cabello bajo las luces y asintió.
—Sí, Nancy, gracias. -En cuanto la criada terminó, Elisa se levantó y salió de su habitación para enfrentar al mundo, así había sido desde el día de su boda, y mientras caminaba por los pasillos del palacio sintiéndose totalmente fuera de lugar a pesar de que ahora sí era su hogar, recordaba como hace tres años había pasado de ser una plebeya a una princesa.
EL DÍA DE LA BODA
—Y los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia, alteza real.
Y John le dio un beso rápido y muy frío. Elisa jamás se imaginó que el primer beso de ambos sería así, como mujer que era soñaba con pasión y cariño, no con contratos y convenios, que a fin de cuentas fue lo que pasó.
La noche del baile de compromiso del príncipe John con su prometida de otra nación, se habían encontrado mientras ella intentaba huir del palacio. Estaban juntos, y solos, y luego de haberle dicho que creía en él le dio un abrazo que los dejó muy cerca y estaba segura de que lo pudo haber besado de no haber sido interrumpidos. Sin embargo, ella le había dicho que era escandaloso que estuvieran juntos y solos y que se volvería un horror si alguien los veía y ALGUIEN los vio. El primer ministro los encontró y hubo reclamos, gritos, y cuando su padre sugirió la boda, la reina Portia accedió y John accedió a ese cambio brusco de planes.
Aunque ella dijo que no. —Su majestad, no.
—Es una tontería negarse, Elisa. -Dijo su padre mientras le presionaba con fuerza el brazo. —Has sido deshonrada.
—¡No pasó nada! -Gritó ella un tanto desesperada por salir de aquella situación pero el primer ministro, Jack, era testigo de todo lo que había sucedido —o más bien, de todo lo que inventó que sucedió. —y regó la información de que el príncipe John Hammond mantenía un amorío con una plebeya. La mentira se supo, pues se regó como pólvora y se encendió. Luego de que el consejo se reuniera y buscara la mejor manera de salvar al príncipe, llegaron a la conclusión de que debía desposarla…
A ella.
Y la boda fue una farsa. Tres días después de aquel incidente estaban casados. La celebración no duró ni una hora, la familia real estaba enojada con ella y ella misma estaba enojada con su padre. Recordó cómo al salir de la iglesia y subirse al carruaje con él trató de aplacar un poco el enojo de John, ya que él fue quien se quedó con ella esa noche y tuvo parte de la culpa. —Quiero que sepas que no quería que las cosas terminaran así para ninguno de los dos. -Dijo ella mirándolo. —¿John?
—Su alteza real. Es el trato que debes darme y yo tampoco quería que las cosas terminaran así. Pensé que éramos amigos.
—Lo somos. Bueno, ahora no. Soy tu esposa, y prometo ser una buena esposa, seré dedicada y aprenderé todo lo que deba aprender.
Aunque hasta ese momento parecía ignorarla, su mirada fría fue directa y cortante. —Lo que hagas, Elisa, no me importa. -Sus ojos azules lucían tan helados que podían congelar la sangre de cualquiera. Ella sintió la severidad de su mirada en todo su cuerpo y el miedo la hizo sentirse mucho más pequeña de lo que ya se sentía. —Escúchame atentamente porque solo lo diré una vez. Solo me casé contigo para no dejarte en la ruina debido al escándalo que provocó el primer ministro y tu padre mismo. Nuestro matrimonio no existe, llevas mi apellido y protección y deberá bastarte con eso. Los deberes me exigen que me acueste contigo para procrear un heredero, y cuando yo quiera hacerlo te buscaré, porque nunca seremos “marido” y “mujer” ¿Quedó claro? Ahora eres princesa, nadie va a cuestionarte nada.
—Así que solo voy a ser un recipiente donde lanzar tus hijos ¿Es eso?
—Háblame con respeto. Soy tu superior ¡No voy a tolerar que me trates con condescendencia! -Dijo con un grito y Elisa quedó paralizada. No tuvo respuesta para eso más que asentir. Era horrible que la tratara como culpable cuando al igual que él era una víctima. Su amistad se había ido al infierno y todo por un error.
—Yo dije que no. -Dijo en un hilo de voz.
—Olvídalo, Elisa. No tenemos por qué hablar. No tenemos porqué convivir. Ya está hecho. Vivirás en el palacio de Blueberries y yo en algún otro que considere conveniente. -Al llegar al palacio que sería la residencia de Elisa lo vio abrir la puerta del carruaje y luego mirarla. —Entra a la casa.
—¿No vienes conmigo? -Ella había pensado que esa noche sería una de las noches que él tomaría y aprovecharía su cuerpo para darle el tan precioso heredero que todo el reino quería.
—No. -Ella terminó bajando sola, al estar fuera del carruaje vio como la puerta se cerró de un golpe y el coche comenzó a andar. Fue dentro del palacio, no habían muchos sirvientes, y ya tenían instrucciones de qué habitación darle a ella. Se sentó en la cama, miró el anillo en su dedo tratando de convencerse de que todo lo que estaba pasando no era real. Pero ahora era princesa de Darmid, esposa del heredero a la corona y futura reina consorte. Toda su vida había cambiado por un accidente.
Sabía que en cualquier momento, John iría a consumar su matrimonio porque era su deber pero una vez hecho, si tras una sola vez ella quedaba embarazada ¿Qué iba a pasar? Sea lo que fuera no estaba preparada para eso, estaba nerviosa, se moría por dentro.
Esperó sentada en su cama.
Pasaron horas hasta que escuchó voces fuera por los pasillos y salió a investigar de qué se trataba. Seguía con su vestido de novia y asomada por las escaleras vio a John impresionantemente ebrio siendo traído por uno de los guardias. —¡YO NO QUERÍA CASARME CON ELLA! ¡JAMÁS HABRÍA PENSADO EN CORTEJAR O COMPROMETER A UNA MUJER COMO ELISA MOORE! ¡¿LA HAS VISTO?! ¡ES CORRIENTE!
—Su alteza. Lo llevaré a su habitación.
—No, debo consumar esto. -Elisa se quedó de piedra al verlo subir hasta donde estaba y se tensó. —Elisaaaa…
Ella tuvo que fingir como si no hubiera oído nada de lo que había dicho John y fingir más que no había dolido. —Está bien ¿Me encargo? -Dijo al guardia.
—Su alteza real.
—Llévelo a su habitación. Será mejor que el príncipe descanse.
—Que fácil das las órdenes ahora. -Dijo él con desdén. Zafándose del guardia tomó a Elisa del brazo. —Tenemos que cumplir con un deber.
—No quiero hacerlo.
—Y yo tampoco. Pero eso no me interesa y a ti tampoco porque es el precio que viene con la corona. -Ella se volvió dócil bajo sus manos, intentado esperar que todo pasara rápido. Siguió cada orden que él daba y se quitó su vestido de novia. Lo demás, fue un tanto incómodo porque el hombre que amaba apestaba a alcohol, y era rudo con ella. Tener el desprecio de John había sido el precio al casarse con él. No podía culparlo, él estaba enamorado de otra mujer y se había visto obligado a casarse con ella.
—¿Ya está? -Se cubrió hasta el pecho con las sábanas una vez él terminó y lo vio levantarse, tomar una copa más de un licor que había en uno de los estantes y vestirse. —¿No te quedas?
—No. -Se sintió como una estúpida, él se lo había dicho horas antes. Lo vio terminar de vestirse y salir de la habitación como si le doliera estar cerca de ella.
Una vez John se fue, Elisa rompió a llorar quebrándose por toda su mala suerte.





