Por mí aquí y ahora

Por eso me vine de Manchester hasta Bournemouth, dispuesta a no renunciar con tanta facilidad; a decir verdad, jamás había abandonado un trabajo, no al menos por voluntad propia, aunque sí por motivos de fuerza mayor, que en esas circunstancias eran más que comunes; en muchas ocasiones, los casos se acababan pronto, justo cuando el cariño y la confianza tenían el sabor a momentos compartidos toda una vida.

Desde luego que la vida no es un pasatiempos, sino intensidad, y yo procuraba conseguir eso, intensidad en los días, felicidad o, al menos, el mayor bienestar posible, viendo, lo que unos tomaban como el final, el principio. Ese era invariablemente mi principio, uno que para mí duraba para siempre. Un montón de principios formando una cadena sólida.

Entre que yo iba perdida en mi arrebato de melancolía por culpa del olor a mar , te, pan caliente y todo lo demás, y que el tipo debía de ir con mucha prisa, por poco no pierdo mi hombro derecho.

El hombre se disculpó, y yo ni siquiera alcancé a poder ver su rostro. También le pedí disculpas, porque tampoco lo había visto; él creo que ni me oyó, siguió a paso raudo hacia mi derecha.

Mi camino quedaba hacia la izquierda y comenzaba al otro lado de la calle, por dónde daba el sol del mediodía, que en ese momento lograba atravesar la gruesa capa de nubes de acero, proporcionándome una visión estupenda del lugar, porque, cuando el sol brilla así entre las nubes de tormenta… resulta imposible no percatarse de la vulnerabilidad de ese fugaz instante de vida, en el que queda en evidencia que todo lo vivido luchará por resistir hasta que se agoten las opciones, hasta que la vida misma se rinda al infinito.

La gente, los árboles, incluso los coches allí fuera, todo estaba tan enmarañado en ese instante, indefenso a todo lo que pudiese suceder.

Puse un pie en acera, ya buscando a la señora Gomeri, cuando el cielo se cerró otra vez y todo perdió luz y fuerza para ponerse rígido y a la defensiva.

En cualquier momento iba a caer una buena tormenta de mucha lluvia, viento y esperaba, para entonces, estar ya en el coche de quien me había contratado.

—¡Anahí! —me llamó una voz desde mi derecha que me sonó ligeramente familiar.

Giré la cabeza espiando por encima de otras tantas y la vi. Lo primero que detecté fue su cabello blanco que llevaba con elegancia, con un corte con forma de garçon. Procurando contener mi sonrisa, pensé que aquella estructura seguramente resistiría la fuerza de un tifón.

—¡Anahí por aquí! —me llamó la señora Gomeri nuevamente, como si su mirada y la mía no se hubiesen cruzado ya.

Le pegaba su apariencia, si casi era lo que podía adivinarse de sus correos electrónicos y sus mensajes.

Llevaba un abrigo y pantalones de estilo tweed oscuros de un tono gris y opaco, un cárdigan morado y de su hombro izquierdo colgaba un bolso también en tono gris.

Su aspecto no podía ser más estricto y el mío no podía ser más extravagante sobre todo porque, con mi altura y complexión física, yo ya de por sí llamaba la atención.

Dando un primer paso con mis largas piernas, alcé una mano y la saludé para que comprendiese que ya la había visto.

Mi maleta blanca con mariposas verdes me siguió mientras yo reacomodaba mi pesada mochila sobre mis hombros y mi bolso sobre el derecho.

Sonó un trueno cuando pasé por delante de la patrulla de policía estacionada a un par de metros de la entrada de la estación. Los tres agentes que estaban fuera y yo alzamos la cabeza al cielo. Una primera gota cayó sobre mis mejillas.

Uno de los policías bajó la vista y me dio las buenas tardes para sonreírme con una resplandeciente sonrisa blanco.

—Buenas tardes oficial —respondí, llamando la atención de los otros dos, que me saludaron con menos entusiasmo y un poco de suspicacia.

Seguí mi camino porque no quería empaparme, no con mi abrigo azul brillante.

—Bienvenida seas Anahí.

—Gracias, señora Gomeri. Espero no haberla hecho esperar mucho; ha habido una demora en la estación anterior.

—Sí, sí, nos han informado, no te preocupes; mientras tanto he aprovechado para hacer unas llamadas. ¿Has tenido un buen viaje?

—Sí, tranquilo. Gracias.

—Por aquí , parece que va a llover de un momento a otro. ¿Qué tal si nos ponemos en marcha? En el trayecto te pongo al tanto. Thiago está ahora con Hebert. Ya lo he avisado de que tu tren llegaba con retraso. Nos espera allá.

—Ah, bien.

—Mi coche está por aquí. —Con un gesto un tanto vago de su mano apuntó en dirección al parking. Ella dio el primer paso y yo la seguí, agradeciendo que Thiago fuese bastante más amable y conversador que la señora Gomeri.

Con Thiago había hablado por teléfono en dos ocasiones en los últimos tres días, cuando al final se confirmó mi traslado allí para hacerme cargo del señor Hebert.

Thiago era su fisioterapeuta y uno de los pocos asistentes que sobrevivían al fuerte carácter del señor Hebert. De sus labios no salían más que elogios para con su paciente y, a diferencia de los que habían abandonado el trabajo, desde que Hebert fuera dado de alta del hospital, no tenía más que palabras de cariño para con él. Tanto era así que, Thiago pasaba a visitar a Hebert, fuera de sus horarios oficiales, él y algunos amigos y vecinos del señor, llevaban una semana ocupándose de él desde que su último cuidador se rindió.

Hasta lo que yo sabía, el señor Hebert no tenía familia en la ciudad. Su hijo vivía en Londres y eso era todo lo que me habían informado sobre él; hijo que no era ni el primero ni el único que dejaba a su padre a cargo del Estado.

De todos modos, por aquello de que la situación era más que común y que mi objetivo no era la familia del paciente, sino el paciente mismo, no me preocupaba lo que el hijo hiciera o dejara de hacer; allí el único que realmente era importante, era el mismísimo señor Hebert, y mi trabajo era cuidar de él.

Llegamos al coche de la señora Gomeri cuando las primeras gotas se hacían notar de un modo mucho más evidente, estallando contra la carrocería bordo y los cristales.

Las  dos tuvimos que correr a meternos en el coche, puesto que, en un mínimo parpadeo, el  cielo se cernió sobre nosotras.

Con la lluvia repiqueteando fuerte sobre la carrocería, la señora Gomeri, sin mayores preámbulos, me pasó una copia de la historia clínica del señor Hebert y también una del informe. Puso el motor en marcha y comenzó a explicarme  sus  rutinas.

Patricia, una de las voluntarias  de  la galería de arte  y amiga del señor Hebert  de toda  la vida, iba tres veces por semana  a leerle; su amigo    Gasper solía llevárselo a cenar los viernes por  la noche y a  pasear todas las tardes de domingo; Thiago lo veía tres veces por semana (oficialmente, y eso yo ya lo sabía porque había conversado largo y tendido tiempo con este), y la terapeuta  ocupacional, Rosie, lo visitaba dos veces por semana, lunes y miércoles.  Los sábados, sus  amigos del pub se turnaban           para llevarlo a comer con ellos.

La señora Gomeri, se puso a repetir el listado de medicaciones que debía administrarle  y cuya rutina yo ya me sabía de memoria porque había leído y releído, hasta aprendérmelas,    esas mismas líneas que en ese momento tenía delante, en el papel que sujetaba entre mis dedos, mientras           al otro lado de la ventanilla, además de caer  agua de  las nubes, se          abría una gran extensión de agua que en  ese     instante lucía tan gris y tormentosa como lo estaba el cielo.

Dejé de oír su voz e incluso la lluvia quedo en el olvido; dentro de mi cabeza sonaban suaves olas que acariciaban con pereza         la playa.

Thiago me habí contado que a dos calles de la casa había una salida a    la          playa, a          la           enorme          playa que          yo      ya          había visto  en          fotos y          por     la           cual          deseaba          hacer mi rutina matutina de trotar.

Tendría  al           menos           dos          ocasiones          de          hacerlo          por     las          mañanas,          cuando           él estuviera    con           Hebert,          y     posiblemente          las          tardes          de     los          fines de          semana,          cuando no          lunes y          miércoles,          cuando Rosie se          quedara          con   el          paciente,          o        bien          podría hacerlo       cada          mañana          muy          temprano          antes de          que          Hebert         despertara.

Thiago          también          me          había contado      que Hebert        no          iba    a          la          playa, pero          planeaba convencerlo          de  acompañarme,          porque           tenía          entendido          que   a          sus          amigos           les costaba       cada          vez    más          sacarlo          de     la           casa y          todos los          que          teníamos          la responsabilidad          de          cuidar          de     él           teníamos          muy          claro que,          encerrado,          su          estado          no haría          más  que          empeorar          a        paso           acelerado.

El          último          informe          de     la          psiquiatra          que seguía          su      caso          nos          ponía al          tanto de          un          creciente          estado          de          depresión acompañado          de     un          exilio que,          cuando          se       interrumpía,          era    para          dar    paso           a estallidos    de          su temperamento.

En los          últimos          quince          días   los          episodios           de          confusión          y          pérdida          de          memoria se      habían    incrementado          de          modo         destacable,          y        si          bien  los          médicos          que   lo trataban     consideraban          que          cabía la          posibilidad          de     que          fuese por          culpa del          estrés por          la          situación          con   sus        cuidadores,         tendríamos          que          estar          todos muy          atentos, porque,          además          del          accidente cerebrovascular          que   lo          había          llevado          al          hospital hacía más  de          un     mes,          sus          médicos          estaban      especulando          con   la          posibilidad          de     que también          padeciera          un          trastorno  neurocognitivo          mayor, sin contar su problema grave de corazón.

Sí así     era,          el          pronóstico no     auguraba           nada          bueno,          porque          su       estado        no          haría más          que          degenerar.

Tragué          saliva         intentando          digerir          todo           aquello,          sin          quitar          la       vista           de    la extensión   de          agua.          Thiago          había          prometido          ayudarme          con   todo           lo      que          estuviese en     sus manos           para          evitar que Hebert continuara     empeorando,          porque          había          modos de          retrasar          la      enfermedad;          no     eternamente,          pero sí        desacelerar           su          avance.

—¿Te          parece          bien? —le          oí      preguntarme          a        la          señora Gomeri,      sin          tener la menor         idea          de     a          qué   se           refería,          porque          yo          estaba          pensando          en el señor Hebert,       en          su estado,          en     el          tiempo           que        pudiésemos          compartir          juntos,          en     mis          ganas de          poder convertirme          en     una          compañía          agradable          y    reconfortante          para  él,          sino          mucho más, porque          mi          esperanza          residía          en     que          confiara          en     mí,          en     que    comprendiese que   me          tenía de          su       lado  y        que          yo      no          lo     abandonaría.

Parpadeé          un     par          de          veces a          toda           prisa y          la          miré.

El castaño gélido          de          los     ojos          de     la señora          Gomeri          me          dijeron           que  en          ese          instante          dudaba          de     mis       capacidades          para cuidar         del señor Hebert, porque         yo          debía          aparentar          que   me          había          perdido          en     el          limbo.

—¿Perdón?

—Decía que          si       te          parece          bien  que          de          ahora en          adelante          te          encargues          de          hacer las          compras.          Como          quedamos          en     que          le          cocinarías          tú,     me          parece          coherente          que…

—Sí,          claro, no          hay          problema.          Llevar al señor Hebert           a          comprar          conmigo          será  una buena          excusa          para          sacarlo           de     la          casa.

Sus         ojos     fueron desconfianza     cruda.

—Bueno,          tal     vez          al          principio          puedas          ir          mientras          alguien          se       queda         con          él. Costará      convencerlo.          Tienes          permiso          para          utilizar          su          coche,          Hebert           ya      no          tiene carnet         de          conducir.

—Claro,     veremos.

No tenía          planeado           rendirme          de          buenas          a          primeras          y        con          gusto          había          aceptado cocinar       para          el señor Hebert;          creía que          ese          podía ser          un          modo más          de          llegar a          él,      si          bien  la persona      que          solía   prepararle  las          comidas          había         renunciado          junto con          el          último          de sus         cuidadores          porque,          palabras          textuales          que          figuraban           en    el          informe,          «ya   no soportaba  a          ese          hombre   desagradecido          y    maleducado».

En el          dosier          figuraban           al          menos          tres          denuncias          de     la          persona          que          cocinaba para  él       por          maltrato          verbal.          La          relación          entre          ambos          se          terminó          cuando el señor Hebert lanzó contra          uno   de          los          armarios          de     la          cocina          la       que          fuera la          última          cena que          ella le          había         preparado,          diciéndole          que   era          una          bazofia.

—En     cuanto     lleguemos,     te     pondré     al       día     de     los     otros     gastos     de     la     casa.

Asentí    con     la     cabeza.

—¿La      casa     está  muy     lejos?

—Un          poco, pero           de          cualquier          modo se           llega          pronto.          No     te         preocupes,          hay   un centro          comercial          no     muy           lejos   de          la          propiedad          y        los          fines de          semana          instalan          un mercado     con          productos          de     la          zona. De          todas          maneras,        encontrarás          cosas en          la despensa    y          en     la          nevera.          Los          vecinos          han          estado     ayudándonos          con   las          cenas los últimos       días.

—Me     ocuparé     de     la     cena esta     noche.

Otra       vez     me    miró      con desconfianza.

—Anahí, hija. Admiro       tu           buena  predisposición,          pero  Hebert        es          una          persona          muy difícil.          No          estaría          mal   que          esta          noche          dejaras          que   sus          vecinos          le          acercasen          la cena…          para          evitar          fricciones          desde el          comienzo          —me dijo          ladeando          la          cabeza          en mi         dirección—.         Además,          debes          instalarte.       

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